Opinión

Francisco

México se ha internado a una semana entera de Franciscomanía. Por lo que se sabe de cómo se organizan actos como estos, pareciera que en los círculos superiores del país se ha procurado que el papa se corra más hacia la moderación que el último año ha mostrado respecto de los conflictos internos.

Por: Efraín Mendoza Zaragoza

Hasta hace unos días –escribo estas notas el jueves 11–, el viaje del papa Francisco tenía el aire de una visita parroquial. Coros de niños preparando sus cantos, artesanos labrando sus sillones, enfermos implorando un milagro… Pero de pronto tomó un significado de alcances insólitos para la historia larga del cristianismo. Se había mantenido bajo estricta reserva, pero al iniciar esta semana se reveló que horas antes de su llegada a México, el jefe de la Iglesia Católica se encontraría en Cuba con el jefe de la Iglesia Ortodoxa Rusa, Kirill, Patriarca de Moscú y de todas las Rusias.

La fecha del viaje estaba atada a esta cita. Estando vetado el territorio europeo para este fin, los dos jefes religiosos organizaron sus respectivas salidas para propiciar el encuentro que habrá cerrado un ciclo de mil años de hielo entre ambas ramas del cristianismo. Desde luego que no se pondrá fin al cisma que, a golpe de paciencia de siglos, atravesó todo el segundo milenio, pero el encuentro será la culminación de veinte años de sigilosos acercamientos en el marco del ecumenismo adoptado en los años 60 con el Concilio Vaticano II, que se encamina a buscar la reunificación del cristianismo. Para 130 millones de cristianos ortodoxos diseminados por todo el mundo, el Patriarca de Moscú tiene rango equivalente al que los católicos reconocen en el papa.

Se trata de una señal de aproximación equiparable a la que veremos en octubre próximo cuando Francisco asista a la conmemoración, en Suecia, de los 500 años de la Reforma Protestante, la otra gran escisión histórica del cristianismo. Se trata de otra sorpresa entre tantas sorpresas a las que ya nos ha acostumbrado el primer papa latinoamericano.

México se ha internado a una semana entera de Franciscomanía. Por lo que se sabe de cómo se organizan actos como estos, pareciera que en los círculos superiores del país se ha procurado que el papa se corra más hacia la moderación que el último año ha mostrado respecto de los conflictos internos. Que el embajador Mariano Palacios haya salido a negar que el gobierno haya negociado con Roma que el papa le baje dos rayitas a su radicalismo, causa al menos algo de suspicacia.

Públicamente se ha rechazado que vaya a recibir a las víctimas de la pederastia clerical. Nada más simbólico podría ser que nos sorprendiera con algún encuentro cuando esté en Morelia, a 250 kilómetros de la tumba de Marcial Maciel. Ojalá que a la hora de la hora nos sorprenda y lo haga. Ojalá también nos sorprenda recibiendo a los padres de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa, con quienes al menos en dos ocasiones desde Roma se solidarizó. Esos padres encarnan el drama de los cerca de 30 mil desaparecidos que forman parte de la contabilidad nacional, y que constituyen el dato más duro entre los datos duros del descarrilamiento que vive el país.

Ojalá que los discursos y los actos del pontífice argentino confirmen la línea disruptora que ha marcado. Que nada tape, que ponga el dedo en la llaga. Que no sólo se postre ante la tumba de don Samuel Ruiz sino que devuelva actualidad a temas empolvados como, por ejemplo, el cumplimiento de los Acuerdos de San Andrés para dignificar el mundo indígena. Que continúe refrescando el debate global con sus siempre sorprendentes enfoques.

Esta visita, qué alivio, no cayó en la tentación del carnaval mediático y mercantil en que el cardenal Norberto Rivera convirtió la cuarta estancia de Juan Pablo II al país, en 1999. En lo que fue una auténtica orgía, se hizo alarde del patrocinio de empresas como Sabritas, Coca Cola y el Banco Bilbao Vizcaya-Bancomer. Para verlo: ¡empresas que encarnan el antievangelio, anunciando sus productos con la imagen de sucesor del pescador, en un país asaltado y malherido! ¡Como para que apareciera Jesucristo con su látigo y expulsara a los mercaderes del negocio espiritual!

El exceso fue el retrato del papa en las corcholatas de la Coca y en las bolsas de Sabritas. Es cierto, esa venalidad no la veremos ahora, aunque sí estamos viendo el uso político que están haciendo los gobernadores de los estados incluidos en la gira. También estamos viendo a las empresas dominantes de la comunicación en ese papel de acólitos que tan cómodo les resulta, para subir sus ratings entre el pueblo sencillo. Para vender, pues. Son la versión moderna de la silla gestatoria y el incensario. Las televisoras no sólo no están informando, están ocultando al Francisco provocador y han integrado la visita a su barra de espectáculos, como apéndice de sus telenovelas lacrimógenas y explotadoras de la fe pasiva de muchos mexicanos.

 

 

 

 

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