Opinión

Opciones de los universitarios ante el proceso electoral

Por: María del Carmen Vicencio Acevedo

metamorfosis-mepa@hotmail.com

En memoria a Eduardo Galeano,

poeta de la indignación y de la liberación.

Finalmente se abrió la caja de Pandora y se desataron los demonios, con sus mejores sonrisas; aunque ya venían rugiendo desde tiempo atrás, con eso que se llama “precampañas” y “programas sociales”: “No se confunda; entienda usted que este anuncio espectacular no está fuera de los tiempos electorales, sólo se dirige a los miembros del partido”; “¿cuál es el problema de repartir televisores en tiempos de campaña, con la leyenda ‘Mover a México’?, ¿si se advierte que: ‘este programa es público, no tiene fines partidistas ni de promoción personal’?. Entienda usted que el Gobierno Federal sólo procura el derecho de la población al sano esparcimiento”.

En la pasarela de los nuevos Mesías se nota gran ansiedad. No sólo entre los candidatos, sino también entre aquellos que, de alguna manera se cuelgan a sus campañas, para obtener algún dinerito extra. Los candidatos y sus seguidores saben muy bien, que hay un repudio generalizado hacia la clase política y que conseguir el voto ciudadano ya no es tan fácil como antaño; sin embargo siguen empleando las mismas mañas de hace cien años o más, y siguen imitando la forma gringa de hacer política: el salvaje despilfarro y la feroz difamación del oponente. No importa que allá, en el norte, esta forma de “democracia” se esté desmoronando (Ver “Capitalismo: una historia de amor” de Michael Moore, www.youtube.com/watch?v=3a0ZTCZBCjc).

Las preguntas ¿cómo conseguir que el Gran Poder se fije en mí?, ¿cómo volverme el más popular para que me den su voto?, o ¿cómo evitar que mi partido pierda el registro? (¿qué hace el PT apoyando a Loyola?), corresponden a un frívolo y caduco marketing, que manda al último plano las cuestiones realmente importantes (mucho más difíciles de formular y responder): ¿Cuáles son las causas profundas de los males sociales, de la desigualdad y de la violenta explotación deshumanizante que padecemos?; ¿cómo estoy contribuyendo en la práctica al mantenimiento y profundización de dichas causas?; ¿qué podemos hacer en concreto, para que todas las personas tengan ese bienestar mínimo, que exige una vida humanamente digna?

La mejor ocurrencia de nuestros candidatos para promoverse es presumir sus propias virtudes y sus hermosas y amorosas familias. El pronombre YO aparece por doquier, siguiendo el ritual neoliberal del Dios mercado, omnipresente en los más hondos recovecos de cada mismidad, confundiéndose con ella. Del “YO soy totalmente comercio”, pasan al “YO soy apasionado”, “YO quiero ser presidente”, “YO sé cómo hacerlo”, “YO soy el mero bueno”, “YO estoy con el mejor”, YO, YO, YO.

En el otro extremo, en la parte más baja de la escala social, se mueven, cual hormigas, gran cantidad de desarrapados, repartiendo volantes electoreros, “porque si no, me excluyen de Prospera”; algunos lo hacen, ilusionados con recibir 500 pesos al final de la semana. La promesa del candidato de ir casa por casa, visitando a la gente, “se cumple” gracias a esos necesitados, que pasan largas horas bajo los rayos del sol y sufren el desprecio y la agresión de quienes abordan. “No, mi’ja, mejor ya no vayas. Ni te reciben los volantes y no más te insultan. Ésos tipos no cumplen. Ya ves que no te pagan, dizque porque el gobernador (sic) no ha dado el dinero. A mí se me hace que tu jefa, ya se lo clavó y te trae no más, vueltas y vueltas…”, comentaba compungida, mi asistente, al ver sumida a su hija en la frustración y el conflicto.

Además de todo lo que ya sabemos sobre la clase política, lo que vemos de cerca en la cotidianeidad nos asquea y por eso la negación se impone fácilmente; ese mecanismo psíquico, por el que NADA queremos saber sobre el tema.

La treta del Gran Poder funcionó bien. Cuando la contienda política se vuelve mercado, los ciudadanos tenemos pocas posibilidades para razonar nuestro voto. Lo que mueve sólo es el dinero, la ilusión de poder o la emoción.

Por eso, en el juego político, dominar el arte de la manipulación afectiva es central. Los expertos en “Realpolitik” lo saben, (como Frank Underwood, el personaje de ”House of Cards”, esa serie de Netflix, que devela, con toda su crudeza la forma como el Gran Poder teje sus hilos ególatras, sin importar a cuántos elimina;

http://es.wikipedia.org/wiki/House_of_Cards_%28serie_de_televisi%C3%B3n_de_2013%29).

Discutir seriamente sobre política partidista en nuestros días es cada vez más difícil. En cualquier intercambio se encienden y se desbordan fácilmente las pasiones y cualquiera que intente abordar el tema, corre el riesgo de quedarse sin amigos.

Frente a esta situación no todos tienen opciones. Los más pobres no las tienen. Sí, en cambio, quienes pertenecen a las clases medias; en espacial los universitarios.

Unos optan, según su propia conveniencia, actuando como intelectuales orgánicos del neoliberalismo, apoyando al PRI y todas sus derivaciones (PAN, PRD, PVEM, PNA, PT, MC…). Otros optan por “no ensuciarse las manos con tanta mierda”, promoviendo la abstención o el voto nulo, sin importarles las consecuencias: dejar el campo libre a quienes desfalcan y agreden impunemente al pueblo. Otros optan finalmente, por lo más difícil: la resistencia en todos los terrenos, dentro y fuera de la lucha partidista…, simplemente por principio.

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