Opinión

Independientes: un balance

Para destacar: Como un fenómeno global, han brotado en las últimas tres décadas potentes movimientos antipolítica y antipartidos. Entre las expresiones locales habría que identificar las autonomías indígenas, la reacción tipo como Cherán, que concilia la insurrección con el uso de las instituciones, y los movimientos promotores del voto nulo.

 

Por:Efraín Mendoza Zaragoza

A propósito del foro de evaluación de la más reciente reforma electoral nacional, que reunió en nuestra casa de estudios a académicos, expertos y servidores públicos, los días 13 y 14 de abril, comparto mi reflexión sobre la figura de candidatos independientes.

Por definición, recaen en los partidos políticos tres responsabilidades: el establecimiento de formas de control del poder, la adopción de mecanismos de responsabilidad de los gobernantes, y la deliberación, diseño y ejecución de las políticas públicas. Lejos de ello, el debate fue suplido por el marketing y las ideas por las frases; la solidaridad fue desplazada por los intereses y sobrevino la desideologización de la política. Tenemos también que las nuevas tecnologías de la comunicación debilitaron el de por sí frágil papel que corresponde a los partidos en la intermediación entre el individuo y el Estado. De este modo, los partidos se han atrincherado en la función electoral y sólo piensan en las elecciones.

Como un fenómeno global, han brotado en las últimas tres décadas potentes movimientos antipolítica y antipartidos. Entre las expresiones locales habría que identificar las autonomías indígenas, la reacción tipo como Cherán, que concilia la insurrección con el uso de las instituciones, y los movimientos promotores del voto nulo.

Al crearse la figura de candidatos independientes se puso formal fin al monopolio del acceso a los cargos de elección popular que se habían reservado a sí mismos los propios partidos políticos. Esta novedad atrajo al menos a tres tipos de aspirantes: a) ciudadanos activistas de la sociedad civil emergente; b) ciudadanos sin base social, que ignoran incluso el marco jurídico, y c) los provenientes de la tradición partidaria, en un entorno de ruptura con partidos competitivos, esto es, se trató de políticos profesionales desplazados y cuyo desprendimiento fue acompañado por estructuras de base.

En los hechos esta figura se convirtió en un nuevo canal de acceso para los políticos profesionales desplazados de sus formaciones partidarias. Con la excepción del diputado local Pedro Kumamoto, los triunfadores comparten un rasgo: provienen de dilatadas carreras partidistas. Al no ser postulados por sus partidos, antes de la reforma se iban a otros partidos, hoy se han transfigurado en “independientes”.

El saldo que arrojó en Querétaro esta incursión fue de 24 aspirantes o fórmulas, de los cuales sólo siete entraron a la contienda y de ellos sólo tres obtuvieron la votación necesaria para entrar al reparto de posiciones de representación proporcional.

En términos cuantitativos, por supuesto, prevalece el respaldo mayoritario al sistema de partidos. Si bien en Querétaro, de los 169 regidores en funciones, los que accedieron por la vía independiente (Cadereyta, Corregidora y Ezequiel Montes) representan apenas el 1.69 por ciento, podríamos enfocar el dato señalando que de los votos emitidos en la elección de los cinco ayuntamientos donde compitieron, sufragó por opciones independientes el 8.37 por ciento de los votantes. Es una proporción nada despreciable para su primera incursión en un estado que se inscribió en la ruta de la alternancia en 1991 pero sin fuertes movimientos sociales.

Si bien los órganos jurisdiccionales han constituido un contrapeso a los excesos partidistas o de la autoridad administrativa, resulta perverso que la exigua esperanza de los ciudadanos que no son políticos profesionales sea engullida por los obstáculos y la maquinaria de las impugnaciones.

Esta figura enfrenta dos amenazas: la imposición de restricciones mediante la operación legislativa  y el asalto de facto por parte de los políticos profesionales. Con todo y la injusta desventaja imperante, la ciudadanía debe ver las candidaturas independientes como una grieta abierta por la cual puede colarse.

Si esta figura se incorporó como una forma de atender la estructural desconfianza en las formaciones partidarias, será preciso complementarla con la regulación de otros mecanismos que estimulen la participación de los ciudadanos en los asuntos públicos, como son el plebiscito, el referéndum y la iniciativa popular. Además, por supuesto, de la revocación de mandato y el reforzamiento de instrumentos operativos para la participación democrática, como son el acceso a la información pública y el presupuesto participativo.

De lo contrario, continuaremos entretenidos sólo en la logística del acceso a los cargos sin ocuparnos de los mecanismos democráticos de ejercicio profundo del gobierno.

 

 

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