Opinión

Mi revolución

Por Sergio Ronquillo

México: país de indignados, país de rebeldes, país de huevones, país de corruptos… país del “No pasa nada”. Es bien sabido que la historia de México es una de las más ricas de todas, de las más hermosas y turbulentas, llena de revoluciones y guerras, de luchas y logros… de conformismo e indignación. Esta nación, nuestra nación, ha tenido una historia llena de reveces y problemas que no pueden ser catalogados menos que catastróficos, una historia negra, una historia que bien podría llamarse “historia de la antinación mexicana”. ¿Qué partes conforman una nación? Pues no es complicado: gobierno y ciudadanos.

México en la actualidad es un país en vías de desarrollo, milagroso pues no ha pasado de eso (no olvidemos que “tercermundista” es una ofensa), de ser un país que está en continuo desarrollo. Sin embargo, muchos nos hemos preguntado ¿Por qué no salimos de esta situación? ¿Por qué no somos una nación envidiada por las otras naciones? ¿Qué hay de diferencia entre los países desarrollados y nosotros? Las respuestas aparentan ser sencillas: mala organización, un gobierno deficiente; egoísmo social. ¿Qué predomina en las noticias? Matanzas, corrupción, insalubridad, desconfianza social, pobreza, abuso de poder, alianzas políticas… y lo bueno de México, ¿dónde está?, ¿dónde están los millones de pesos que contrarrestan la pobreza?, ¿dónde está el México insurgente?, ¿el México revolucionario?, ¿el México de Calderón en sus informes?, ¿dónde está el México idealizado?, ¿dónde están los ideales?, ¿dónde estás tú?

Lo más triste no es no encontrar a este México bonito, a esta aspiración, a este ideal; lo más triste es que ya no hay alguien que lo sueñe o que lo busque: que idealice. La sociedad mexicana, aparentemente, se ha limitado a echarle la culpa al gobierno sobre las deficiencias que viven día con día, es preferible culpar a los demás o a la mayoría “Si todos lo hacen yo también”. Es mucho más fácil corromperse porque todos los demás lo hacen, porque los del poder no quieren que otros sean poderosos, porque da hueva trabajar si no voy a ver realizado lo que quiero. Eso, señoras y señores, es pendejez.

Políticos pendejos que ayudan a sus amigos pendejos a subir a un puesto, así estos amigos ayudarán a sus amigos a otros pendejos y el círculo vicioso nunca acabará, siempre seguirá denigrando a la nación. Sin embargo, lo más triste no es el gobierno, sino los pendejos que están debajo de los otros pendejos sólo porque quieren. Ésta es la horrible realidad, el gobierno es reflejo del pueblo, un gobierno pendejo denota un pueblo pendejo. Pero, ¿por qué no cambiar? El pueblo tiene todas las armas para hacerlo, si no podemos hacer una pequeña revisada a la historia de México: una independencia, una revolución, el movimiento del 68; ¿Qué a caso no es suficiente prueba de que el gobierno depende del pueblo y no viceversa?

Aunque claro, hay algo entendible, algo que explique esta situación en la que México se encuentra: Marx nos habló de la “Enajenación”. Esta sociedad mangoneada por un capitalismo exacerbado sólo tiene una consecuencia: la deshumanización del humano. Paradójico, sí, pero real. Parece que los jóvenes ya no estudiamos para tener este buen trabajo, familia feliz, una casa propia, un buen auto y –más que nada– orgullo, satisfacción de lo que hacemos; estudiamos para estar uno sobre el otro en esta jerarquía social en la que entre más dinero tengamos, más importantes nos volvemos. El materialismo es algo cabal en el capitalismo, pero la humanización de este materialismo es algo íntegro en el ser humano actual.

Hoy en día parece que se trabaja para sobrevivir. ¿Cómo una persona puede desarrollar su intelecto para poder ayudar a los demás si no tiene qué comer? La pirámide Maslow nos da una clara explicación de esto: no se puede. El cuerpo humano es algo que se subestima, parece que es muy fácil dejar de hacer unas cosas para hacer otras, “pues que estudien para que salgan de pobres”, “si hubiera estudiado no estarías tan jodido”… es más triste pensar que la gente elige tener tantas necesidades que pensar en cómo ayudar a estas personas que necesitan ayuda urgentemente.

Algo innato en el hombre desde su nacimiento hasta su muerte, al igual que la virtud: el ego. El ego es esta parte del ser que no se vence con facilidad, además, si se deja crecer, nunca dejará de tener “hambre” de más. El ciudadano actual tiene como tareas: crecer intelectualmente y sobrevivir… sin embargo, la mayoría de las veces, sólo se puede hacer una de las dos. Claro, los que crecen intelectualmente tienen garantizada su supervivencia, pero los otros tienen que sobrevivir a toda costa. Aquí entra “el fin justifica los medios”… si tenemos que dejar a medio millar de personas muertas de hambre para que yo tenga un BMW… ¡Qué mejor que un buen auto! El egoísmo social debe ser erradicado.

Sin embargo esto no es justificación para buscar el bien personal y dejar de lado a los demás; a fin de cuentas todos (nación, sociedad, Estado, etc.) somos un solo organismo que funciona porque actuamos en equipo. Aunque regresamos a lo mismo “El gobierno corrupto…” “Los demás…” “Uno solo nunca puede…” Además sumemos que la historia maravillosa de México no deja buenas consecuencias para los idealistas que tanto faltan ahora: Zapata, asesinado; Villa, asesinado; el movimiento estudiantil del 68, reprimido violentamente –asesinados a montones–.

No hay que dar muchos ejemplos para saber bien lo que le sucede al idealista en México.

El gobierno depende del pueblo, de eso no hay duda. Lo que predomina en la sociedad actual es miedo a tratar, miedo a intentar, miedo a diferenciarse, miedo a intentarlo de otra forma. Las revoluciones sociales sí sirvieron, sí sirven, son estos movimientos que demuestran que ningún gobierno, de cualquier tipo, es capaz de someter a un pueblo que busca justicia y bien social. Un mal gobierno no es permanente, siempre está a costa de lo que el pueblo quiere pero para que el gobierno cambie primero debe haber una revolución personal, un movimiento interno en el que decidamos qué cambiar y cómo cambiarlo. Es hora de dejar de ver lo que los demás hacen y comenzar a observar lo que nosotros hacemos, hacerlo bien, hacerlo por los demás. Actuar individualmente pensando en los demás es un buen comienzo, sólo falta eso, empezar.

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