Opinión

Las falacias de la capacitación “fast track” (Primera parte)

Por: María del Carmen Vicencio Acevedo

metamorfosis-mepa@hotmail.com

El discurso dominante insiste en afirmar que estamos en la llamada sociedad del conocimiento, en la que circulan enormes cantidades de información a través de múltiples redes, en todas direcciones y hasta el último rincón del mundo conocido.

En este contexto, se ha vuelto imprescindible la alfabetización digital; no sólo para conseguir empleo o para evitar ser despedido, sino para responder mínimamente a las múltiples exigencias del mundo urbano, si uno no quiere tener problemas con Hacienda, con sus acreedores financieros, quedarse sin energía eléctrica, sin escuela, etc.

Se dice que en estas circunstancias, los chicos tienen grandes ventajas sobre los adultos, no sólo porque “la evolución ha vuelto su mente más flexible y multidinámica”, sino porque son “nativos digitales”; nacieron en un mundo altamente tecnologizado y desde bebés interactúan constantemente con gran cantidad de aparatos. En cambio, los adultos somos “migrantes digitales”; la tecnología más avanzada llegó tarde a nuestras vidas y, como diría Montessori, se nos pasó ese período sensible de la infancia en el que hubiéramos aprendido mucho y rápidamente si hubiésemos estado expuestos a dichas herramientas.

Los adultos (no importa si son doctores universitarios), suelen dedicar muchas horas y requerir de alguien que los instruya directamente para aprender a usar cualquier programa computacional. Los niños, en cambio, parecen dominar “solitos” el arte, a fuerza de ensayo y error, de tanteo experimental, oprimiendo botones y haciendo “clic” aquí y allá. Las familias clase-medieras presumen con orgullo de que sus hijitos manejan con maestría sus “tablets” antes de llegar al kínder.

Aunque los desafíos que esta era nos presenta generan cierto temor, la gente parece asumirlos con buen ánimo o al menos con resignación.

Ahora bien. Algunos manifiestan seria preocupación respecto a los problemas imprevistos que han traído las nuevas tecnologías; por ejemplo, advierten sobre el paulatino debilitamiento mental provocado, tanto por la comodidad que brindan o el esfuerzo que ahorran, como por la constante exposición a las imágenes estridentes y móviles, que predominan en dichas tecnologías, sobre el lenguaje verbal: dificultades para la abstracción, la concentración, la conceptuación, la introspección; la superficialidad del pensamiento, el empobrecimiento lingüístico, etc. Esta preocupación se alimenta de investigaciones de autores como Konrad Lorenz, Giovanni Sartori, Zygmut Bauman, Nicholas G. Carr, entre otros.

Los optimistas alegan, en cambio, que no es para tanto; que la llamada “mutación cognitiva” hacia la degradación es una hipótesis infundada y que la mayoría de los peligros que se advierten resultan mínimos, comparados con las potentes prótesis o herramientas mentales (L.S. Vigotsky, J. V. Wertcsh.) que los nuevos programas ofrecen, para realizar sofisticadísimas operaciones lógico-matemáticas. Recordemos a Platón que, en su tiempo, advirtió sobre los problemas que traería la tecnología de la “escritura” (y que él mismo aprovechó, contradiciéndose). ¿Qué sería de la humanidad hoy sin ella?

De acuerdo con el conectivismo (actualísima teoría del aprendizaje, propuesta por Siemens y Downes), no importa que las nuevas generaciones no profundicen; lo que importa es que sepan surfear sobre la mucha, rápida y efímera información que reciben; que sepan reconocer los principales nodos interconectados de una red, y construir diversos mapas mentales que les permitan revisar complejos hipertextos, comparar, seleccionar, articular, organizar, manipular y emplear eficientemente gran cantidad de información, en especial la que es pertinente para resolver un problema dado.

Así, los jóvenes hiperhabilitados (del tipo Steve Jobs o Marc Zuckerberg) son los que supuestamente dominan en la sociedad del conocimiento y los que logran abrirse camino en cualquier espacio de clase mundial. Por eso los promotores de la nueva educación pregonan que todos, en especial las nuevas generaciones, deben aprender a manejar la información, de modo similar.

Esto que señalo remite a un mundo fascinante. “Si no nos subimos al tren-bala de la modernidad, quedaremos atrapados en la mediocridad y el atraso”. Sin embargo…

Si bien, desde esta perspectiva, los planteamientos conectivistas resultan bastante convincentes; desde otro ángulo, conviene alertar sobre algunas conclusiones (falaces) que se están derivando de ellos y que devienen en catástrofes. Por ejemplo, la idea de que la “vertiginosa obsolescencia del conocimiento, y la necesidad de la innovación constante” obliga (siempre) a tomar decisiones rápidas, “sin pensarle mucho”; de que más vale mirar sólo “hacia adelante”, sin detenernos a observar cuál fue el proceso histórico que nos trajo a donde estamos.

Con este discurso “modernísimo”, nuestros políticos (y quienes los mueven) pretenden, no sólo justificar sus negligentes decisiones “fast track”, sino quedar impunes cuando lo que deciden daña al país, pues “no tiene caso volver atrás; lo hecho, hecho está y hay que ir a lo que sigue”.

Otras conclusiones falaces son: que basta con decretar que ciertos trámites se realicen ahora digitalmente “a fortiori”; que basta con la buena voluntad del público, pues si éste no sabe hacerlo, puede ir al ciber y pedir ayuda a quien sí sepa; que basta con regalar computadoras a diestra y siniestra, ofreciendo gratuitamente la breve orientación requerida.

Estas conclusiones falaces están generando graves complicaciones imprevistas, que analizaré en la siguiente entrega.

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