Opinión

La eterna lucha de Salvador Canchola

Amplia Gama de Grises

Por: José Luis Álvarez Hidalgo

La muerte es uno de los conceptos más sencillos de comprender en su sentido concreto: fin de la vida, punto; sólo que resulta el más complejo en su aspecto espiritual, metafísico, filosófico y vivencial, en donde no hay modo de entenderla, ni muchos veces de acep­tarla como algo “natural”. La muerte física del gran luchador social y político, liberador de conciencias y enemigo de la opresión de nuestro pueblo, Salvador Canchola Pérez, nos agarró por sorpre­sa. Incluso, debo decir que el día de su muerte, la compañera de lucha, Rosalba Pichardo y quien esto escribe, casi la presentimos dado que cuando íbamos camino al campus de la UAQ en Ame­alco, Querétaro, a impartir una conferencia sobre la reforma laboral, la imagen del viejo sabio de la tribu se nos atravesó en la carretera y fue el tema de conversa­ción durante casi todo el viaje.

Siempre que pierdo a un ser querido el único consuelo que me queda es haberle visto poco antes de muerte. Así suce­dió con Don Chava (como siempre le dijimos cariñosamente), un día sábado de septiembre u octubre que llegué a su casa acompañado de mi esposa, pen­sando que ese día se iba a llevar acabo un encuentro de economía solidaria y la única alma solitaria (y siempre solidaria) que encontré en el patio de su casa fue la de él. La imagen era surrealista: había varias mesas y sillas engalanadas para la fiesta y al fondo adiviné su figura triste y encorvada. Nos acercamos sigilosamente y le saludé casi con euforia. Don Chava apenas levantó la vista, le costó un poco identificarme y me nombró, casi con desgano, como siempre lo hizo: “Luisito”. Al verle supe de su cansancio y del mal­trato de su enfermedad. Supe también que era su cumpleaños número 85 y que la familia le había organizado un gran festejo. Charlamos apenitas y abrazán­dole, nos despedimos de él. Allí se quedó en medio del silencio de una fiesta que no atinaba a comenzar.

Lamenté su muerte, pero supe que la muerte le había hecho justicia, le per­mitió vivir una larga vida llena de luz y plenitud al dedicarse en cuerpo y alma a luchar por el bienestar de los demás des­de diferentes trincheras. Desde su ejer­cicio sacerdotal, fue el buen pastor que abrazó a la teología de la liberación como el espacio de acción y reflexión idóneo para luchar en contra de la injusticia en tierras michoacanas. En 1985 llegó a Querétaro y ya despojado de los hábitos, decide entrar de lleno a lucha política partidista, primero en las filas del PMT y del PMS (con el gran Heberto Castillo a la cabeza) y muy pronto participa en la fundación del PRD, partido de izquierda del cual fue candidato a gobernador en 1994 y varias veces miembro del Comité Ejecutivo de dicha organización política.

Ésos son los años en que lo conocí y que durante un buen trayecto caminamos juntos en el árido desierto de la lucha partidista de izquierda, con su inmutable imagen lle­vada a cues­tas, el viejo sombrero de palma, la guayabera color beige, los panta­lones claros y su típico andar a pa­sitos cortos y apresurados que le hacían inconfun­dible a la distancia. Recuerdo con gratitud, todas las veces que me acompañó a mis actos de campaña cuando fui candidato a dipu­tado en los años noventa. Pasaba por él muy de mañanita y nos íbamos en “la burra blanca” (apodo de mi vieja camio­neta) a comunidades de Pedro Escobedo y Amealco en donde era muy querido, con esa gente a la que asumió como su causa de lucha eterna, la gente pobre del campo y la ciudad que siempre es objeto de las injusticias del poder y del azote de la miseria. A ellos se entregó de tiempo completo y a los pobres desposeídos ofrendó su vida entera.

Don Chava siempre fue la voz suave y fraterna que sólo la sabiduría y la gene­rosidad conceden. También fue alguien que cultivó un gran sentido del humor y lo soltaba en el momento más oportuno. Recuerdo que en una reunión del Conse­jo Estatal del PRD que se prolongó todo el día, los consejeros comenzaron a huir discretamente (no habíamos probado bo­cado aún) cuando Chavita los sorprende y les suelta un grito estentóreo: “¡No se vayan, espérense al pollo!”

Ése fue Salvador Canchola, el eterno luchador social, el símbolo en Querétaro de la lucha por un mundo nuevo, un mundo en el que se terminé la opresión y la injusticia. Un mundo en el que quepan todos los mundos. Donde quiera que se encuentre, en algún lugar del paraíso de los justos, elevamos al unísono el grito que siempre compartimos: ¡Hasta la vic­toria siempre!

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