Opinión

Granados Chapa: el periodista que no es noticia

Por José Luis Álvarez Hidalgo

Ni Televisa, ni Tv Azteca se tomaron la molestia de informar a su desmesurada audiencia sobre el fallecimiento de uno de los más grandes periodistas que ha tenido este país en su historia. Uno supondría, ingenuamente quizás, que no tiene el valor noticioso que al duopolio le interesa difundir. Uno pensaría, equivocadamente quizás, que su audiencia desconoce quién es semejante personaje y la noticia no tendría el impacto que suele tener su sensacionalismo informativo. Sólo que la hipótesis más certera es la que señala Virgilio Caballero al plantear que no se informó en la televisión comercial de su fallecimiento porque siempre les resultó “un periodista incómodo” para los intereses de ambas empresas mediáticas.

A contracorriente de lo que esperaban obtener las televisoras con su ominoso silencio y lo que pretendían era ignorar groseramente la tarea de un periodista que estas dos empresas jamás han tenido, ni tendrán entre sus filas. Y lo que hicieron fue enaltecer aún más su nombre, quien ni muerto se queda callado. Lo que hicieron fue darle absolutamente la razón en su incansable lucha contra la concentración mediática, en sus esfuerzos periodísticos por dignificar una profesión que hoy se ha vuelto indigna, soez y corrupta, especialmente al seno del duopolio televisivo que suelen engendrar alacranes por doquier y que ni siquiera ahora, ante la muerte de un enemigo ejemplar pueden reconocer la superioridad del que se ha marchado.

Éste es el mejor homenaje a la gran trayectoria del mejor periodista de México: el silencio de sus enemigos. Por eso, Miguel Ángel Granados Chapa se fue muy contento de este mundo con una expresión de plenitud y serenidad en su rostro. Es el gesto beatífico que le otorga la congruencia con sus principios éticos inalterables y su poderoso ejercicio crítico que cimbró hasta los cimientos a los grandes emporios mediáticos y a los rascacielos del poder político.

Nunca se doblegó ante el acoso del poder, ante las demandas de los jerarcas de este país (Marthita Sahagún se empecinó en hundirlo y le hizo lo que el viento a Juárez), nunca claudicó ante las presiones de la élite y del gran capital; resistió los más fuertes vendavales y se forjó como el acero ante la adversidad. Los 34 años de su Plaza Pública así lo constatan; la fundación y dirección de medios de comunicación imprescindibles para la construcción de la incipiente democracia en nuestro país, son el claro ejemplo de su lucha infatigable.

Todavía recuerdo con admiración y agrado la lucidez de su palabra cuando vino a dar una magna conferencia a esta noble y barroca ciudad de Querétaro hace unos 15 años, invitado por mi amigo Luis Antonio González quien presidía entonces una asociación de comunicadores. El evento se realizó en uno de los patios del Museo de la Ciudad y allí, con su inseparable barba blanca, su vestir formal de siempre y su voz serena y pausada, (fue un periodista que jamás perdió el piso y nunca un gesto de violencia se reflejó en su cara o en su voz, el estoicismo a toda prueba), no sólo nos brindó una cátedra sobre cómo hacer buen periodismo, sino que fue toda una lección de vida sobre la ética del periodista y la enorme responsabilidad social que tiene al informar y formar opinión en sus lectores sobre temas fundamentales de la vida nacional; sobre la lucha quijotesca que deba dar el periodista en contra de los poderes que se oponen al ejercicio periodístico crítico, libre y soberano. Al final de su conferencia, una agradable charla informal coronó el suceso.

Ahora se ha ido, pero nos deja una obra y un legado periodístico inconmensurable, sus reseñas periodísticas, sus artículos de opinión, sus comentarios en Radio UNAM y toda la sabiduría de un viejo lobo de mar, serán la pauta a seguir de todos los periodistas que vienen en camino, de aquellos que se están forjando en las aulas (en la mismísima Licenciatura en Comunicación y Periodismo de la UAQ), en los que se están formando (o deformando) en las tablas, en el campo laboral y de aquellos más, que ya grandecitos han errado el camino y se han dejado enganchar por el canto de sirenas del poder y, todavía están a tiempo de salvarse y seguir el gran ejemplo de Granados Chapa.

Éste es el enorme reto que nos deja con su partida: dignificar nuestra maltrecha profesión con el noble propósito de incidir en la transformación social de este país, a través de la indispensable transformación de la conciencia individual y colectiva, sin ello, no hay nada. Ya lo dijo Javier Solórzano con todas sus letras: la única manera de honrar su memoria es luchar por cambiar la situación de este país.

Por eso se fue contento, él ya había hecho su parte y lo que resta nos corresponde a los que venimos detrás de sus pasos, y con la convicción con que Miguel Ángel Granados Chapa nos dijo adiós, con esa misma convicción tenemos que continuar su obra. No tenemos de otra.

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