Opinión

Jesuita y latinoamericano

Por: Omar Árcega E.

Apenas estábamos digiriendo la histórica renuncia de un Papa, la primera en 600 años, cuando la elección de su sucesor nos anonadó. En efecto, nadie se esperaba la combinación que encarna el nuevo pontífice: latinoamericano y jesuita.

 

Hombre conocido por su sencillez, se ha repetido hasta el cansancio que nombrado arzobispo rehusó vivir en el “palacio arzobispal” y vive en un departamento, viaja en transporte urbano, realiza una intensa labor social con los más desprotegidos, suele cuidar personalmente a sacerdotes ancianos y enfermos de la diócesis. Fue elegido cardenal en 2001, pero cuando se organizaba el viaje de feligreses a Roma para asistir a la ceremonia les paró en seco y pidió que ese dinero se dedicara a obras de caridad. Criticó a los sacerdotes que no aceptan bautizar a bebés nacidos fuera del matrimonio, llamándolos “hipócritas”. Con igual vigor ha denunciado la trata de personas y la corrupción. Ha hecho fuertes señalamientos contra el injusto sistema económico en el que vivimos.

El beneficio de la duda

Desde estas actitudes podemos entender los signos que rodearon su primera aparición pública como Francisco. Al ser presentado a Roma y al mundo apareció sin los ornamentos que acompañan la vestimenta de un pontífice: el roquete, la muceta y la estola. Simplemente se presentó a la multitud vestido de blanco. Antes de bendecir a la “ciudad y al mundo” pidió la bendición del pueblo y bajó la cabeza para recibirla. Sólo usó la estola papal al momento de impartir la bendición. Luego se la quitó. Mantuvo sobre el pecho su cruz de madera, en vez de optar por un crucifijo de oro y vendría el signo más revelador de todos: el nombre que escogió para su nueva misión: Francisco. En alusión a San Francisco de Asís, el cual es recordado por su sensibilidad humana, su sencillez, su amor a la Iglesia y por las reformas y purificación que generó al interior de ella.

Simplemente su forma de vida es una cachetada con guante blanco para aquellos sacerdotes y obispos que viven en el cómodo aburguesamiento, para aquellos católicos que se parapetan en los meros cumplimientos litúrgicos sin practicar el amor y preocupación por sus prójimos, por los pobres y los sufrientes. Su vivencia de la pobreza evangélica es un ejemplo y muestra de la existencia de miles de religiosos que están en tierras inhóspitas o en las grandes urbes realmente comprometidos con acompañar a los sin voz, a los desheredados del capitalismo. En este sentido su propia vida se convierte en una denuncia contra el olvido de una vivencia de la pobreza.

En colaboraciones anteriores decíamos que la Iglesia estaba ante una encrucijada histórica, continuar los cambios iniciados por Benedicto XVI o sepultarlos. Con esta elección los cardenales mandan una señal clara: es necesario proseguir la purificación que inició Ratzinger. Por ello eligieron un Papa con aceptable estado de salud, con la suficiente entereza para enfrentarse al burocratismo perverso de la curia romana, con experiencia pastoral y especial sensibilidad para empatizar con los sufrientes y olvidados del mundo.

Quizá el único inconveniente es su edad, no podrá estar más de nueve años en el cargo, o esto puede ser algo positivo, pues papados cortos impiden el anquilosamiento de los funcionarios vaticanos. Los retos que le esperan son enormes: continuar la limpieza del Banco Vaticano, aplicar mano dura contra los casos de pederastia, reformar la organización de la curia romana, mostrar el Evangelio de formas novedosas, generar estrategias para recuperar el prestigio moral de la Iglesia, frenar la salida de católicos de la Iglesia. Todo esto no es tarea sencilla en un mundo donde los valores que propone el cristianismo son políticamente incorrectos

Lo que esperamos

No debemos esperar un Papa que dé giros de 180 grados en cuestiones de moralidad sexual, celibato, o en temas referentes al aborto u ordenación de mujeres. Las posturas sobre estos tópicos están muy claras. Lo que sí podremos ver es una Iglesia más volcada a lo social, que señale con más vehemencia las injusticias del orden económico, más sensibilizada hacia los grupos vulnerables de la sociedad, que haga de las denuncias de las injusticias el mejor anuncio del Evangelio. Esperemos que el ejemplo de un pontífice que práctica la sencillez impacte en las conductas, muchas veces arrogantes, de obispos, sacerdotes y feligreses.

La elección de un Papa no impacta sólo a los católicos, también genera dinámicas en los no cristianos, es prácticamente un acontecimiento de geopolítica mundial. Por ello es una oportunidad para que los católicos purifiquen su Iglesia y sea un referente ético y moral en este mundo desbocado y plural, para que la sociedad planetaria siga enriqueciéndose de la sabiduría de una institución que tiene dos mil años de existencia y que forjó el mundo occidental del cual somos hijos. Un nuevo Papa, una Iglesia siempre antigua y siempre nueva, ésas son sus paradojas, pero también sus fortalezas.

twitter.com/Luz_Azul

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