Opinión

País de escándalo

Por: Efraín Mendoza Zaragoza

Cuesta un poco de dificultad entender a los que, con voz grave y profunda, reprochan las disputas y los desacuerdos entre legisladores, cuando lo suyo es precisamente discrepar. Es frecuente oír expresiones como esta: ¡Ya dejen de pelear, dejen de alegar, decidan lo que sea, pero ya decidan… por el amor de Dios, háganlo por México…!, y otras cursilerías por el estilo, que ponen el acento en las formas y dejan pasar el fondo de los atracos y retrocesos.

Entre los nostálgicos de las buenas maneras se encuentran los promotores de prohibiciones como la contenida en el artículo 32 de la Ley Electoral del Estado, que parece extraído de algún catecismo o del Manual de Urbanidad de Carreño, una norma que cabe dentro de la corrección política, pero no de la realidad cotidiana. Esa norma dispone que los políticos deberán “abstenerse de cualquier expresión que implique diatriba, infamia, injuria o que denigre a los ciudadanos, a las instituciones públicas o a otros partidos y sus candidatos…” Si se atendiera, con esa prohibición tendríamos para que las próximas campañas transcurran en silencio conventual. Es el mundo al revés: se les ruega a damas y caballeros: ¡pórtense bien!, pero no se les castiga si destrozan el patrimonio nacional.

Lo cierto es que, más allá de esas hipocresías, las campañas electorales son, por naturaleza, confrontación. El campo político, que es el campo del poder público, poco tiene que ver en los hechos con la buena fe o la honradez; tiene que ver con el funcionamiento de una sociedad que se asienta sobre el conflicto y el crimen, que a veces aparecen entreverados con el anhelo de un mundo más justo. Una contienda es confrontación, tanto en la forma de ajuste de cuentas (entre los propios políticos y de los electores hacia los políticos, que hacen uso de su derecho a castigar), como en la forma de catarsis, como desfogue y drenaje de aguas negras y pútridas.

Viene esto a cuento por los escándalos políticos que hemos visto estos días, y que constituyen un anticipo de lo que veremos en las próximas campañas. Entre sí, los políticos se llevan pesadito. En los protocolos se guardan el respeto que exige la virtuosa corrección de lo público. Pero como en la ley electoral que ellos mismos aprobaron no están prohibidas las cámaras escondidas ni las respetables filtraciones, esos recursos de la confrontación son explotados con salvajismo.

Vimos ya el video de La Tuta con El Gerber, y el de la señora presidenta municipal de Pátzcuaro suplicando la paz a un líder templario (han sido difundidos apenas cuatro de los doce videos incautados, lo que explica la administración política de su difusión). Oímos también la misteriosa conversación telefónica entre el veracruzano Miguel Ángel Yunes y el queretano Miguel Martínez Peñaloza, panistas ambos, y vimos el nada misterioso video donde aparecen Luis Alberto Villarreal y Alejandro Zapata Perogordo en la Villa Balboa, donde también se alcanza a ver a don Edelmiro Sánchez, un prominente generador de empleos, abriéndose paso entre las bailarinas para repartir condones a los ilustres siervos de la nación.

Este último video tuvo un efecto fulminante para Villarreal, pues frenó de modo abrupto su carrera. Como los que se dedican a esto saben que en política no hay coincidencias, podemos ver aquí un eficaz movimiento de tres bandas. Primera, dos importantes figuras del PAN quedaron enlodadas y con toda probabilidad han sido sacadas de las contiendas internas por las gubernaturas de Guanajuato y San Luis Potosí. Villareal y Zapata Perogordo difícilmente se levantarán de este terremoto bajo sus pies. Segunda, como partido, el PAN quedó exhibido como un partido de, digamos, moral flexible. Ya el expresidente Felipe Calderón se encargó de ponerle nombre a eso que dice causarle pena y vergüenza, y lo llamó degradación moral.

Y tercero, a dónde habría que apuntar las sospechas. El videoescándalo estalló justo cuando culminaba la obra redentora de diputados y senadores, justo el día en que eran promulgadas las 21 leyes en materia energética. Lo cierto es que en lugar de que los ciudadanos de este país desataran una discusión sobre la histórica rendición del país a la voracidad multinacional, todo mundo se entregó a la feliz pachanga de las tangas del señor Villarreal. Basta con asomarse a los comentarios que inundaron las redes sociales para verificar que en lugar de hablar de petróleo, la gente soltó espléndidos gritos, que en algunos casos parecían gritos de envidia: ¡bola de libidinosos, rateros, delincuentes…”

Más allá de la discusión legal, esos videos tienen de saludable que los ciudadanos de a pie cuenten con una evidencia que de otro modo no habrían tenido sobre la mentalidad de esos beneméritos de la patria, formalmente conocidos como servidores públicos. Estamos en presencia de un eficaz distractor de la opinión pública, pues la degradación y el escándalo no están en las tangas; la degradación y el escándalo están en lo que hicieron los legisladores al despojar al país de su patrimonio.

Ahí tenemos ya el anticipo de la fiesta que nos espera en 2015.

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