Opinión

La labor del psicólogo clínico en los grupos de reflexión para hombres sobre “masculinidad y violencia”

Por: Erick Hurtado González

Cuando comencé mi práctica profesional como psicólogo clínico hace aproximadamente 10 años, tenía la idea –como creo que muchos recién egresados de esta carrera la tienen– de que mi esfera de trabajo se iba a limitar a la atención individual de pacientes en consultorio, lo cual dicho sea de paso, no es algo totalmente erróneo, ya que lo he llevado a cabo tanto en las diferentes instituciones para las que he laborado, como en mi consultorio particular hasta la fecha, pero he de señalar que –sin dejar de mencionar que hay quien efectivamente se dedica exclusivamente a ello– no ha sido la mayor parte del trabajo que he realizado en mi recorrido por las diferentes dependencias de asistencia social, educación y salud en las que me he desempeñado.

Por el contrario, he impartido también pláticas informativas y preventivas a la población sobre temas como la depresión o la violencia familiar, he brindado capacitación a personal médico o del ramo de la educación sobre la salud mental y su correlación con la salud física o con el aprendizaje, he realizado actividades de detección y canalización para la adecuada atención de personas con riesgos psicosociales, como las adicciones, a través de diferentes herramientas e instrumentos diseñados especialmente para ello, he trabajado en escuelas con niños o adolescentes con problemas de aprendizaje relacionados con conflictos emocionales a través de la orientación psicoeducativa, y entre otras tareas, he facilitado grupos de reflexión para hombres adultos sobre el tema de la masculinidad y la violencia, labor, esta última, en la que me desempeño actualmente.

El trabajo con hombres adultos es para mí algo relativamente nuevo –llevo apenas tres años haciéndolo– ya que por lo general quienes hacían uso de los servicios de atención psicológica en los que me desempeñé anteriormente, en cualquiera de sus formas mencionadas líneas atrás, eran en su gran mayoría mujeres de todas las edades o niños, de allí que esto haya representado para mí un gran reto y a la vez una gran posibilidad de aprendizaje.

He de confesar que cuando supe que iba a trabajar con grupos de hombres que ejercían violencia hacia su pareja, su familia u otros hombres o mujeres, pensé inmediatamente en tomar clases de defensa personal para poder estar preparado para defenderme en caso de ser blanco de alguna agresión, pero debo decir que hasta hoy en día ninguna de estas dos cosas han ocurrido, ni he tomado las clases ni me han agredido, y no quiero decir con ello que la posibilidad no exista, sino que al adentrarme al estudio y al entendimiento de cómo es que funciona la violencia como un mandato social que impulsa a estos hombres a ejercerla, también puedo entender cómo ello genera dolor a sus seres queridos y a ellos mismos, y que es desde allí también entendiéndola como un aprendizaje y no como algo natural, desde donde es posible detenerla, cambiarla por alternativas sanas de relación y hacerlos responsables y no sólo culpables de sus actos.

La sociedad y su cultura tienden una trampa a estos hombres: por un lado se les pide permanecer inconmovibles ante cualquier situación por difícil que sea, guardarse sus emociones y no manifestar tristeza, dolor, miedo o preocupación ya que éstos son sentimientos considerados apropiados solamente para mujeres o niños, limitándolos al enojo (convertido en violencia) como única opción viable de expresión; pero por otro lado cuando se les ve agredir a su pareja o familia física o verbalmente, en lo cual se canalizan emociones y sentimientos reprimidos, entonces son señalados como “poco hombres”, “sin pantalones” o “maricones”, no ofreciéndoles otras posibilidades para que se desahogue toda la tensión que día a día se va acumulando en las interacciones personales dentro y fuera del hogar.

No obstante, he de agregar también que he podido conocer hombres que han sido enormemente empapados por la masculinidad tradicional o machismo y los aparentes beneficios que ello conlleva, ya que pueden padecer de abusos por parte de jefes y compañeros de trabajo o de otros hombres en la calle, pero creen que por el puro hecho de ser hombres, llegando a su casa pueden reservarse privilegios que no le conceden a su pareja, como el hecho de no participar de manera activa en las labores de domesticas ni en la educación de los hijos, el exigir contacto sexual aun cuando la pareja no lo desee o el no satisfacer las necesidades económicas básicas de la familia cuando se tiene la posibilidad de hacerlo, entre otros.

Esto, la interiorización tan marcada del machismo, en ocasiones dificulta de sobremanera el que se lleve a cabo una reflexión que dé pie a la modificación de pensamientos, sensaciones y conductas, y hace invisibles los altos costos y consecuencias del tipo de relación que se establece con la familia y los semejantes: de distanciamiento emocional con los otros/as; legales, ya que la violencia familiar es un delito en nuestro estado, costos económicos por los daños generados; de salud, por las enfermedades y lesiones derivadas, etcétera.

Ante esto que aquí describo, se preguntará quien llegue a tener este artículo en sus manos, ¿cuál es la labor que desempeña un psicólogo clínico al trabajar con este sector específico de la población y además en grupo?

Lo más complejo de la cuestión y lo que requiere quizás de mayor empeño es el posibilitar a los hombres un espacio donde puedan hablar acerca de aquello que no pueden expresar en otros lugares sin ser criticados u objetos de burlas, y que les permita escuchar a otros en sus propias palabras y escucharse a sí mismos en la experiencias que otros hombres les pueden brindar, dado que comparten vivencias, sino iguales, sí bastante similares, ya que han sido educados bajo la misma cultura, con sus mismos valores o antivalores, prejuicios, sistemas de jerarquías y creencias acerca de lo que debe de ser un hombre, una mujer, un niño/a y del papel que se espera que cada uno desempeñe en la sociedad.

Finalmente, si el aprendizaje que los llevó a ser los hombres que son hasta ahora lo obtuvieron en conjunto con otros, ya sea familia de origen, amigos, maestros y compañeros de escuela, los medios de comunicación, los jefes y compañeros de trabajo, por decir algunos, es también de manera grupal como se les propone echar a andar la reflexión que les posibilite el cambiar por una mejor calidad de vida aquellas ideas y componentes de su masculinidad que sin darse cuenta los han golpeado, me refiero a toda la violencia física, psicológica, económica o sexual que los ha llevado a cargar con el lastre de la culpa en sus espaldas.

Estos cambios que se esperan nunca son fáciles, la inercia del día a día conlleva a que los comportamientos se conviertan en hábitos y por lo tanto requieran de un esfuerzo considerable para su modificación; la sociedad además intenta obligar a que todo aquel que se aleje de los parámetros de lo que se considera como “normal” sea inmediatamente reintegrado a ella, ya sea por persuasión o a la fuerza.

Pienso, por ejemplo, en cómo reaccionan los familiares –padres o hermanos– de un hombre al verlo “muy metido en la cocina lavando trastes”, o en cómo reaccionan los amigos de un hombre que acepta la observación que le hace abiertamente su pareja en una fiesta cuando le dice que ya no tome más porque tiene que manejar, o quizás en un hombre que llega a la oficina con la camisa arrugada y a quien sus compañeras de trabajo le preguntan si no tiene en casa una mujer que lo atienda (no porque no sepan si la tiene o no, sino indicando que para eso, para plancharle la camisa, debería estar presta su esposa).

Los señalamientos de quienes rodean a los hombres pueden ser muchos y pesar demasiado, la cuestión aquí es, ¿a qué van a dar más peso los hombres?, ¿a las críticas o a las satisfacciones que les puede proveer el cambio?

Si bien hubo un tipo de masculinidad dominante que impuso su predominio durante muchos años y mantuvo el control sobre todo lo que era considerado como femenino o no concordante con sus ideales, hay un cambio en las estructuras y dinámicas de la sociedad actual que no permite sostenerla más; mujeres, niños, discapacitados, homosexuales y todos aquellos sectores de la población que no encajan en ella, exigen hoy en día la reafirmación y respeto de sus derechos, y los hombres necesitan se les libere de la carga tan pesada que les representa el tener que ser muy “machos” en la actualidad.

Ya para concluir, quiero mencionar parafraseando a Juana Danis –psicóloga argentina– que el común denominador del psicólogo clínico parece consistir en “ser partero de los cambios en la comunidad en la que vive”. Como cambio implica duelo y el duelo es dolor, se hace necesaria la participación del profesional entendido en consciencias y conductas que con distintos métodos asiste en esos procesos de cambio.

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