Opinión

La fe que nos falta

Por Juan Carlos Martínez Franco

Había unas 500 mil personas en Guanajuato para la misa con el Papa Benedicto XVI, otrora Joseph Ratzinger. Miles de familias se reunieron para ver frente al televisor la llegada, el paso y la retirada del hombre de blanco por tierra azteca –o más exactamente: por tierra otomí o chichimeca–. Un nudo en la garganta amenazaba con atarse cada vez que le hacían un close-up y una lágrima empañó los ojos de jóvenes y viejos cuando el alemán apareció emocionado debajo de un sombrero de charro. Y aun así no era lo mismo que otras veces.

¿Qué hace el Papa aquí?, nos preguntamos varios. Viene a dar un mensaje de esperanza, dirán algunos de verbo fácil. ¿Qué mensaje le podrá dar a este México herido y que a la postre cuesta xxxxxx? El mensaje de la fe, responderán.

¿Qué fe? ¿De qué fe hablan los que hablan de fe? ¿Fe en qué? ¿En qué Dios? ¿En qué mensaje?

La religión se creó con base en lo simbólico para hacer sensible (o “traer a la realidad”) lo difícilmente aprehensible; en este caso, lo divino. Y sin embargo, la Iglesia católica ha olvidado por completo ese origen y se ha centrado en mantener esa parte vigente –la imagen, el verso bíblico, el precepto moral aunque inoperante– olvidando por completo tanto el Concepto Divino como la misión social, lo cual uno asumiría serían los pilares de la Iglesia. No resulta así. Es incluso ridículo que el Vaticano mismo esté en relativa oposición a uno de los movimientos “progresistas” más relevantes salidos del catolicismo: la Teología de la Liberación, nacida a partir del Concilio Vaticano II y la Conferencia de Medellín de 1968. Entre los representantes más relevantes de esta corriente en México están Enrique Dussel, que a partir de ella ha configurado su propia Filosofía de la Liberación, y Samuel Ruiz, obispo de San Cristóbal de las Casas de 1959 a 1999 y que fue, entre otras cosas, mediador entre el Ejército Zapatista de Liberación Nacional y el Gobierno Federal en el conflicto de 1994 y uno de los pocos sacerdotes que conozco que podría nombrar como herederos de la misión del Cristo.

El problema con los sacerdotes, y así también con el Papa, es que son demasiado como políticos mexicanos: muestran una ideología intolerante –y por tanto poca disposición para el diálogo–, la acumulación desmedida de riqueza y la absoluta e infame impunidad con la que cometen crímenes; y no cualquier clase de crimen, sino los del peor orden. Además de todo y para terminar pareciéndose más a los políticos mexicanos, el Papa convive con ellos en su ceremonia en la ciudad de Guanajuato. (¿Que no vino al DF por cuestiones de salud, quesque por la altura? Mejor revísese su Wikipedia, señor vocero del Papado, y se dará cuenta que el Cerro del Cubilete, donde celebró su misa el Santo Papa, está a dos mil 579 metros sobre el nivel del mar, mientras que el promedio de la ciudad de México es de dos mil 240; mejor díganos la verdad, o sea que Guanajuato-es-siempre-fiel-y-panista y que la Ciudad de la Esperanza es demasiado gay, demasiado feminista, demasiado hereje para que el papamóvil ruede por sus calles) E igual que ellos, el Vaticano, como si fuera un partido político de los mexicanos –o sea, de los que ya estamos hartos– piensa más en estrategias políticas que en soluciones sociales (ya no digamos divinas).

Así, ¿cómo habría de tener fe? ¿Fe en la discriminación o en la corrupción? ¿Fe en las andanzas políticas antes que en el bienestar de la humanidad? ¿Fe en los que piden el perdón por la pederastia pero que condenan la homosexualidad? ¿Fe en los que oran porque se acabe el hambre en el mundo pero se sientan en solios de oro sólido mientras sostienen cetros con diamantes incrustados? ¿Fe en discursos dispersos, incoherentes que lo único que tienen que ver es lo alejados que están de la enseñanza cristiana original? ¿Fe en el fanatismo? ¿Fe, pues, en los que tienen todos los medios pero han equivocado los fines?

Yo estoy falto de fe.

 

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