Opinión

Estábamos mejor cuando estábamos peor

Por: María del Carmen Vicencio Acevedo

metamorfosis-mepa@hotmail.com

Esta frase, “estábamos mejor, cuando estábamos peor”, la oí una vez de una indígena chiapaneca y me pareció que sintetizaba muy bien lo que nos sucede en nuestros días.

Ella se refería al drama de las “ciudades rurales sustentables” (sic, así de contradictorio como suena), que se han estado construyendo en diversos espacios del país, como estrategia de “modernización del campo” y dizque para “resolver los problemas de pobreza, ya que, según las versiones oficiales, “los campesinos viven muy dispersos y es difícil atenderlos”.

En realidad se trata de una estrategia para desposeer a los campesinos de sus tierras, hacinarlos en fraccionamientos con “viviendas dignas” mirruñas de menos de 30 mts2 y justificar la venta de territorio nacional a grandes empresas trasnacionales (“que sí son competitivas”) Remito al lector a los textos: “El ABC de las ciudades sustentables en Chiapas; preguntas y respuestas sobre un programa gubernamental de destrucción y despojo” de Miguel Pickard, CIEPAC-UNAM, y “Otro fracaso, ciudades rurales sustentables” de Herman Bellinhausen www.jornada.unam.mx/2013/05/04/sociedad/040n1soc‎, entre otros.

Esta idea de “modernizar” al campo, que complementa la “Cruzada contra el hambre”, no es de nuestros gobernantes. También se deriva (como suele suceder en este régimen neoliberal) de las propuestas del Banco Mundial y del Banco Interamericano de Desarrollo, que han otorgado al gobierno mexicano miles de millones de pesos para “acciones de vivienda”. Además colaboran con esta iniciativa, varias fundaciones “altruistas”, creadas por grandes empresas, que se adueñan de grandes territorios, reciben exenciones de impuestos y la posibilidad de ejercer el monopolio en la venta de sus productos y servicios dentro de dichas ciudades rurales. Esta estrategia tiene la ventaja, además, de ser contrainsurgente, ya que separa al Ejército Zapatista de su apoyo civil.

Lo que en realidad ha sucedido con estas ciudades es que a los campesinos se les ha despojado de su trabajo autónomo para convertirlos en simples empleados (subordinados), con muy pocos derechos. Por otro lado, si antes ellos tenían sus granjas y parcelas y cultivaban sus propios alimentos, ahora todo lo tienen que comprar y las casas que reciben son tan pequeñas y tan hacinadas que simplemente no pueden cocinar en ellas, ni vivir dignamente.

Hoy, cuando escribo esto, 20 de noviembre, casi nadie recuerda la guerra de la Revolución Mexicana, cuyo lema, en voz de Emiliano Zapata, fue “la tierra es de quien la trabaja”. Valdría la pena preguntarnos, al menos, de dónde estamos comiendo y por que si antes México era el “cuerno de la abundancia” ahora todo tenemos que importarlo del extranjero.

El olvido de esta importante gesta revolucionaria, en la construcción de nuestra nación y de nuestra identidad social, se ha ido provocando a través de varias estrategias, que se nos imponen desde las clases en el poder:

– Una reforma educativa, en la que el moderno plan de estudios minimiza la historia;

– una celebración priista que transformó paulatinamente el espíritu guerrero del desfile revolucionario (antes con sabor socialista), a desfile deportivo, ponderando “la voluntad pacifista y conciliadora de todos los mexicanos” (sic);

– una jugada empresarial, que pretextando “un mejor uso del tiempo”, recorrió el día de la celebración al lunes anterior;

– una treta comercial, que desde 2011, organiza el famoso Buen Fin, entre otras.

 

“El Buen Fin”, como se sabe, es en México esa estrategia comercial que se celebra, según sus fundadores (Consejo Coordinador Empresarial, gobierno federal y parte del sector privado), con el objeto de “reactivar la economía fomentando el consumo, […y para] mejorar la calidad de vida de todas las familias mexicanas” (¡sic!) mediante la aplicación de promociones y “fabulosos descuentos” en los precios de diversos productos (¡del 10 al 80%!). Se inspira en el Viernes Negro de Estados Unidos, que tiene lugar un día después del de Acción de Gracias, para inaugurar el inicio de las compras navideñas.

Con tanta parafernalia (lo que más se venden ahí son televisores), a quién puede interesarle recordar por qué la gran guerra de 1910.

El comercio trastoca nuestros valores fundamentales y nos hace creer que lo fundamental es el empleo (subordinado), en lugar del trabajo libre y creativo; que el sentido y la calidad de la vida consiste en poder comprar mil chucherías, en lugar de tener soberanía y capacidad de producción creativa. Nos hace ver a la naturaleza como “cosa explotable”, en lugar de tratarla como generatriz vital. Nos lleva a vernos a nosotros mismos, seres humanos, como herramientas o funciones del mundo empresarial, u objetos de compraventa en la sociedad mercantil. Nos hace olvidar que los recursos naturales (nuestras minas, playas, energía, campo, etc.) son áreas estratégicas que constituyen nuestra fortaleza.

Este olvido debilita nuestro espíritu. Mientras más débiles seamos, como individuos y como colectivos, más fácil le será al capitalismo rapaz convertirse en voz rectora de nuestros pensamientos, de nuestros “decires” y de nuestras acciones.

Por eso hoy siguen siendo importantes las múltiples luchas que libra el pueblo, por el rescate de su soberanía y su dignidad, por la justicia y la libertad.

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