Opinión

Huellas imborrables, lastre para siempre

Por: Nadia Nesme

 

 

Toda tu existencia puede pasar desapercibida, lejos del ojo público, en tonos grises, casi como si fueras un fantasma… Hasta que un buen día despiertas, tomas una pequeña decisión, te encuentras en una disyuntiva animándote a tomar uno de los dos senderos o simplemente te enredas en un hecho que nunca había pasado por tu cabeza, y así, de repente, abandonas la comodidad que te brindaba el anonimato; así de repente, unos cuantos minutos valdrán para que tu vida sea recordada por siempre.

 

 

 

Así como existen millones de personas que un buen día se lanzan a la fama por X o Y razón, también hay nombres geográficos, lugares en medio de la nada, ciudades desconocidas que una mañana cualquiera hacen su aparición en la esfera internacional. Pueblos que un día terminan por alcanzar una fama indestructible y definitiva, misma que como un lastre tendrá que ser cargada por todo aquel que habita o habitó ese lugar.

 

 

En Estados Unidos la mayoría de los sitios que se convierten en “zona de noticia” guardan en sus entrañas las tragedias colectivas más escalofriantes: masacres, muertos, ríos de sangre, un bonche de personas que por una mala jugada del destino, casualidad o decisión propia, se encuentran al mismo tiempo y en el mismo lugar para ser partícipes de actos llenos de maldad.

 

 

Con historias como la de los davidianos de Waco, Texas (1993), el tiroteo en la preparatoria Columbine en Colorado (1999), el asesinato masivo de Virginia Tech (2007), la matanza durante el estreno de la película de Batman en Denver (2012) y la más reciente, la masacre en la escuela primaria de Connecticut (2102), por nombrar unas cuantas, la sociedad americana ha demostrado al resto del mundo que, en definitiva, muchas veces la realidad sobrepasa la ficción.

 

 

A pesar de las historias americanas, México no se queda atrás, en su territorio también se guardan historias escabrosas que con el paso del tiempo han dejado de ser noticia para simplemente formar parte del pan nuestro de cada día. Nosotros no vemos adolescentes con armas entrando a nuestras escuelas, cines o centros comerciales, nosotros nos encontramos con encajuelados, personas colgadas de puentes, bolsas de basura con cuerpos mutilados, fosas comunes en medio de la nada, decapitados y personas secuestradas que nunca aparecen.

 

 

Además, en nuestro país también contamos con una lista de sucesos que dejan de lado las conexiones con el narcotráfico (al parecer), nuestra lista de asesinatos colectivos tiene sucesos igual de sorprendentes que los americanos, como el linchamiento de los estudiantes en Canoa, Puebla (1968) la matanza de Tlatelolco (1968) o los más de 300 feminicidios que se suman en la Ciudad de Juárez.

 

 

Con los pasados párrafos no trato de hacer una comparación entre las dos sociedades para responder cuál sufre más de sus capacidades mentales o cuál está más acostumbrada a las situaciones dolorosas o qué sociedad lleva más maldad en su sangre o frialdad en sus actos. No, yo sólo trato de responder: ¿Por qué los hechos trágicos atraen más la atención de los medios de comunicación –y por consiguiente de los seres humanos– que los actos optimistas y alegres?

 

 

En la actualidad no existe tiempo para las buenas noticias (como si no hicieran falta), los hechos generosos no son novedad, se olvidan y únicamente perduran las tragedias, los momentos amargos.

 

 

Estoy segura que si un día me despierto, tomo una equivocada decisión, tomo el sendero erróneo y me enredo en un asesinato, cometo un crimen que incluya armas, fuego, un lugar público y me involucro en un acto deplorable para la raza humana, mi foto saldrá en primera plana y el mundo difícilmente se olvidará de mi nombre o del lugar donde perdí el anonimato. Pero si me despierto y tomo una excelente decisión y decido ser parte de alguna situación que ayude a la sociedad y arranque una sonrisa, no ganaré fama, mi vida seguirá pasando desapercibida y posiblemente muera feliz pero como una desconocida.

 

No sé si se pueda olvidar un hecho trágico e inclinar la balanza hacia las cosas buenas que suceden en el mundo, pero como diría Luther King, lo verdaderamente preocupante no es la perversidad de los malvados sino la indiferencia con la que actúan los buenos.

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