Opinión

La paradoja de la democracia mexicana

Por Ricardo Noguerón Silva

A sólo unos cuantos meses de llevarse a cabo los procesos electorales 2012, la sociedad mexicana continúa inmersa en un ambiente democrático ficticio, donde la cultura de elegir al “menos peor” y no a quien debiera representar al pueblo es la que impera.

La carencia de verdaderos líderes en México, ha sido uno de los factores determinantes para que la clase política tome considerables ventajas respecto a las decisiones que debieran corresponder a la ciudadanía y que durante siglos, éstas, han sido delegadas a los grupos de poder imperantes en el transcurso de la vida nacional.

Para algunos, la democracia en México atraviesa por un periodo preocupante de ficción, donde los deseos y necesidades sociales son determinados por nuestros gobernantes y a su vez, éstos deciden la manera en que habrán de satisfacerse; es decir, si el pueblo necesita más y mejores empleos, por poner algunos ejemplos, la satisfacción de esta necesidad será cubierta por la construcción de un puente, o bien, la financiación de una guerra en contra del crimen, misma que no garantiza en lo absoluto, el menor estado de seguridad y mucho menos, la generación de empleo e ingresos para la subsistencia del ciudadano.

Los consensos de la clase política con la sociedad respecto a sus demandas y necesidades reales, son escasos y en su mayoría inexistentes. El representante “electo”, aquel que “no nos quedó de otra elegir”, también llamado por algunos como “el menos peor”, debido a las restricciones y contradicciones de nuestro sistema político, atiende a los intereses de sus mentores importándole un “sorbete” la situación actual de sus representados.

Las diversas maneras de llevar a cabo el proceso democrático, son vapuleadas por aquéllos a quienes les dimos la facultad de representarnos. Pareciera ser que las herramientas de la democracia como el plebiscito, el referéndum y la iniciativa popular, incluyendo también a la revocación de mandato, son el equivalente a delitos “graves” las cuales son desechadas dentro de las agendas legislativas y concretamente, subestiman la voluntad política de la ciudadanía bajo el absurdo argumento que atañe a la inmadurez política de los mexicanos; en pocas palabras, a 200 años de vida independiente, los mexicanos… ¿No estamos listos para tomar la democracia en nuestras propias manos? ¿Recuerda usted el último acto de verdadera democracia en México?

Lamentablemente, los mexicanos definimos coloquialmente a la democracia como el proceso de asistir a votar cada tres o seis años por quien nos caiga menos mal o bien, “el menos peor”. Sin embargo, tesis sostenidas y difundidas a través de los medios de comunicación como aquella de “razonar las propuestas” de los candidatos, o bien, “darle chance a quien no ha gobernado”, se han convertido en los principales argumentos de quienes ven al voto como una obligación y no como un derecho individual, que en lo colectivo, afectará de manera importante el destino de la nación. Habrá que preguntarse… ¿A las promesas de los políticos podemos llamarle propuestas?, o bien… ¿Denota responsabilidad política y cívica por parte de la ciudadanía “darle chance” a quien no ha gobernado, sólo por que no ha demostrado que puede convertirse en una calamidad?

 

La paradoja del voto

La postura de gran parte de la sociedad respecto a la decisión de no asistir a las urnas, ha sido desestimada por los medios de comunicación y los institutos electorales a través de diversos elementos de señalamiento social. Así pues, aquella persona que exprese abiertamente su intención de anular su voto o no asistir a emitir tal, es catalogado de irresponsable y condenado a no tener el derecho de expresarse posteriormente en contra de las acciones de los gobernantes electos; lo anterior, a pesar de seguir siendo ciudadano y por lo tanto, sus derechos siguen vigentes.

Hasta el momento, no existe ninguna ley, código o reglamento que implique la suspensión de derechos a aquel individuo que decida no ejercer sus derechos políticos. Por otro lado, tampoco existe ningún instrumento legal que invalide una elección en caso de que la mayoría de la población ignore los procesos electorales, es decir, si de los 130 millones de mexicanos, sólo vota el 10 por ciento, el triunfo será, a pesar de la baja votación, de quien obtenga la mayoría del nada representativo porcentaje.

La intención de abstenerse del voto o anular éste en las urnas, es una acción legítima y apegada al derecho, así como también lo es votar apegado a un interés en particular, simpatía, convicción, el “darle chance a alguien” o simplemente, porque hay quien nos parece que es el “menos peor”; pero… ¿Qué es lo correcto?

Extrañamente, la polémica que rodea a la decisión de qué hacer con nuestro voto, se ha convertido en una de las paradojas más significativas de la sociedad mexicana. Si es nuestra decisión votar por cualquiera de las opciones impuestas, hemos cumplido con un deber cívico, además de hacer uso de nuestro derecho político, pero a pesar de ello, no significa que estemos garantizando el bienestar social y tarde o temprano, el remordimiento respecto a la decisión tomada –influida claro, por la situación económica o social del momento, el incumplimiento de las promesas hechas en campaña y las críticas de los medios de comunicación hacia el sistema de gobierno– llegará. En adición, aquellos votantes que no fueron favorecidos en la elección (los que votaron por otro candidato), quedarán inconformes debido a la ausencia de representatividad y señalarán permanentemente los “garrafales” errores cometidos por aquéllos que fueron electos por la mayoría.

Por otro lado, quienes deciden abstenerse, además de afrontar los señalamientos y las críticas de la sociedad hacia su persona, mostrarán de igual manera su inconformidad con las acciones gubernamentales en curso; se quejarán, criticarán o actuarán con indiferencia ante los procesos políticos, económicos y sociales del país.

En general, hoy día, cualquiera que sea la decisión que tome el ciudadano al respecto, el resultado será el mismo: “una democracia ficticia”.

¿Entonces?…

Lamentablemente, la línea que divide al abstencionismo del sufragio efectivo es cada vez más delgada, gracias al hastío y repudio de la sociedad hacia la clase política. Sin embargo, no debemos olvidar que la democracia es un sistema que tiene por objeto generar el bienestar social basándose en la voluntad del pueblo y ésta sólo puede existir si la ciudadanía logra establecer criterios de medición efectivos, actuando en consecuencia en contra de quien tiene la obligación de obedecer la voluntad social; es decir, mientras no existan mecanismos de control y sanción hacia quienes se les dio la facultad de representarnos, la paradoja de la democracia mexicana continuará vigente, ya que votar o no votar, de seguir como hasta ahora, dará exactamente lo mismo.

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