Opinión

Qué sucedería si…?

Por: María del Carmen Vicencio Acevedo

Peña Nieto no deja de sorprendernos. Ya va aprendiendo a pronunciar significantes (palabras) que nos remiten a significados (conceptos) más convincentes: “No venimos sólo a administrar sino realmente a transformar…”, “No habrá intocables”. ¿A poco sí?

 

La exigencia de transformación (profunda) está presente entre los críticos del mero reformismo, cuando los tomadores de decisiones (nuestros parlamentos, nuestros cabildos, nuestros ejecutivos…) se la pasan firmando acuerdos y haciendo reformas que no suelen atacar la médula de los problemas; que sólo sirven para superar complicaciones, antes creadas artificialmente; que sólo atacan los síntomas, no las causas; que se quedan en la superficie y no transmutan de raíz las graves condiciones que tenemos. En todos esos acuerdos no hay ninguna intención de romper con los esquemas capitalistas, que constituyen la causa nuclear del malestar social.

¿Qué significa, en este contexto, para el Presidente el término “transformar”?

La negación que se contrapone al verbo “transformar” (“no venimos a administrar…”) nos remite, por otro lado, al principal cuestionamiento al neoliberalismo, en el sentido de que los gobiernos firmantes del Consenso de Washington perdieron su soberanía y se convirtieron en meros administradores de los organismos internacionales (OCDE, FMI, BM…) Por eso resulta muy sugerente, aunque poco creíble la frase peñista de “recuperar la rectoría del Estado frente a los poderes fácticos”. ¿La transformación que proclama Peña Nieto nos independizará de dichos organismos? Claro que no; el adverbio “sólo” (“no venimos sólo a administrar”) no excluye la administración subordinada a ellos.

Una “transformación” que no busca deslindarse del sistema capitalista, para construir alternativas en otra dirección, da lugar a reformas “estructurales” que siguen la lógica del gatopardismo (cambian para que todo siga igual) o, incluso, que empeoran las cosas.

Así pasó con la reforma educativa, que genera una amplia campaña mediática para ganar simpatías con la medida y antipatías contra sus críticos; que modifica el artículo tercero; que convierte en chivo expiatorio a la lideresa sindical; que mantiene en jaque a los maestros, pero que no transforma (no toca) las relaciones económicas, ni de poder en el sistema, ni modifica las condiciones materiales, burocráticas, organizativas ni pedagógicas que mantienen a la educación en el peor de los atrasos. Esa reforma se impone de manera autoritaria y excluye a los principales interesados del análisis de causas y de la construcción de propuestas alternativas.

Así pasa ahora con la reforma a la ley de telecomunicaciones. ¡Qué bien que se busque romper con los monopolios!, sin embargo esta “transformación”, más que limitarlos, parece diversificar sus oportunidades de inversión y enriquecimiento: Telmex podrá ahora invertir en televisión e internet; el duopolio en telefonía; Grupo ACIR en lo que ahora no participa; entrarán otros poderosos inversionistas nacionales y extranjeros para abrir el espectro de ofertas. Se acrecentará y tornará aún más grosera y perniciosa la privatización de los medios que (no lo olvidemos) son, constitucionalmente, propiedad de la nación.

Esa reforma no abre ni potencia otros espacios NO COMERCIALES (de las universidades, de los centros de investigación científica, de los ayuntamientos, de los consejos ciudadanos, de las comunidades indígenas, de los grupos contraculturales o disidentes…) capaces de diversificar las opciones de comprensión de la realidad que puede tener el pueblo y, capaces también, de impulsar y hacer valer experiencias distintas e incluso opuestas a las que permite el poder dominante.

Una auténtica transformación de las telecomunicaciones implicaría, no sólo que los usuarios de la radio o la televisión, por ejemplo, pudieran optar por otros canales cuyos programas no sean interrumpidos (hasta el hartazgo) por un sinfín de comerciales repetitivos, sino también organizarse para transmitir libre y gratuitamente sus propios programas alternativos. Implicaría que los ayuntamientos tuvieran espacios para promover la concientización y participación ecológica y cívica de la ciudadanía; que los diputados tuvieran una fuerte interacción con sus representados; que los ciudadanos intercambiaran experiencias de economía solidaria que resultan altamente eficientes, aunque contradigan los esquemas rabiosamente competitivos.

Así nos enteraríamos por ejemplo de cómo se organizan los caracoles zapatistas, o cómo muchos desempleados (en todo el mundo) resuelven varias de sus necesidades a través de sus “bancos de tiempo”, intercambiando servicios sin dinero, en la lógica del trueque; podríamos comprender las razones de los hackers, de Anonymous, de los #YoSoy132 y demás opositores del orden establecido; podríamos obligar a nuestros gobiernos a comprometerse con prácticas ecologistas, de transporte público o de salubridad, para no depender tanto de las voraces industrias automotriz y farmacéutica; podríamos acrecentar la difusión de programas artísticos y culturales de gran calidad. Por su parte, las radiodifusoras comunitarias rurales (y ahora también urbanas) dejarían de ser perseguidas por los gobiernos y tendrían mayor capacidad para promover la organización popular.

¿Qué sucedería si la transformación de la que habla Peña Nieto diera lugar a todas estas opciones?

metamorfosis-mepa@hotmail.com

{loadposition FBComm}

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba