Opinión

No hablaremos de fútbol

Por: Efraín Mendoza

Igual que sucede con los Juegos Olímpicos, cada cuatro años los campeonatos mundiales de futbol se ven envueltos en movilizaciones que reflejan las condiciones políticas y sociales que privan al interior de los países anfitriones. Esas competencias se han convertido en escaparates globales de los conflictos domésticos del mundo.

Las semanas previas al inicio del Mundial en Brasil, buena parte de la atención se fijó en movilizaciones callejeras de muy diversa índole: invasión de terrenos cercanos a estadios, quema de vehículos en las cercanías de aeropuertos en demanda de mejoras en la vivienda, policías en huelga, paros de conductores de autobuses. Para llamar la atención sobre el alza a las tarifas del transporte, algunos manifestantes invadieron los salones donde era exhibido el trofeo del Mundial.

Hubo también airadas protestas expresamente para exhibir el voluminoso gasto destinado para obras asociadas a la organización de la competencia. Millones de brasileños expresaron su indignación con el dinero que el Estado invirtió en estadios, carreteras e infraestructura deportiva en perjuicio de otras áreas prioritarias. En abril, apenas 48 de cada 100 brasileños respaldaban que su país organizara la Copa. Cuando el país fue declarado sede, el apoyo era de 79 por ciento.

Quienes juzgan estos hechos oscilan entre enfocar el problema como asunto de imagen, como actos de opositores que saldan cuentas con sus gobiernos o como deseos de echar a perder la fiesta a los que con todo derecho aman el futbol, y no han faltado quienes quisieron mostrar los hechos como evidencia del fracaso de la izquierda que gobierna ese país.

En realidad, lo que vemos no es novedad. Ni es tampoco lo peor que ha pasado. En el siglo XX, tres Olimpiadas no se pudieron celebrar: la de 1916 en Berlín; las de Tokio y Londres, de los años 40 y 44, respectivamente; las tres, en el marco de conflictos bélicos. El mundo en esos años estaba entretenido en dos pequeñas guerras mundiales. En 1972, muchos recuerdan la muerte de once deportistas israelíes en Alemania cuando un comando palestino terrorista entró en la Villa Olímpica. O más recientemente, en 1996, cuando ocurrió el estallido de una bomba en Atlanta.

También se ha recurrido al boicot por motivos políticos. Por ejemplo, en 1956, cuando los gobiernos de España, Suiza y Holanda decidieron ausentarse de los Juegos Olímpicos para protestar por la invasión de la URSS a Hungría. Yo todavía recuerdo el boicot promovido contra los Juegos de Moscú, en 1980, por el presidente Jimmy Carter, en el contexto de la invasión de Afganistán por la Unión Soviética.

En nuestro propio país tenemos dos hechos significativos: la matanza del 2 de octubre en 1968, justo diez días antes de las Olimpiadas, cuando muchos jóvenes tenían tomadas las calles con el grito: “Olimpiadas de hambre” o “No queremos Olimpiadas, queremos revolución”. Y en 1986, quién no recuerda la rechifla que cosechó el presidente Miguel de la Madrid, entre otras cosas, en castigo por la tardía reacción del gobierno ante el desastre de los sismos del 85.

Tenemos, pues, que no son manifestaciones contra el deporte, sino contra los multimillonarios despilfarros de los gobiernos que construyen ostentosos complejos arquitectónicos que al día siguiente de la final quedan en calidad de cascajo. Por cierto, cómo olvidar los Panamericanos de Guadalajara, pues las 14 instalaciones costeadas por el gobierno en 2011 cuestan hoy al erario más de 36 millones de pesos al año tan sólo por mantenimiento, siendo que la mayoría de los inmuebles son auténticos elefantes abandonados. Digo, ya no recordemos los que costó la Villa Panamericana, que para reunir los mil 100 millones que costó, 700 millones fueron tomados de las pensiones de los trabajadores del Estado. Es evidente que muchas de las protestan proceden del hecho de que mientras se hacen esos formidables gastos, los pueblos son mantenidos en el desempleo y en la pobreza. Claro, también hay manifestaciones contra el injusto reparto de los beneficios del monumental negocio deportivo. El propio presidente de la FIFA ha admitido sin empacho que el Mundial de Brasil constituye un verdadero “negocio multimillonario”, del cual –evidentemente- nada chorreará hacia las favelas.

Todas las sociedades tienen problemas locales que no pueden ocultar ante el mundo. Y es comprensible que quienes los padecen aprovechen “las visitas” para presionar soluciones. Muchos problemas son atendidos sólo por haber cobrado notoriedad, esto es, no porque a los gobiernos les haya caído el veinte de la injusticia, sino para no seguir pagando el alto costo de verse exhibidos a nivel global, con las consecuencias políticas y financieras que vienen aparejadas.

Por fortuna, hasta ahora, el gobierno de Brasil no ha caído en la tentación del menú de soluciones aplicado por el presidente Gustavo Díaz Ordaz en el México olímpico del 68.

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