Opinión

La insoportable levedad del precio del petróleo

 

Por: Daniel Muñoz Vega

Lo que antes comenzaba con un golpe al despertador, hoy se comienza deslizando los dedos sobre el teléfono celular.  Ese momento infame en que tienes que levantarte de la cama para enfrentar la vida. Pagarías lo que fuera por cinco minutos más de sueño, pero afortunadamente, son gratis. Las voces de la radio comienzan a taladrarnos la conciencia, ese tono chocante de los conductores de noticias —sabelotodo y cómicos a la vez— hablan sobre los precios del petróleo.  Analistas económicos agravan la voz para oírse más serios, no los vemos, pero estaríamos seguros que están manoteando al hablar sobre los 18.90 dólares que cuesta el barril de crudo.

La economía mexicana deja una estela de angustia en nuestras mentes. Mi padre me contó alguna vez que López Portillo dijo con suficiente autoridad moral que tendríamos que acostumbrarnos a administrar la abundancia. ¿Cuál abundancia? Aquella que se generaría después de que un pescador descubriera accidentalmente unas reservas petroleras en el golfo de México, las más grandes del mundo a inicios de los años setentas.

El petróleo creó un país ambivalente. Aquel que destinó sus ganancias a la construcción de una gran nación y el que creó un lamentable estado de confort y construyó un estilo único de corrupción.  México no ha realizado en su historia contemporánea, una reforma de fondo que haya trastocado ese estado de confort; mucho menos,  creó un sistema jurídico confiable, que garantizara el estado de derecho. Esas son las maldiciones de nuestro petróleo. La vaca sagrada enferma por larvas que la han sangrado hasta acabársela, hoy hablamos de la historia que no fue, porque lo que no hicimos hace 40 años no se puede hacer ya, cuando estamos en la antesala del fin de la era petrolera.

La economía mexicana ha tenido, desde que tengo uso de razón, un tufo putrefacto que emana desde la naturaleza de su sistema: el neoliberalismo rapaz, corrupto, depredador, individualista, que potencializó la decadencia del sistema político. En el costal de la corrupción cabía todo el país, incluidas las ganancias y los excedentes petroleros. ¿Qué fue de este país en la era foxista cuando el barril oscilaba los 140 dólares? Fue lo mismo que ha sido siempre, un nido de ratas voraces, incapaces de construir otra cosa más que su propia miseria humana. Hay un agujero negro creado por la corrupción y nuestra política petrolera, una formula devastadora, que hoy, ante una incipiente reforma energética, que se presume como una panacea, será un negocio grotesco para un sector privilegiado de nuestra clase política, no por nada Pedro Aspe Armella, artífice y pilar del neoliberalismo mexicano, ya se presume como empresario petrolero.

Hoy el precio del petróleo se nos presenta como gerente de recursos humanos ante el velador dormido. ¿Qué hicimos como país que no fuera resignarnos a ser un simplón vendedor de crudo? Repito, somos la historia que no fue.  El dinero de nuestra industria petrolera fue despilfarrado en campañas políticas para mantener este sistema. Circuló de todas formas hasta llegar a las cuentas personales de líderes sindicales corruptísimos. No hubo ningún tipo de voluntad, ni política ni jurídica para castigar los desfalcos. Sólo nos quedamos con el episodio contra Joaquín Hernández Galicia “La Quina” al inicio del gobierno salinista, el primer gran arresto de los  episodios de la política ficción.  Puro espectáculo en horario estelar.

A nivel global el petróleo da sus últimos coletazos, se resiste a ser sustituido como fuente de energía; causante de conflictos bélicos siempre disfrazados de libertad, justicia e igualdad, el petróleo ha patrocinado guerras atroces para que las grandes potencias impongan dominio económico sobre el mundo. El orden económico mundial que se estableció después de la segunda guerra mundial, tuvo como protagonista al oro negro.  Todo cambió, desde nuestra manera de vivir, hasta el clima, todo por la petrolización del mundo.

El precio del petróleo hace sudar a los actuales administradores del país como la crisis del 94 hizo sudar a Guillermo Ortíz. Nuestro peso pierde (como otras muchas monedas en el mundo) terreno frente al dólar, aquí creamos una percepción fatalista, el apocalipsis económico se hizo realidad: devaluación y petróleo barato; mientras el Banco de México ruega para que el jinete de la inflación no se haga presente con dos dígitos en la variable.

 

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