Opinión

¿Quiénes son esos que andan tras nuestro voto en Querétaro?

Por María del Carmen Vicencio Acevedo

En otro artículo me referí al analfabetismo funcional de numerosos votantes mexicanos. Ahora hablaré del analfabetismo político de muchos de quienes aspiran a obtener algún puesto de elección popular. No mencionaré a los presidenciables (que ya bastante ventilados están), sino a candidatos queretanos que pocos conocen.

En tiempos electorales, el noticiero de Radio UAQ, Panorama Universitario, entrevista a varios personajes de diferentes partidos que andan tras nuestro voto. Analicemos sus expresiones y formas de razonamiento.

Sobre la clase política, sabemos, pesa tal desprestigio social, por su cinismo, su actitud egoísta y abusiva, que incluso varios integrantes lo reconocen abiertamente. Pero en lugar de hacer autoconciencia, lo aprovechan para denigrar más a sus adversarios.

Cierto candidato decía que “la gente está harta de las falsas promesas y falta de compromiso de los políticos”. Por eso convenía votar por él; él sí que es ético (sic), pues pidió permiso en su cargo anterior. En cambio, los otros que son simultáneamente mandatarios y candidatos, cobran sin trabajar. “Éticos” y “no éticos” dejan su encargo inconcluso, para correr a otro “y servir mejor al pueblo”. Comprendámoslos: “tienen derecho a superarse, como cualquier ciudadano”, pues de eso viven.

El problema es que dejan colgada a la gente. Ahora, para lograr que la atienda el suplente, tiene que empezar de cero y emprender el mismo tortuoso camino de antes. Pero el suplente, que nada sabe del asunto y cuyo período está por concluir, menos puede resolver.

Los antiguos griegos trataron este problema en el mito de Sísifo; ese pobre hombre, condenado a subir una enorme piedra por una montaña, hasta que lograra rodarla, desde la cima hacia el otro lado. Pero cuando estaba a punto de llegar, la piedra se caía y Sísifo tenía que reiniciar; así por toda la eternidad.

Los políticos, inconscientes del daño que causan con su actitud “chapulinesca”, suelen ser yoístas. Su asertividad personal los vuelve incapaces de dudar y de escuchar. Pretenden saberlo todo y tener solución para todo. Pero quien cree que sabe en este caótico, absurdo y confuso mundo, es porque, en el fondo, está perdido. Desconoce su ignorancia sobre la condición sufriente del pueblo a quien dice representar.

Otro grupo, menos arrogante, pero no por eso menos preocupante, lo integran algunos “ciudadanos de buena voluntad”, que encontraron en la carrera política “su vocación de servicio” y “por eso” consideran que “ya se merecen” (sic) el voto popular, pues han trabajado mucho en diversas actividades altruistas. El problema con ellos es que sean tan ignorantes. Cierta aspirante a una diputación no pudo responder, en la entrevista, sencillas preguntas de geografía básica y otras, relacionadas con el distrito que pretende representar. Su tartamudez denotaba tal vacío de información, que hasta daba vergüenza ajena. Otros más, en un discurso extremadamente pobre, no logran trascender los lugares comunes o las vaguedades.

Algunas respuestas de ciertos candidatos a diputados nada tienen que ver con el trabajo legislativo, sino con la gestión (mejor dicho, nada debieran tener que ver, pues actualmente reina el desorden): “Tenemos un equipo de profesionales de apoyo y por eso la gestión resulta facilísima” (otra vez, sic). ¿Qué tiene que hacer un diputado gestionando servicios municipales, cuando su trabajo consiste en diseñar leyes?

Frente a preguntas similares (en otro contexto), algunos diputados en funciones responden que, ciertamente “eso” (dar obras de teatro en las escuelas), (o en otros casos, repartir tinacos) no les toca, pero quieren dar un “plus” a la población. Un plus que, en el fondo, pretende como pago el voto en la siguiente elección y contribuye a aumentar el dramático desorden administrativo, por el que unos dejan de hacer lo que les toca, para invadir los espacios de responsabilidad de otros. En este desorden y confusión, ni los mismos funcionarios saben cuáles son sus tareas, mucho menos la gente que busca respuestas.

Tenemos muy graves problemas sociales, derivados del capitalismo: Por un lado, la concentración de la riqueza en poquísimas manos y por el otro, la miseria, el hambre, el desempleo, la alienación mediática, la esclavitud moderna, el crimen organizado, la violencia, la corrupción en múltiples espacios, diversas adicciones por la falta del sentido de la vida, la destrucción ecológica, gravísimos problemas de salud que nos colocan en los primeros lugares mundiales (obesidad infantil o diabetes), entre otros. ¿Cómo enfrentar estos problemas cuando nuestros representantes, o están en la lógica del poder, o son tan ignorantes que se dejan embaucar por él? ¿Por qué tanto afán en “evaluar” a los maestros con absurdos exámenes estandarizados y no se toca a los políticos para reconocer qué tan capaces para los cargos a los que aspiran?

Para colmo sufrimos de lupus social (esa enfermedad crónica que confunde a las defensas del organismo y las vuelve en su contra). Me refiero a esas instituciones, que debieran proteger a la población pero que la agreden, en los hechos, como la Policía, el Ejército y ahora también nuestra Comisión Estatal de Derechos Humanos, que cayó en manos de un policía déspota y con un negro historial. De poco sirven los reclamos de la población a sus supuestos representantes populares para que revoquen su nombramiento de “ombudsman”.

¿No están dispuestos a escuchar al pueblo porque no saben cómo enmendar su error o porque prefieren aliarse con el poder?

metamorfosis-mepa@hotmail.com

 

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