Las consecuencias de la No Acción

El famoso “calladita te ves más bonita” lo hemos escuchado miles de mujeres al crecer. Siempre se nos ha inculcado que es nuestra responsabilidad mantener la calma, portarnos bien, no causar problemas, callarnos. Ser “niñas bien”, mientras que “boys will be boys”, y ellos crecen aprendiendo que sus acciones no tienen consecuencias. La sociedad siempre va a arreglar los problemas de ellos, mientras destruye el mundo de las mujeres.
En México hemos normalizado el silencio como una forma de supervivencia. Lo disfrazamos de diplomacia, de “evitar problemas”, pero en realidad es la herramienta más efectiva del sistema para mantener todo igual, para aparentar que “aquí no pasó nada”. La no acción no es neutral: es complicidad. Y en nuestro contexto sociohistórico de violencia, machismo, injusticia y desigualdad, esa complicidad cuesta vidas, derechos y el futuro de niñas y mujeres mexicanas.
Cuando una mujer denuncia acoso, ya sea en su espacio de trabajo o de estudio, el “no puedo hacer nada” es un mensaje claro: su agresor seguirá impune. Cuando las instituciones disfrazan su “ayuda y apoyo” con un “no hay nada más que hacer”, están diciendo que esa violencia no es prioridad.
No actuar es elegir el lado de quien ejerce el abuso. Nos enseñaron que si no decimos nada, no estamos involucradas. Pero eso es mentira: el silencio es una declaración política, y casi siempre favorece al poder que oprime. Olvidan que gran parte de la seguridad también es prevención. ¿Por qué siempre esperar a que se cometa la tragedia?
Mientras seguimos esperando, los agresores avanzan, las brechas se amplían y las víctimas acumulan no solo heridas, sino también la amarga certeza de que fueron abandonadas. La no acción es una forma de violencia pasiva: no deja moretones, pero deja marcas profundas. La frustración de quienes luchan solas. La desesperanza de quienes dejaron de creer en la justicia. El miedo heredado a alzar la voz.
Y, sin embargo, llega el 8 de marzo o el 25 de noviembre, las instituciones cambian sus logos, sus escudos, publican mensajes, pero los riesgos siguen siendo los mismos y no han aprendido de sus errores pasados. No es suficiente. La acción real implica incomodidad, confrontación y asumir riesgos. Significa entender que no podemos esperar a que el cambio venga de arriba, porque arriba no hay prisa. El cambio siempre empieza abajo, en lo cotidiano, en ese momento en que decidimos no callar, no mirar hacia otro lado, no dejar que el miedo sea más grande que nuestra dignidad.
Porque cada vez que elegimos no actuar, recordemos: alguien más va a pagar el precio. Y casi siempre, ese alguien será la persona más vulnerable de la historia. “Aquellos que no conocen su historia están condenados a repetirla”. Y si eligen repetir el ciclo de agresión y complicidad, será la historia quien los juzgue… y la memoria de las mujeres quien los condene.



