Opinión

Privaticen a la puta que los parió a todos…

Por: Rafael Vázquez Díaz

La magna expresión iracunda –no sin ciertos dejos machistas- que popularizó Saramago al verse rodeado de la oleada privatizadora de los años noventas, hoy en día está más vigente que nunca.

Hace algunos días un amigo me decía: “El negocio por el cual conviene ser funcionario público no está en el salario, está en los contratos y los negocios que se hacen con la posibilidad de decidir sobre el ámbito público”, y es totalmente cierto; cuando se señaló que la reforma energética era privatizadora, las voces gubernamentales aludidas que se sentían ultrajadas y con los ojos humedecidos señalaban: “No es privatizadora, simplemente se pasarán a manos privadas servicios y bienes”.

Y es que los grandes peces –los tiburones del mercado especulativo- nadan allá afuera comiendo tajadas gigantescas de la petrolera -otrora- mexicana. Pero los hijos de vecino, los que hacen política local, dan también pequeñas mordiditas en la medida de lo posible; ¿Acaso es necesario renovar las plazas públicas de todo el estado? Es decir… comprendo que el turismo colonial del estado requiere que plazas, casas e iglesias se mantengan impecables pero… ¿es necesario remover todo el mobiliario? ¿modificar sus estructuras? ¿quitar fuentes, árboles y renovar todo cada 5 años? ¿pintar puentes arbitrariamente que a los tres días aparecerán grafiteados? Para nada, no sólo se va perdiendo identidad sino que además se invierten recursos públicos millonarios en manos de contratistas cuyas asignaciones no son transparentes, a nadie le sorprendería que los ingenieros, constructores, proveedores de material y demás insumos pertenecieran a un amigo, familiar o al mismo funcionario que está ordenando la remodelación.

¿Plazas públicas con bancas a la sombra de los árboles? Pfff, ¡pasado! Lo de hoy es el mall, las mesas de un buen Starbucks, las sillas de algún restaurante lindo en la cual se pueda ver y ser visto. El detrimento de los espacios públicos para confraternizar (o hacer un escandaloso cariño a la pareja amada) ha sido sustituido por la regular asistencia a centros privados de convivencia, quedan pocos rastros en algunas colonias populares de los típicos grupos juveniles que se reúnen a tomar una caguama en la tranquilidad de la vereda o en el amparo del pequeño parque local.

Pero la privatización que en plazas y parques es evidente (como las mesas de restaurantes sobre espacios públicos) no siempre es tan notoria en otros ámbitos. Hace algunos meses la UAQ tuvo que pelear un espacio en la “apretada” agenda de los entonces candidatos a gobernador del estado de Querétaro, para que se presentaran ante la comunidad universitaria; se argumentó que el debate no se haría en la Universidad (espacio público por excelencia) sino en el club de industriales por temas de “seguridad” ¿así o más claro?

Más aún, con todo y la falta de resultados evidentes o una popularidad arrasadora, antes los informes presidenciales se caracterizaban por el desfile de atronadores aplausos por las veredas aledañas al Congreso.  La presentación (cual virginal quinceañera) de un séquito de bribones ambiciosos que se rendían ante el poder incólume, algarabía, caravana y festín, afortunadamente, ha quedado atrás. No obstante, preocupa la imposibilidad de los dirigentes de pararse en cualquier sitio público, no es raro que nos conmueva y nos produzca un profundo respeto a los mexicanos ver las fotografías de José Mujica –expresidente de Uruguay- en restaurantes simples y comunes, o dando un “aventón” a algún paisano en su humilde Volkswagen… ¿usted saludaría en un restaurante a Felipe Calderón, responsable de la “Guerra contra el narcotráfico” que ha dejado a millones de personas con amigos, familiares y conocidos, muertos o desaparecidos? ¿se subiría en el auto exclusivo del Estado Mayor Presidencial junto a Peña Nieto, para que le den un aventón a su casa? Muy en lo personal, pensarlo me causa hasta escalofríos, curiosamente me sentiría tan secuestrado como si un comando armado me hubiese levantado.

La política mexicana se ha alejado del kiosco tradicional, el cual funcionaba como un canal directo entre la muchedumbre y el gobernante, ese espacio también ha sido privatizado, no es nada extraño que en cualquier evento público se haga a puertas cerradas y aún así se reserve los primeros lugares (o en el peor de los casos todo el recinto) para los consentidos del funcionario en turno, ¿el motivo?, no contrariarlo con preocupaciones absurdas como lo puede ser un asalto, un bache o cualquier nimiedad ciudadana alejado de la “alta política” (léase como los negocios entre funcionarios, empresarios, the beautiful people).

Si las formas de hacer política, de tomar decisiones, de dirigir el destino de los pueblos ha sido privatizado: ¿qué podemos esperar de las escuelas, los hospitales, las carreteras? ¿cuántos alumnos de la universidad realmente se conmueven ante los recortes que afecta a su casa de estudios? ¿cuántos usuarios de hospitales públicos se indignan ante la precarización y persecución de los médicos que los atienden? ¿cuántos sienten como afrenta personal la destrucción de los pulmones de la ciudad para otorgárselo a empresas privadas para construir fraccionamientos?.

Ya lo dijo Rousseau, hace más de doscientos años: «El primero al que, tras haber cercado un terreno, se le ocurrió decir esto es mío y encontró personas lo bastante simples para creerle, fue el verdadero fundador de la sociedad civil. Cuántos crímenes, guerras, asesinatos, miserias y horrores no habría ahorrado al género humano quien, arrancando las estacas o rellenado la zanja, hubiera gritado a sus semejantes: ¡Guardaos de escuchar a este impostor!; estáis perdidos si olvidáis que los frutos son de todos y que la tierra no es de nadie».

 

 

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