Opinión

John Ackerman y la reflexión sobre la democracia en México

Por: María del Carmen Vicencio Acevedo

metamorfosis-mepa@hotmail.com

La política que hoy experimentamos genera muchas sospechas y fuertes decepciones ¿nuestra nación es realmente democrática?

Gran parte de los graves problemas sociales que padecemos tienen que ver con el régimen que nos gobierna. En la antigüedad sólo una pequeña élite tomaba las decisiones y el resto era sometido a la condición de esclavo o de siervo. (¿Hoy es distinto?).

Tuvieron que pasar muchos siglos, muchos debates, guerras, lágrimas y sangre derramada, para poder construir un Estado laico, un régimen republicano y democrático, como los que presume nuestra clase política que tenemos; un régimen guiado por los valores de la dignidad, la justicia y la igualdad.

Si comparamos lo que ahora tenemos, con el siglo XIX, podemos decir que hemos ganado mucho en la conquista de los derechos humanos, pero si lo contrastamos con las aspiraciones más profundas de nuestro pueblo y con lo que realmente vivimos en la cotidianeidad, distamos enormemente de tener un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.

La política que hoy experimentamos genera muchas sospechas y fuertes decepciones. La República mexicana ¿es realmente una república?, ¿nuestra nación es realmente democrática?, ¿Podemos llamar democracia a eso que nos vende el Instituto Nacional Electoral, a través de sus frecuentes “spots” comerciales, con voces seductoras, que reducen la vida política al ínfimo momento electoral? ¿Podemos llamar democracia a esta guerra mercantil de los partidos/franquicias, que buscan sólo su beneficio egoísta y deciden de espaldas al resto de la población? ¿Podemos llamar “representantes populares”, a quienes se subordinan a los intereses del Gran Capital, nos manipulan y usan para sus fines, y a quienes no les calan las múltiples críticas, denuncias o gritos de la gente, porque el enojo popular es el costo “regalado” que tienen que pagar, para poder acceder a la élite de los multimillonarios?

Debatir en todos los espacios posibles sobre estos temas es indispensable para cambiar el rumbo que ha seguido nuestro país y que parece conducirnos al desastre. Sin embargo, a muchos, la política les da asco y prefieren la anodina resignación que da no hablar del tema.

Muchos otros no se resignan a creer que esto es lo único que existe; que no hay alternativas posibles, fuera de lo que ahora tenemos. El debate sigue, pues.

Uno de los promotores más lúcidos (y “polémicos”) del debate político en México es John Ackerman. Tuvimos la fortuna de verlo por acá, el jueves pasado a la Universidad Autónoma de Querétaro, cuando presentó su libro: “El mito de la transición democrática”.

Ackerman es un reconocido intelectual del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, doctor en Sociología Política, director editorial de la Mexican Law Review, experto en políticas públicas, derecho electoral, combate a la corrupción, participación ciudadana, así como columnista de varias revistas y diarios nacionales y extranjeros.

De acuerdo con este pensador, lo que hoy tenemos en México es la consolidación del sistema corrupto de autoritarismo neoliberal. Este sistema se sostiene en la creencia altamente nociva de que, basta con cambiar de partido en el gobierno, para tener democracia.

Ackerman denuncia que “El mito de la transición democrática” “cancela la posibilidad de imaginar una transformación integral de la estructura de poder social”, fomenta el conservadurismo y margina a quienes apuestan a la construcción de nuevas utopías transformadoras.

La esperanza que otrora tuvimos de que cambiarían las cosas, cuando lográramos derrocar al PRI y su nefasta dictadura, se ha ido desmoronando en los últimos 15 años, cuando la “alternancia” ha mostrado lo que los otros partidos pueden ofrecer: “más de lo mismo”.

Según Ackerman, más que haber derrocado al priismo, lo que sucedió fue que éste infiltró su lógica en los demás partidos, mezclada en el coctel adormecedor, neoliberal. Ahora es mucho más difícil reconocer quién es el enemigo y en dónde están las opciones.

Lo bueno de la gran decepción que tenemos, es que nos vemos obligados a reconocer que la solución a nuestros problemas no está en la “democracia representativa” y que urge trabajar por construir ya, en todos los espacios posibles, experiencias de democracia más participativa y directa. “Sólo un nuevo movimiento político nacional, participativo y popular” nos permitirá avanzar hacia una vida más justa.

 

 

 

 

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