Opinión

Ignorancia que mata

¿Es usted un demonio? Soy un ser humano,

por lo tanto tengo dentro de mí todos los demonios.

(Chesterton)

Por: Omar Arcega

twitter.com/Luz_Azul

El suicidio más que un acto espontáneo es el fin de un largo, doloroso y angustiante camino. Generalmente, el individuo ha pasado por experiencias que valora como devastadoras que hacen insoportable su propia existencia. Y es que no todos los que han atravesado por decepciones amorosas, llevan meses sin empleo, se han enfrentado a la miseria, al dolor por la pérdida de un ser querido o les han diagnosticado una enfermedad incurable terminan suicidándose. Tienen que conjuntarse factores de riesgo y ciertos rasgos de personalidad que llevan a esta decisión.

Entre las variables de esta problemática, está una que como sociedad podemos contribuir a disminuir; primero, cambiando algunos prejuicios, y segundo, exigiendo los mecanismos gubernamentales necesarios para enfrentarla. Me refiero concretamente a la salud mental.

Y es que cuando la gente nos ve con constipación nasal, con el rostro pálido o con la cara demacrada, nos exhorta a ir al médico de inmediato. Si tenemos una enfermedad física de gravedad o por un tiempo que consideramos largo tenemos síntomas, acudimos a los galenos. Pero no sucede de esta forma con los trastornos en nuestra salud mental. Si alguien tiene poca tolerancia a los fracasos, se le considera un falto de carácter, un pusilánime. Si sabemos de alguien con una forma de compulsión lo consideramos “raro” y quizá nos apartamos de él o ella. Si tenemos conocidos con depresiones frecuentes les consideramos unos “intensos”. Si sabemos de alguien con síntomas de trastorno delirante, lo calificamos de “alucinado” y así podríamos hacer una larga lista. Lo que tienen los ejemplos citados son algún tipo de problema con su salud mental. Hay dos circunstancias que nos impiden invitar a estas personas a recibir algún tipo de ayuda: la primera es nuestra ignorancia sobre el tema, que invisibiliza la situación real, y la segunda es el prejuicio que tenemos con la frase “Ve a un psicólogo”. Aún amplios sectores de nuestra sociedad consideran esta invitación como un insulto, y no pocos la oyen con horror.

A esta falta de cultura por la salud mental agreguemos que no hay esfuerzos institucionales serios para brindar este tipo de auxilio. Como ejemplo tenemos que hace unos días se daba a conocer el ridículo número de psicólogos que tiene el IMSS para los 800 mil derechohabientes que tiene en el estado de Querétaro.

Si como sociedad estuviéramos más concientizados e informados sobre la importancia y el cuidado de nuestra salud mental, seguramente recurriríamos con más frecuencia con psicólogos, terapeutas o psiquiatras. Atenciones especializadas a tiempo, seguramente reducirían la tasa de suicidios, pues los factores de riesgo psicológicos disminuirían. Exhortaríamos a nuestros conocidos con síntomas de depresión o de algún otro trastorno a recibir ayuda, en lugar de señalarlos o mofarnos de ellos.

Para que esto suceda, es necesario que a nivel personal y comunitario desechemos la idea de que ir a un psicólogo es cuestión de “locos” o de que un deprimido o un paranoide simplemente “quieren llamar la atención”. Estas ideas inician en la familia, pero no estaría mal que en los textos escolares se trataran estos temas, quizá que se hiciera el esfuerzo de brindar conferencias en secundarias y preparatorias sobre este tipo de conductas y su solución. También se podría llevar estos temas al gran público con adecuados spots publicitarios. Hay que eliminar la espiral de silencio sobre estas problemáticas. Al mismo tiempo que se hicieran estos esfuerzos, debería aumentarse el gasto público en especialistas sobre la salud mental, y los espacios adecuados para su tratamiento. Pues de nada serviría recomendar a la gente masivamente que cuidara más su salud mental si no hay especialistas para orientarlos adecuadamente.

No podemos permitir que más jóvenes y adultos opten por el suicidio. Debemos crear las condiciones para que el dolor que cargan o la situación que enfrentan no la consideren devastadora, que puedan percibir otros ángulos del problema, o bien, que los factores psicológicos que los impulsan a esta decisión sean aminorados con un adecuado tratamiento y diagnóstico.

Transformar la visión de una sociedad es difícil, mas no imposible, empecemos a hablar de la salud mental y su importancia y eso empezará a romper la espiral del silencio.

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