Opinión

¡Feliz, optimista y excelente 2014!

Por: María del Carmen Vicencio Acevedo

“Feliz Navidad y próspero año nuevo” es una frase que se repite tanto, que pasa a formar parte también del repertorio de clichés que espetamos mecánicamente en cualquier intercambio, por estas fechas. No importa si “nos lleva Pifas”, “nos va de la fregada”, “pasamos las de Caín”, andamos “depre” o “con la cola entre las patas”; si vemos al futuro “color de hormiga”, remachamos ese deseo por trámite. Los mexicanos solemos recibir al año nuevo con actitud positiva, siguiendo los “mensajes vitales de optimismo y superación”, que nos invitan a “volvernos locos y hacer cosas buenas por los demás” (Santa Claus de Coca-Cola dixit).

Fernando Corzantes, en uno de sus radio-textos (“Panorama Universitario” de Radio UAQ), lo explica muy bien: Muchos mexicanos (frente a la voracidad de los plutócratas) padecen el síndrome de Estocolmo: Procuran negar la situación de secuestro en la que estamos, justificar y proteger a nuestros victimarios (en vez de repudiarlos), seguir votando por ellos y hacer como que todo está bien; incluso se sienten ofendidos si alguien les alega lo contrario.

No importa si la propia experiencia u otras fuentes bien documentadas presentan mil evidencias sobre la descomposición que sufre el Estado mexicano, como lo hace tan elocuentemente Sara Sefchovich en su libro “País de mentiras” (Océano).

No sólo suelen fingir los políticos. También nuestros semejantes y nosotros mismos (no nos hagamos) aprendemos a ser cada vez más sofisticados y expertos en el diseño de la ficción.

Hay muchas formas de mentir; si no nos convence una, otra nos complacerá; si no nos funciona una, inventaremos otra. Entre ellas están: prometer, manipular terminología técnica, minimizar, descalificar, usar eufemismos, ocultar, renombrar lo viejo, callar, parlotear, enredar, alardear, cuchichear, negar, apostar al olvido o al cansancio, manipular imágenes o tonos de voz, etc., (op.cit.). Es fácil reconocer esto, si observamos a distancia los floridos discursos de los tomadores de decisiones para justificar sus impopulares acciones u omisiones.

Pero, ¡qué bueno que a pesar de todo somos optimistas! Resulta fastidioso e insano para el espíritu eso de andar escuchando tanta queja y tanto lamento. ¿Qué pasaría, si al saludarnos, en lugar de que los otros nos sonrieran, nos vomitaran toda su amargura, sus frustraciones y furias?; el mundo sería insoportable.

Y ¡qué bueno que a pesar de todo sigamos luchando! ¿Qué pasaría, si quienes bregan por un mundo mejor y oponen resistencia a las tendencias dominantes, se dieran por vencidos?; ¿si ya nadie protestara por las desapariciones, por la esclavitud infantil, por la venta y depredación de nuestros recursos naturales, por los violados y muertos, por los abusos y despilfarros de quienes se llaman “autoridad”, por su comodina negligencia, por sus estafas, por su delincuencia “conforme a derecho”, por tanto sufrimiento provocado…? Si no protestáramos, quedaríamos reducidos a piltrafas humanas.

Manifestar disidencia no sólo es legítimo, es indispensable para preservar nuestra dignidad, pero no es suficiente. Creímos haber hecho mucho para detener el desmoronamiento de nuestro país, pero logramos tan poco. Después de tantas marchas y protestas, de tantos plantones multitudinarios, de tantas denuncias, artículos en los diarios, manifiestos, argumentaciones científicas, tomas de tribunas… quedamos exhaustos y materialmente “trabados”. No conseguimos ni que la mayoría de la gente reaccionara ni que los tomadores de decisiones tomaran en cuenta nuestras razones.

Los primeros no ven lo que avizoramos o están mejor dotados y no les preocupa lo que viene, como a nosotros. Los segundos hicieron lo que más convino a sus intereses.

¿Qué más podemos hacer en este 2014, que resulte realmente efectivo?; ¿quién lo sabe a ciencia cierta?

Al menos cuidar nuestra mente y mantenerla sana, alerta y libre de chatarra mediática; al menos no creernos las mentiras que nos cuentan y despertar en nuestros congéneres, en especial si son jóvenes, “el dolor de la lucidez, sin piedad, sin límites” (como dice Aristarain); al menos contribuir a crear micro-espacios solidarios, esperanzadores y gozosos, para que los chicos no concluyan como los narco-fans: “más vale 5 años de rey que 50 de buey”.

Al menos podemos evaluar cuándo vale la pena hacernos y hacerles la vida más pesada a los demás y cuándo no. ¿Realmente es necesario agredir al vecino que nos ganó el cajón del estacionamiento o rayarle su auto por obstruir la salida? ¿Sirve realmente sonar el claxon para que fluya el tránsito? ¿Es mejor el mundo porque un conductor enojado se vengó hasta matar a ese ciclista, que se le acercó “demasiado”? ¿Realmente contribuye a la justicia, inculpar a ese niñito de cuatro años de ser responsable de los daños sufridos por la camioneta que lo atropelló? (¡sic!).

¿Merecen “los de arriba”, que les facilitemos las cosas, sometiéndonos sumisamente a ellos y peleándonos en cambio, pueblo contra pueblo?

Cuando el “optimista excelente” miente a su interior frustrado, vomita violencia.

¿Permitiremos que los demonios del capitalismo voraz nos corrompan, penetren libremente nuestra alma debilitada y, cual ventrílocuos, nos usen para engañar y violentar a los demás?

metamorfosis-mepa@hotmail.com

{loadposition FBComm}

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba