Opinión

Infancia y violencia

Por Araceli Colín

La violencia consiste en servirse del otro como de una cosa, ultrajarlo, pasar por encima de sus derechos, ignorarlo. Pero también las omisiones pueden ser actos de violencia. No ejercer una función gubernamental o parental puede repercutir en el niño como un acto de violencia repetido.

Infante, según la etimología, es el que no habla (infans). En la antigüedad no se le daba la palabra hasta que fuera adulto. Pero hoy, aunque ya saben los niños que tienen derecho de hablar, de opinar, de que sean recibidas sus razones para tomar una determinada posición frente a los hechos de su vida, es frecuente que no se los escuche. Desde luego no podemos generalizar, pero me atrevo a sostener la hipótesis de que la mayoría no son escuchados, y esto es un testimonio de numerosos profesores entrevistados del campo y de la ciudad. Otro indicador que deja qué pensar es el alto índice de crecimiento del suicidio infantil en el mundo. Quizás se los oye pero los padres mentalmente están en otra cosa y no hay el tiempo, la disposición, la actitud, el interés de descifrar los mensajes que el niño dirige a sus padres.

Se sigue pensando que el niño es una caja vacía, sorda y ciega. Vacía porque se insiste en llenarlo de instrucciones “conocimientos”, clases extras para que sea competitivo, o mandatos; caja sorda porque se habla en presencia de él, de asuntos que no le conciernen y que comprometen su tranquilidad, como si no pudiera entender; y ciega porque se pasan frente a él toda clase de programas televisivos, noticieros y películas de violencia en la más absoluta indiferencia de los padres.

Numerosas veces he presenciado, por ejemplo, como en los autobuses foráneos que obligadamente pasan películas violentas como “diversión”, lo hacen delante de niños que van con sus padres y éstos no le piden al chofer que retire la película. Tampoco conversan con sus hijos.

Ocho de cada 10 veces que demandé al conductor que cambiara la película porque había niños, recibí como respuesta una negativa porque me decían “que ya estaba programada” y ellos no podían hacer nada. La legislación oficial para cuidar del niño en estos casos es nula. Es obligado tragar a fuerzas la producción fílmica estadounidense, con sonido o sin él. No es posible sustraerse de la imagen en ningún sitio. Estamos obligados a presenciar el altar del mercado visual en restaurantes, tiendas, autobuses, centrales, etc. Numerosos “juegos” con maquinitas o Nintendo consisten en golpear, matar o destruir. El respeto al silencio visual y auditivo y la decisión de elegir si se quiere ver algo o no, están descartados. Todo lo que se impone es violencia.

La violencia la padecen niños de todas clases sociales. Los niños de mejor condición económica no están exentos. Pueden tener todo lo material pero no necesariamente el interés, el tiempo y el amor de sus padres. Muchos niños de clase media con frecuencia están solos porque, debido al decrecimiento del poder adquisitivo, sus padres tienen que incrementar las horas de trabajo. Hay poco tiempo para atender a los niños de manera relajada para conversar. Y si tienen compañía es relativa, es una presencia solamente física pero como si estuvieran ausentes. ¿Y los niños del campo? ¿Es muy diferente su situación?

Hablaremos de una comunidad de San Ildefonso, Amealco, numerosos niños y jóvenes no encuentran con quien hablar. En ocasiones es porque el padre del joven o jovencita es migrante (sea al extranjero) y hace años que no lo ve, o migra entre semana a otra ciudad vecina. Los espacios de conversación se han reducido mucho tanto con sus padres como con sus madres en razón de las tensiones que viven las familias. La pobreza es un factor que agrava la tensión. El periodo de transición de la infancia a la adultez requiere escenarios que permitan recrear el sentido de la vida. No existe la costumbre de dialogar entre varones sobre sus problemas, es muy raro que ocurra. Cuando ambos padres están en casa tampoco hay muchas condiciones para escuchar a los niños. Tanto el padre como la madre tienen frecuentes disputas, riñas y violencia verbal y física y eso crea climas afectivos que deterioran mucho los tiempos y modos para escuchar a otros y para escucharse a sí mismos, es decir, para caer en cuenta cómo hablan, qué dicen y en qué tono lo dicen. Se deteriora pues la posibilidad de recreación de las conversaciones y la seguridad afectiva.

El alcoholismo es un agravante de la violencia intrafamiliar (obviamente el alcoholismo no es un problema sólo de esta comunidad sino del mundo entero). Frases de los niños que externaban su preocupación por el alcoholismo eran la primera enunciación reiterada de la gran mayoría de los entrevistados, en forma individual y grupal, en una muestra de más de cien entrevistas realizadas en tres años.

El alcoholismo es un lastre social que produce nuevos problemas, desata la violencia, origina violaciones sexuales, produce choques y muertes, desencadena pleitos entre bandas, etc. Nos dijeron que había niños que comenzaban a beber a los 10 años pues se acercan a los grandes aprovechando la ausencia de vigilancia parental. Los pocos ingresos del padre se gastan en el consumo de alcohol. Un relato de una niña dice: “Hay papás que beben tanto, a veces papá y mamá, que mandan a sus hijos a pedir limosna para que tengan para comer” (niña, 15 años)”

En un clima de violencia nacional, las instituciones que viven en esos discursos tienen gran probabilidad de recrear esos climas de tensión, persecución, angustia e incertidumbre. Quien padece violencia la recrea. La escucha del adulto respecto de otro adulto con el que se convive diariamente no es algo sencillo de realizar, se opone a ella el desconocimiento que cada ser humano tiene de sus propias pasiones (en el sentido de lo que padece). Los seres humanos padecemos la ignorancia de nosotros mismos, el amor y el odio, y estas pasiones dificultan la escucha y producen ceguera. Hay “amores” que producen ceguera y sordera. Es necesaria la disposición a poner en duda las propias certezas para que el otro pueda mostrar su perspectiva. La escucha es una condición indispensable para el diálogo y para metabolizar la violencia. Restablecer los espacios familiares relajados para poder escuchar es hoy una necesidad apremiante para proteger a los niños y jóvenes del clima que vivimos.

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