Opinión

Reforma energética líquida

Punto y seguido

Por: Ricardo Rivón Lazcano

El sentido ético de la reforma energética es difícil de encontrar. Está diluido en la complejidad misma del contexto, así como en la multiplicidad de juicios parciales y enfoques conceptuales desde dónde se analiza.

Todos quieren el bien de la nación. Todos se descalifican mutuamente porque los otros todos no entienden que la razón es de uno. Todos prescriben una moral superior, despojada de intereses egoístas, y ellos como únicos detentadores de la misma.

Pero

En cualquiera de sus modalidades, la reforma energética –que por cierto aún no inicia su debate formal– supone siempre e invariablemente una intervención del Estado, incluso destinada a dejar de intervenir a favor de la mayor libertad posible de los individuos. Es decir, supone una decisión tomada desde una posición de poder y, en ese sentido, cualquier reforma es siempre, en principio, política a secas.

Y luego

Esa reforma no sólo se desprende de una posición de poder, sino que además se refiere siempre e invariablemente al espacio público: no es una actividad privada construida por un individuo, una empresa o un consorcio de personas físicas o morales en función de sus intereses –aunque éstos puedan y eventualmente deban participar en ella–, sino una decisión que solamente puede justificarse en la medida en que contribuya al bien común y/o a la consolidación de ese espacio público.

Y finalmente

Toda reforma supone, siempre e invariablemente, una selección de problemas públicos y una elección entre alternativas de solución más o menos afines, o más o menos contrarias. Y de ahí que ninguna pueda aspirar a la neutralidad ética. Por el contrario: al seleccionar problemas y elegir cauces para la acción pública, toda reforma es también una afirmación de valores.

Entendidas como decisiones (de reformar) tomadas desde una posición de poder, que buscan el mayor provecho posible para el espacio público a partir de una selección deliberada de temas y alternativas de acción, la reforma está siempre e inevitablemente vinculadas a una posición ética.

Esta posición puede ser explícita o no; puede estar inscrita en el modelo de análisis elegido, en el tipo de racionalidad atribuida a los actores implicados en ella o trasladarse al estudio de las restricciones que enfrentará el curso de acción propuesto, pero en todo caso será inevitable.

Ninguno de los métodos que se atribuyen a sí mismos una supuesta neutralidad normativa escapa, en realidad, de una posición de poder, de una concepción determinada sobre el espacio público y de una afirmación de valores.

Es posible que el analista, o quien toma las decisiones, esté plenamente convencido de la superioridad de los valores implícitos en su punto de vista (teórico, metodológico o de racionalidad). Pero es imposible, en cambio, afirmar que esos valores sean únicos, pues en ese caso ya no habría ninguna decisión que tomar.

Ahora bien, todo eso sucede –y tendrá desenlace–, en una democracia de baja calidad como la que tenemos. Y no tenemos otra. (Ver “La importancia de la ética en el análisis de las políticas públicas” de Mauricio Merino)

Además Fernando Vallejo nos recuerda que

«El hombre cree ser lo máximo del universo. Hasta ahora ignoramos si hay vida e inteligencia en otras partes. Pero por más que lleguemos a saber y entender más, seguimos siendo muy poca cosa porque nos vamos a morir. Por lo demás, tenemos una barrera que nunca podremos traspasar; barrera que nos impide llegar al conocimiento total. Nunca podremos entender qué es la gravedad, qué es eso que llamamos materia, que parece una palabra científica pero que en realidad es metafísica; cómo las neuronas del cerebro producen la mente, o la conciencia, o el alma, o como queramos llamarlos. Tenemos una inteligencia muy limitada. Y el pensamiento es cambiante, efímero. Cada dos, tres, cinco segundos, vamos cambiando; se mueve, es un pantano. La memoria es miserable: dentro de poquito no nos acordaremos de qué estuvimos hablando aquí. Si no tuvieras el grabador no podría repetir mis palabras. Aparte de que somos malos, no somos buenos en principio. No vemos, por ejemplo, el dolor de los animales, que pueden sentir y sufrir como nosotros. Seguimos acuchillando a las vacas en los mataderos, y seguimos reproduciendo a los perros para tirarlos a la calle».

rivonrl@gmail.com

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