Opinión

La amenaza del populismo y las cargas del anti-populismo

Por: María del Carmen Vicencio Acevedo

metamorfosis-mepa@hotmail.com

Un tema muy comentado del tercer informe de Peña Nieto fue su “docta” advertencia contra del populismo: “Los medios digitales y las redes sociales reflejan sentimientos de preocupación y enojo que demuestran que las cosas no funcionan, pero la sociedad no debe buscar falsas salidas: La intolerancia, la demagogia y el populismo no son la salida para resolver los problemas de México y más bien fomentan la división y el retroceso; (…) erosionan la confianza de la población; alientan su insatisfacción, el encono y la discordia; destruyen las instituciones y socavan los derechos y libertades de la población.” 

El término peyorativo “populismo” se refiere a modos de proceder demagógicos, de ciertos líderes políticos o religiosos (e incluso empresariales), que buscan la simpatía popular, haciendo creer que trabajan para la gente, cuando en realidad carecen de auténtico compromiso con la transformación profunda de su realidad y, más bien, persiguen sus propios intereses. El discurso populista suele ser emocional, dicotómico y simplista; enfrenta a “ricos-malos” contra “pobres-buenos” y genera serios conflictos.

Si así entiende Peña Nieto al populismo, podemos coincidir. Sin embargo, si pedimos precisar quiénes son populistas, la respuesta dependerá de quién señale a quién. Por eso se requiere un análisis más puntual.

Algunos comentaristas infirieron que Peña Nieto dedicaba su discurso anti-populista a López Obrador, “el peligro para México”, (quien crece en las encuestas de popularidad, mientras que el presidente cae en picada). Peña lo negó.

Es común, que quienes defienden la teoría neoliberal del “derrame económico” llamen “populistas” a los críticos del capitalismo, que buscan alternativas. Desde la derecha, se ha llamado “populistas” (sin mayor análisis ni distinción), tanto a líderes “carismáticos” (Fidel Castro o Hugo Chávez), como a iniciativas o corrientes filosóficas, políticas, o educativas latinoamericanas, “del buen vivir” o de “la liberación” (a la pedagogía de Paulo Freire, a la Universidad de la Tierra), a movimientos altermundistas en pro de la soberanía alimentaria, o a cualquier otro que proclame que sí puede haber opciones distintas al capitalismo y que URGE construirlas.

En el polo opuesto, entre los sectores críticos a la cúpula dominante, se llama “populistas” a quienes reparten todo tipo de dadivas, para conseguir votos; también a consorcios como Televisa, que sacan provecho del asistencialismo.

No extraña que Peña sea inconsciente de su populismo discursivo (“yo también soy Ayotzinapa”; “es momento de “ensuciarse los zapatos”; “el gobierno debe estar cerca de la gente y entender la crítica constructiva”…), ni de su actitud populista (ganar las elecciones a fuerza de tarjetas Monex), ni del populismo de su cruzada contra el hambre.

Hay que cuidarse de combinaciones esquizoides que mezclan lo peor del populismo y del anti-populismo.

Alertar contra el populismo, en el esquema peñista, permite justificar los dispendios de los anti-populistas y cerrar toda rendija a cualquier insinuación que pudiera develar las trampas del orden establecido. Se tacha de “populistas” a quienes denuncian el despilfarro de $14 mil 663 millones en publicidad (2013-14), del gobierno federal, o que su paquete fiscal, 2016 (dizque “realista y responsable”) recorta el gasto social (salud, educación, desarrollo social y procuración de justicia), PERO NO los mega-sueldos de altos funcionarios, que reciben cuantiosos finiquitos cuando se retiran, quedan impunes cuando hurtan, o cuyo legal aguinaldo de $600 mil, merma sólo $49, por “las políticas de austeridad”. (La Jornada, 09-09-15).

En síntesis, la crítica peñista al populismo busca justificar que el Estado evada su responsabilidad de distribuir equitativamente la riqueza, y garantizar la seguridad, la justicia y el bienestar social de toda la población. Pretextando “innovadoras alternativas financieras”, justifica imponer sobre la ciudadanía, enormes cargas, como la de mantener las escuelas públicas, cuya engorrosa gestión de recursos deben asumir ahora los paterfamilias.

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