Opinión

La utopía transfigurada

PUNTO Y SEGUIDO

Por: Ricardo Rivón Lazcano

Hans Magnus Enzensberger me impresionó desde que leí El diablo de los números y El perdedor radical. El primero, un acercamiento poético-didáctico-infantil al mundo de las matemáticas y, el segundo, una navegación por el corazón, las entrañas, el túnel más oscuro del terrorismo encarnado, ¿en dónde más?, en el sujeto concreto.

Lo que sigue es un recuento sobre la, al parecer, indomable inclinación humana por crear y creer sus propias ilusiones.

Los paraísos utópicos han dejado de ser una promesa de las ideologías políticas y ahora son propiedad de algunas ciencias.

Hasta hace poco tiempo muchos lamentaban la pérdida de esas utopías que, desde su invención, eran como maná celestial para la parte pensante de la humanidad.

Todos los intentos por volverlas realidad terminaron, tarde o temprano, en la resaca después de la borrachera: la última vez, el anno mirabili 1989. (Annus mirabilis es una expresión latina, traducible como “año de los milagros” o “de las maravillas”. Wikipedia).

La psiquiatría nos ha enseñado qué fácil pasa, un individuo, de un estado depresivo a una fase maniaca y viceversa. Se puede traspolar lo mismo a las colectividades.

Fase depresiva: El mundo globalizado celebró, en diciembre pasado, el fin del mundo antes de tiempo.

Fase maniaca: En cada cabeza un mundo eufórico, rebosante de buenos deseos. En México basta ver los encabezados de los principales periódicos, otorgando a Enrique Peña Nieto y al nuevo PRI, todos los beneficios de todas las dudas.

Junto a ello, las antiguas fantasías de omnipotencia encontraron un nuevo refugio en el sistema de las ciencias.

(Pero ojo, mucho ojo: De ningún modo se trata de la totalidad de la producción científica. De modo cada vez más claro se ha asentado la hegemonía de unas pocas disciplinas, aquellas que cuentan con recursos decisivos, como medios económicos y la atención pública, mientras que otras, como la sociología, las letras, la arqueología y. desgraciadamente, también la filosofía, tan sólo juegan un papel marginal, por no decir decorativo. A estas últimas se les tolera y, a veces, hasta se les aprecia, sólo por el carácter inofensivo que se les adjudica desde el punto de vista político y económico. Es por eso que nadie espera de ellas promesas utópicas).

En tal sentido, debe darse relevancia a las “ciencias directivas”: En el siglo XX le tocó a la física teórica adoptar ese papel; actualmente la biología ha tomado su lugar. Acompañada por las ciencias computacionales y cognitivas. La biología “no solamente ha superado el divorcio entre investigación de fundamentos e investigación aplicada, sino que también es la ciencia capitalista por excelencia y, al mismo tiempo, la más revolucionaria. La biotecnología es la tecnología fundamental del próximo gran ciclo económico” (Claus Koch).

En este raudo desarrollo nunca falta la referencia a las intenciones humanitarias.

Las nuevas utopías son presentadas al público mediante campañas publicitarias sin precedente. (Ejemplo burdo: un aparato para ejercitarse físicamente de la obesidad a la esbeltez, y del desaliño a la exquisitez. La transmutación opera fácilmente porque el diseño técnico y la función del aparato se realizaron bajo los más altos estándares científicos).

Hay ejemplos más sofisticados, por supuesto: Es sólo cuestión de (breve) tiempo alcanzar el perfeccionamiento genético del hombre, o superar la anticuada forma de procrear, nacer y morir. Sólo cuestión de tiempo que los robots erradiquen del mundo la bíblica maldición del trabajo y hasta que la inteligencia artificial ponga fin al sufrimiento del ser incompleto que somos.

Nunca, hasta ahora, la humanidad ha renunciado de forma voluntaria a sus fantasías de omnipotencia. Sólo cuando la hibridez haya logrado abrirse camino, la aceptación de sus límites, forzada quizá por alguna catástrofe, habrá de tomar el timón. Y sólo entonces la ciencia, una que podamos respetar y con la que podamos convivir, habrá de tener otra oportunidad.

Habrá de tener otra oportunidad. Si es que la tiene. Para eso se inventó la esperanza.

rivonrl@gmail.com

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