Opinión

No podemos tolerar otro 68

La política y la ciencia

Por: Marta Gloria Morales Garza

En muchos sentidos, la democracia en México nació tarde, incluso en relación con otros países de América Latina, como Chile, por ejemplo. Además, nació vacía de contenido; parece que sólo nos es dada para el ámbito electoral, y eso… sólo a veces, pues ni siquiera en este ámbito funciona. Esa es la causa de lo que ahora pasa en nuestro país.

Muchos organismos internacionales están preocupados por la calidad de la democracia en los países que recientemente hemos arribado a ella; éstas dan cuenta de que la democracia mexicana es de muy baja calidad: tiene déficit de Estado de derecho, de rendición de cuentas y, sobre todo, de responsabilidad.

¿Qué quiere decir esto? Que nuestro sistema de justicia da vergüenza, que los gobiernos se comportan como reyes o monarcas absolutos (aclaro la diferencia porque no todos los reyes se comportaban como absolutistas); y además, no existe ninguna relación entre lo que se promete en las campañas, lo que demanda la ciudadanía y lo que realizan los gobiernos.

El caso del Tren Rápido es el mejor ejemplo. Los queretanos, que siempre han sido tan pacíficos y tan decentes, han dicho de todas las formas posibles que no —más al tren mismo— a la instalación de la estación en Calesa. El gobierno no ha estado dispuesto a dialogar con ellos de manera abierta, pública, con la intercesión de expertos… Como decía Salinas: “ni los veo, ni los oigo”. Y así siguen los gobiernos.

Cuando las autoridades ni nos oyen, ni nos ven, no hay responsables, según la teoría política; y esa es nuestra circunstancia actual. Todo esto tiene que ver con lo que ocurre a partir del caso de Guerrero.

La revista Nexos, en su edición de noviembre, dedica este número —con una pequeña excepción— a explicar el porqué de lo sucedido en Guerrero. Ciertamente, los trabajos ahí presentados son muy buenos, pero pareciera que están muy preocupados por demostrar que se trata de un caso aislado: esto sólo está pasando en Guerrero porque justo ahí se cumplen ciertas condiciones.

Aunque lo anterior es cierto, si así fuera, si esto sólo pasa en Guerrero, ¿por qué los movimientos se van agrandando y se va contagiando el descontento, a grado tal que las manifestaciones se reproducen en todo el mundo? Algo está ocurriendo, y me parece que falta sensibilidad de nuestra parte.

La pregunta que muchos se hacen es ¿por qué ahora y por qué de tal magnitud?, ¿por qué no durante el sexenio de Calderón, cuando los muertos y desaparecidos llegaron, por lo menos, a 40 mil, según las cifras oficiales?… Quizá porque los mexicanos le creyeron a Calderón cuando dijo que eran “puros narcos”, o sea, los malos, como si los narcos fueran los únicos malos. También aceptó que hubo algunos “daños colaterales”. El caso más conmocionó al país fue el caso de los estudiantes asesinados en Nuevo León.

En fin… ¿por qué no hace seis años y ahora sí? Quizá porque Ayotzinapa es la gota que derramó el vaso; quizá porque los agravios se han ido incrementando; quizá porque la gente no está indignada sólo por los cuarenta y tres desaparecidos sino por muchas otras cosas.

El domingo pasado recién llegó de China el señor presidente y declaró, en un discurso que habría que analizar muy cuidadosamente, que aspira a no tener que hacer uso de la fuerza y que sólo lo hará como último recurso.

Para los que estuvimos mucho más cerca del movimiento del 68, este discurso casi coincide, a pie juntillas, con la famosa declaración de Díaz Ordaz, en agosto de aquel año: “Una mano está tendida…”. Estábamos a semanas del 2 de octubre y no comprendimos que estaba declarando que iba a hacer uso de la fuerza, y luego sucedió la masacre…

Sin duda, el presidente y el jefe de gobierno tienen la facultad de hacer uso de la fuerza para reprimir la violencia, eso no está en discusión. Lo que sí está en discusión es si esto es necesario o dónde es necesario.

¿Por qué no se aplica para frenar los actos de impunidad de los propios gobiernos? Incluso, respecto a su propio gobierno, ¿por qué no se juzga con severidad que la casa de su esposa esté a nombre de los proveedores de obras del gobierno? Y eso es un delito. ¿Cómo es posible que una actriz de medio pelo gane cuatro veces más que otras que han obtenido Óscares? ¿Por qué ahí no se aplica la ley, pero sí contra aquellos que intentaron quemar la puerta de Palacio Nacional? Que según es un símbolo patrio…

¿Por qué no se hace uso de la fuerza ante el hecho de que los gobiernos estén coludidos con el narco? Recordemos que en la búsqueda de los 43 normalistas fueron encontrados cerca de 80 cadáveres que no correspondían a los de aquéllos, más todas las fosas clandestinas del país. ¿Por qué nadie dice nada al respecto?

¿Por qué no se castiga con rigor a todos los involucrados en el caso de Iguala? ¿Por qué no ha ocurrido nada con el PRD? ¿Por qué se hacen declaraciones oscuras u omisas respecto a lo que realmente pasó en Guerrero?

El nivel de impunidad es tan grande en nuestro país que me sería imposible nombrar todas aquellas circunstancias en las que se debería aplicar, ya no la violencia, sino la ley. En este país, el gobierno puede hacer lo que quiera y no pasa nada; nosotros, en cambio, no tenemos derecho ni a manifestarnos, porque cunde el pánico.

En Querétaro, por ejemplo, estalla el escándalo de los vídeos y las llamadas, pero… ¿qué importa? Para qué hablamos de eso si el gobierno puede hacer lo que quiera. Ellos son monarcas absolutos.

Estamos en una situación muy complicada. Requerimos de gobiernos sensibles y conscientes de lo que es ser gobierno. Es necesario que surja un movimiento de intelectuales, de universitarios que defiendan el derecho a disentir y que protejan a los jóvenes de un gobierno despótico e irresponsable.

No podemos quedarnos callados. No podemos tolerar otro 68.

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