Opinión

#mematocomogabriela

«¿De qué marca eran las cortinas de Gabriela? Necesito unas resistentes».

(Usuario de Twitter)

 

Inmersos en un clima de asesinados, secuestrados, desaparecidos, descuartizados, extorsionados y de gente permanentemente violentada, la natural sensibilidad ante la muerte de un semejante se atrofia, lo cotidiano termina pareciéndonos normal; este es el punto de no retorno de un comportamiento social.

La pérdida de asombro y horror ante la muerte que experimentamos como sociedad ha quedado demostrada recientemente. Gabriela, una chica de Veracruz comunicó su suicidio por la red social Facebook a través de una foto y un texto, posteriormente los primeros que vieron el cuerpo le tomaron otra foto y la subieron a la red. A partir de ahí el tema se hizo viral; en Twitter, por ejemplo se creó el hashtag “#mematocomogabriela” que durante varias horas ocupó los primeros lugares de reproducción en México y los comentarios producidos en cascada fueron irónicos, la mayoría hacían burla del acontecimiento, de la protagonista, del hecho de que una joven mujer se haya quitado la vida por una decepción amorosa; muy pocos pedían respeto por el evento, eran avasallados con la cruel indiferencia.

Banalizando la muerte

Este acontecimiento, que para muchos fue una anécdota más en la marea de información que produce la red, posee realmente un significado profundo. Retrata a la parte más joven e informatizada de nuestra sociedad, quizá la futura clase media urbana y rural de nuestro país. Muchos de ellos criados en un entorno donde el océano informativo al que estamos expuestos convierte el hecho de la muerte en algo banal, en un cúmulo de imágenes. El sentido de sacralidad se desvanece y de ahí a la burla solo hay un paso.

Estás generaciones también están bombardeadas por el antivalor de la individualidad extrema, esa que hace perder de vista la idea de un “nosotros”, de una empatía mínima. Finalmente, muestran su distorsionada actitud lúdica pues hay acciones que nunca pueden considerarse un juego y el suicidio es una de ellas. Quizá una de las causas de estas actitudes es la idea posmoderna de que todos los seres vivos compartimos la misma dignidad, perdiendo de vista que nuestra inteligencia y voluntad nos pone por encima de cualquier otra criatura terrestre y esto más que una credencial para depredar es una responsabilidad para con la naturaleza. Por lo tanto la muerte de un ser humano nunca será igual a la de un animal.

Las preguntas que nos asaltan son ¿estas jóvenes generaciones tendrán los mismos comportamientos offline que online? ¿Se reirían con la misma sorna de un compañero de trabajo o escuela en la misma situación? Si la respuesta fuera afirmativa estaríamos ante una generación que le da lo mismo vivir que morir, y esto marcaría el resto de sus comportamientos, forjaría nuevos flujos de ética que a su vez estructurarían sus formas de interacción. Creo que esto pondría en riesgo la existencia de la propia sociedad, pues si algo nos ha hecho sobrevivir como especie es un cierto horror y respeto por la muerte de un prójimo. Cuando éste se esfuma se lleva con él un cierto sentido de auto preservación social.

Lo que preocupa es la cantidad de “gabrielas” o “grabielos” que están contemplando esta solución a sus tensiones internas y externas. Este hecho es solo la punta de un iceberg que los científicos sociales debemos explorar. Las redes sociales nos han vuelto a mostrar una vez más su poder, y esta es una de las líneas a analizar: ¿Qué impacto tienen la visibilidad de actos como el suicidio? ¿Cómo trastoca nuestro comportamiento la mezcla de lo privado y lo público?

Este es un solo caso de muchos que nos exige recuperar la sacralidad del hecho de morir. Para los creyentes esta se puede basar en su conciencia de un Dios dador de la vida, fundamento último de la dignidad humana. Para los ateos, en el hecho de que perder el respeto por la muerte de un prójimo puede ser el principio del fin de la convivencia social, sin respeto a la vida de mi congénere regreso a estados de barbarie y la función de la sociedad como preservación de la especie queda en entredicho.

Como sea, debemos inculcar que un suicidio nunca será cuestión de sorna, sino una alerta de que como cuerpo social estamos fallando, no estamos siendo capaces de poner las condiciones para que las personas consideren agradable el coexistir y en cambio estamos generando polos de presión: el culto a la belleza física y el éxito económico. Con su acción y las reacciones que ocasionó, involuntariamente Gabriela nos hizo un llamado a repensar la sociedad y la eticidad que estamos construyendo, de esto dependerá las percepciones de las generaciones por venir, en una frase: nuestro futuro como especie.

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