Opinión

Jubilados

Punto y seguido

Por: Ricardo Rivón Lazcano

UNO

Los jubilados no existen, son un sueño colectivo de las organizaciones. Se sabe que por necesidad, y a la larga, las organizaciones despiertan.

DOS

Se dice que el miedo dobla la edad, tal vez por eso este profesor, jubilado, con cincuenta y siete años (edad que dice tener), realmente parece de ciento catorce.

TRES

La señora profesora se jubiló, resolvió matar a su marido, profesor también y también jubilado, no por nada sino porque estaba harta de él después de apenas cuarenta y tres años de matrimonio. Se lo dijo:
-Voy a matarte.
-Bromeas.
-¿Cuándo he bromeado yo?
-Nunca, es verdad.
-¿Por qué habría de bromear ahora y justamente en un asunto tan serio?
-¿Y cómo me matarás? – dijo riendo.
-Todavía no lo sé. Quizá poniéndote todos los días una pequeña dosis de arsénico en la sopa. Quizás aflojando una pieza en el motor del automóvil. O te haré rodar por la escalera, aprovecharé cuando estés dormido para aplastarte el cráneo con algo que la artritis me permita levantar, algo pesado; conectaré a la tina un cable de electricidad. Ya veremos.
El profesor comprendió que su mujer no bromeaba. Perdió el sueño y el apetito. Enfermó del corazón, del sistema nervioso y de la cabeza. Seis meses después falleció. La profesora, que era una mujer piadosa, le agradeció a Dios haberla librado de ser una asesina.

CUATRO

Era indiscutiblemente un jubilado muy anciano. Sin embargo, ni la edad real ni la aparente le interesaban. Había mantenido la conciencia clara como un diamante, aunque su rostro estaba apergaminado y su cuerpo se había tornado frágil como el de un pajarillo. Un día, como todos los días, caminaba el circuito del Cerro de las Campanas. Se sabía, porque se había corrido la voz, que el profesor jubilado tenía dones especiales. Entonces llegaron hasta él algunos aspirantes espirituales y le preguntaron qué debían hacer para adiestrarse en la serenidad y adquirir esa especial mirada. El exprofesor los miró con infinito amor y, tras unos segundos de silencio pleno, dijo:

-Yo me aplico del siguiente modo: Cuando como, como; cuando duermo, duermo; cuando quiero a todo el mundo, quiero a todo el mundo, y cuando muero, muero.

Y al concluir sus palabras murió, abandonando ahí mismo su decrépito cuerpo.

CINCO

He aquí que una maestra jubilada entró al mercado Hidalgo buscando un pollo. Vio un pollo colgado y, dirigiéndose a la pollera, le dijo:

-Lupita, tengo esta noche en casa una cena para unos amigos y necesito un pollo. ¿Cuánto pesa éste?

La pollera repuso:

-Dos kilos, maestra.

Ella meció ligeramente la cabeza en un gesto dubitativo y dijo:

-Éste no me sirve, necesito uno más grande.

Era el único pollo que quedaba en el puesto. Todo se había vendido. Lupita no estaba dispuesta a dejar pasar la ocasión. Agarró el pollo, se agachó haciendo como que buscaba mientras explicaba a la maestra:

-No se preocupe, enseguida se lo cambio por un pollo mayor.

Permaneció unos segundos revolviendo cosas. Acto seguido hizo aparecer el mismo pollo entre las manos, y dijo:

-Éste es mayor. Espero que sea de su agrado.

-¿Cuánto pesa éste?

-Tres kilos –contestó sin dudarlo un instante.

Y entonces la maestra dijo:

-Bueno, me quedo con los dos.

SEIS

Eran dos grandes amigos. Ya jubilados se frecuentaban poco. Decidieron pasar unos días en la vecina San Miguel de Allende. Comenzaron a caminar y en la calle de abajo vieron un burdel que estaba frente a frente con un museo en el que ofrecían un ciclo de  conferencias sobre Octavio Paz. Esa tarde la conferencia tenía el título “La palabra como agujero negro”. Uno de los amigos decidió (pensando más bien el García Márquez) pasar unas horas en el burdel, bebiendo y disfrutando de las bellas prostitutas, en tanto que el otro optó por pasar ese tiempo en el museo. Siempre la había interesado el Paz abismal.

Instalados, pasaron unos minutos. El amigo que estaba en el burdel comenzó a lamentar no estar escuchando lo que tuvieran que decir de y sobre Octavio Paz, en tanto que el otro, en lugar de estar atento a las palabras que estaba oyendo, estaba soñando con el burdel y todo lo de ahí, reprochándose a sí mismo lo fantoche que había sido por no elegir la diversión.

SIETE

Después de jubilarse, al paso de los días, comenzó a dormir sin pesadillas. Le cambió el rostro, parecía que la sonrisa emanaba desde adentro. Un día (o sea, una noche) se soñó saliendo del closet, caminó lentamente hacia la cama, se metió entre las cobijas, fundió sensualidades con el ícono de su vida docente. Despertó, el Che Guevara aún a su lado.

(Son reescrituras. El número 3, de Marco Denevi; del resto unos son anónimos asiáticos y otros no)

@rivonrl.

 

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