Opinión

La renuncia papal de Benedicto XVI (Segunda parte)

Por: Francisco Ríos Agreda

Lo cierto es que desde los albores de la historia del cristianismo se han presentado conflictos entre los poderes establecidos y los creyentes y entre los propios creyentes, al punto que Pablo de Tarso, llamaba en sus epístolas a que no fueran de Pablo, o de Pedro, sino de Cristo. El obispo de Roma Félix I, en el 274, se vio precisado a pelear el trono petrino a Novaziano, quien también se autodesignaba como obispo de Roma.

El Papa Liberio (352-366) también fue sometido a presiones de corte político y tuvo que exiliarse, junto con su silla. También vale la pena evocar la figura de Benedicto IX (Papa en tres ocasiones, entre 1032 y 1048), quien llegó al trono pontificio, apenas a la edad de 14, en su primera elección, gracias a los oficios de su tío, Alberico III, conde de Roma.

Posteriormente está el caso del Papa Gregorio VI (1044-1046), quien había comprado la elección (cualquier parecido con el caso Monex y Soriana es pura coincidencia) en mil 500 libras de oro, quien posteriormente se ve obligado a renunciar al papado y es desterrado a Colonia, donde muere en el 1047.

Viene más tarde la elección y posterior renuncia del Papa Celestino V, quien fungió como obispo de Roma entre el 7 de julio y el 3 de diciembre del 1294. Este personaje era un anacoreta y luego de casi un semestre en Roma consideró que no tenía las condiciones para gobernar a la Iglesia romana y renunció al cargo y regresó a su antiguo estilo de vida.

Ahora, en el 2013, fue el turno del teólogo alemán Joseph Ratzinger, quien sin duda, se vio altamente presionado a renunciar por varios factores: su temprana confrontación con los musulmanes, a quienes dijo que “Mahoma no había traído al mundo más que violencia y destrucción” en un discurso en la Universidad de Ratisbona, allá por el 2006.

Por otra parte, su vinculación con las juventudes hitlerianas fue un problema que fue insuficientemente aclarado. La sombra de la complicidad del Papa con los sacerdotes y obispos pederastas de Irlanda, Estados Unidos, Alemania, Bélgica, Austria y México (cuyo caso más lacerante fue el del sacerdote Marcial Maciel, fundador de los poderosos Legionarios de Cristo) lo persiguió en las distintas giras que realizó Benedicto XVI en el mundo.

En México, en su discutible visita en medio de un proceso electoral en el mes de marzo de 2012, no se reunió con las víctimas de los curas pederastas, ni pidió perdón, como si lo hizo en otros países.

Tal vez, la gota que derramó el vaso, fue el proceso conocido como Vatileaks, en el que fueron hechos públicos en la prensa italiana y luego mundial, una serie de documentos en los que se ventilaban fuertes tensiones entre los miembros de la curia vaticana, incluyendo formas de presión y de corrupción, mismos que fueron acallados encarcelando, en calidad de chivo expiatorio, a Paolo Gabriele, un empleado papal, el eslabón más débil de la cadena.

Apenas en mayo de 2012, cuando estaban en su auge las filtraciones, el cardenal Federico Lombardi, vocero del Vaticano, afirmó que las revelaciones publicadas en la prensa no eran base para que el Papa Benedicto XVI renunciara. Hoy, que “El Infalible” ha dicho que renuncia porque no tiene la fuerza para conducir y gobernar a la Iglesia católica, pues parece que la realidad se impone y el Papa alemán se retirará a hacer oración. Mientras tanto, el cabildeo entre los cardenales se pone de a peso. Por tanto que le cuiden las manos a los priistas en el Vaticano y que el IFE no califique la elección papal, sino hasta el propio Silvio Berlusconi la impugnará.

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