Opinión

¿Quién se acuerda de Vasconcelos?

Por: Omar Árcega

twitter.com/Luz_Azul

En estos tiempos, donde la de discusión sobre el sistema educativo domina las conversaciones y se transforma en acciones como marchas, mítines y bloqueos, conviene hacer un alto, respirar profundo y revisar el pensamiento de nuestros grandes maestros nacionales: José Vasconcelos y Jaime Torres Bodet. Sus visiones quizá nos puedan aportar elementos para los problemas de hoy.

 

El maestro apóstol

Vasconcelos tenía muy claro que la educación forma cultura y ésta es el alma de los pueblos. Por lo tanto los contenidos que ofreciera el sistema educativo debían abarcar a la persona en su totalidad: cuerpo, mente y espíritu. A la par de una instrucción en las ciencias empíricas era necesario enseñar filosofía, sentido de apreciación estética y fortalecer el cuerpo. Para impartir estos contenidos era necesario hombres y mujeres con un alto sentido ético basado en la concordia, la ayuda mutua, el respeto. Esto era necesario pues solo individuos que vivieran esto podían trasmitir estos valores. Tenía muy claro que sólo con el ejemplo se podía despertar en el alumno el desenvolvimiento de los valores humanos y espirituales. Por ello era importante que los profesores vivieran una profunda convicción vocacional, no se era maestro sólo por ganar  unos pesos, sino por un profundo amor a la patria y por un convencimiento de que se estaban forjando al futuro del país y de la humanidad. Sólo desde aquí se entiende su deseo de que hasta en el pueblo más alejado hubiera una escuela en un país eminentemente rural.

Por su parte Jaime Torres Bodet, entendió que la educación necesitaba un soporte material,  por eso impulsó y puso en marcha el Plan para la Expansión y el Mejoramiento de la Educación Primaria, mejor conocido como Plan de Once Años, pues llegaría hasta 1970 e instituyó el libro de texto gratuito para la educación primaria. Esto sin descuidar el sentido ético del docente y de los organismos públicos que se encargaran de esta tarea, así lo expresaba: “Todo profesor que aconseja el bien pero acepta el mal y lo practica por comodidad o por cobardía no es un maestro”. “Y es que —remataba—, mientras la Secretaría de Educación no sea un órgano efectivo de definición para la moral pública, llamarla de Educación constituirá a lo sumo un alarde retórico intrascendente”. Compartía con Vasconcelos la idea de que la cultura es la base del proceso educativo: “la cultura se reafirma y desarrolla con la educación, y ello abarca al arte, a la ciencia, a la filosofía, a la historia, a la literatura, a la lectura, a la escritura, etcétera”. Entendía la educación y la cultura como un binomio virtuoso indisociable.

El hoy

Estas son las ideas que marcaron la obra educativa en México durante gran parte del siglo XX. Ciertamente una reforma educativa debe contemplar cuestiones de infraestructura, contenidos, incorporación de los padres de familia y una reforma laboral. Muchos basan su rechazo a esta última porque no se explicitan las otras. Las reformas laborales deben estar orientadas a garantizar que se contarán a los maestros que mejor dominen las técnicas pedagógicas y con un  sentido vocacional de su función.  Oponerse a evaluaciones hechas por expertos y pensadas para cada región del país es negarse a instrumentos que permitirán pulir las capacidades pedagógicas de los docentes. No se trata de aplastar derechos laborales, pero tampoco de que los organismos sindicales controlen las secretarías encargadas de la educación, que sean patrones y empleados al mismo tiempo. La educación es rectoría del estado y el gobierno está obligado a escuchar todas las voces, pero eso no significa que sea el rehén un grupo en específico. Finalmente, los rumbos y ritmos del sistema educativo deben trazarse de la mano de expertos pedagogos, escuchando a representantes de los actores involucrados, con un sentido nacional pero al mismo tiempo acorde con las dinámicas globalizadores, el mundo interconectado e interdependiente de hoy, hace que los “países-isla” tiendan al fracaso.

Si volvemos a los ideales vasconcelianos, el profesor debe ser ese individuo con valores éticos de ayuda, solidaridad y respeto, que debe vivir su labor como una auténtica labor misionera y vocacional.  Torres Bodet nos recuerda la importancia de los apoyos materiales y de generar visiones de largo alcance. Es verdad lo que hemos vivido en México en las últimas semanas es una reforma laboral, ahora lo que toca es que como ciudadanía vigilemos y exijamos se empiece con las reformas en infraestructura, de contenidos y de organización. Sólo así es posible pensar en un sistema educativo que cumpla con la función de desarrollar armónicamente las habilidades de los individuos. Si estos cambios no se dan, nos estamos condenando como país a un permanente  subdesarrollo, subordinación y pobreza.

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