Opinión

Política y poder

Por: Efraín Mendoza Zaragoza

Hace días, el espléndido suplemento cultural Babelia, publicó una conversación entre el periodista Ricardo de Querol y el sociólogo polaco Zygmunt Bauman. Bauman es un pensador asociado al concepto de “modernidad líquida”, que acuñó en 1999, y con el que sintetiza la etapa en que vivimos. En nuestro tiempo, sostiene, han sido abolidas las certezas y todos “nuestros acuerdos son hoy temporales, pasajeros, válidos sólo hasta nuevo aviso”.

A sus 90 años, Bauman ya vio todo. Pero lejos de salir del camino, el paso del tiempo le ha afinado el pulso, preservando su sitio como referente de la sociología contemporánea. Las ideas de este hombre distinguido en 2010 con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, giran en torno a la economía global, el poder y la comunicación. Aunque sus críticos lo ubican como pesimista, me parece que lo suyo es el optimismo informado, pues tras la crítica asienta su idea del mundo bajo un orden nuevo.

De esa conversación recojo una idea que me parece orientadora para pensar al mundo que nos tocó habitar. Se trata de la separación del poder y la política. Si habitualmente piensa uno el poder como algo que está en manos de los gobernantes, Bauman nos invita a pensar el mundo contemporáneo como una organización fundada en el neoliberalismo, implantado en la década de los 80, implantación a la que siguió la “treintena opulenta” en una espiral que ascendió con “la promesa de que la riqueza de los arriba se filtraría a los de abajo”. Eso resultó un absoluto engaño, pues lo que tenemos es una desigualdad creciente. Esto dio paso a la creación de una clase superior que toma todas las grandes decisiones económicas y lo hace con independencia de los Parlamentos locales y, por supuesto, sin pulsar la opinión de los votantes.  “Esas élites son las que iniciaron el alejamiento de la democracia y consiguen la separación del poder y la política, que es una de las razones que explican la incapacidad de los Estados para tomar las decisiones apropiadas”.

Las sociedades se crearon expectativas respecto de la alternancia de partidos en el gobierno. Ocurrió en México con la caída del PRI en 2000 y ocurrió en Querétaro en 1997. Bauman advierte que el cambio de un partido por otro no ha resuelto, ni resolverá, la inconformidad de la población. Y en muchos casos se ha pasado de la indignación a la ilusión y de la ilusión al desencanto, produciéndose un fenómeno que ha recorrido el mundo en los últimos lustros, y al que los académicos nombran “antipolítica”.

La gente lo expresa de modo simple: todos son iguales, que se vayan todos, si no pueden renuncien. Son los bribones de la democracia, dice Bauman. Por eso nuestro querido Fernando Vallejo llama a no votar: que el que llegue, llegue respaldado por el viento y por el voto de su madre, reclama. Bauman plantea la raíz de todo esto de un modo rotundo: el problema no radica en que los partidos sean los equivocados, radica en que los partidos y los políticos locales “no controlan los instrumentos”, y por ello nunca cumplen sus promesas de cambio.

El colapso de la confianza en los políticos y en las instituciones políticas es la crisis de la democracia, asentada en la “creencia de que los líderes no sólo son corruptos o estúpidos, sino que son incapaces”. El problema, pues, es que “el poder se ha globalizado pero las políticas son tan locales como antes… El fenómeno es global pero actuamos en términos parroquiales”.

Para actuar se necesita poder: se necesita ser capaz de hacer cosas y se necesita la política, esa habilidad de decidir qué cosas tienen que hacerse. “La cuestión es que ese matrimonio entre poder y política en manos del Estado-nación se ha terminado… La política tiene las manos cortadas”. De este modo habrá que decir con nuestro autor, que es hora de enfocar los problemas de otro modo y comprender que los problemas de México no están confinados al territorio mexicano, sino al globo.

Enojarnos menos con los políticos de nuestras provincias y pensar más en los mecanismos para vigilarlos y meterles más control. Que, por la que dice Bauman, son naturalmente más complejos y enteramente nuevos. Quiero decir que nuestro trato con ellos deje de ser emocional, explosivo y volátil. Además de examinarlos a través de las redes sociales, es preciso darles la guerra en sus propias instituciones. Hay que pensar, además, en encontrar la forma de que asuman su parte de responsabilidad en las decisiones globales, porque de las decisiones globales los poderes locales también participan. Que no por el hecho de que su participación parezca invisible, su responsabilidad esté protegida por la impunidad.

 

 

 

 

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