Opinión

Salvador Canchola

Por: Efraín Mendoza Zaragoza

La relación entre individuos y procesos históricos siempre será motivo de encendidos debates. Parados en el vínculo dialéctico y la tensión creativa que de ese forcejo emana, pienso hoy en un hombre que ya no está entre nosotros pero cuyo activismo continúa inspirando a muchos queretanos; particularmente a los que viven lo político como terreno de construcción de una sociedad justa, desde abajo y desde la periferia. El 12 de noviembre de 2012 murió Salvador Canchola Pérez, un hombre humilde que centró su militancia en la siembra de proyectos de largo aliento. Una figura notable de la izquierda queretana.

Natural de Puruándiro, Michoacán, dedicó 25 de sus 85 años a empujar una pastoral vinculada a las organizaciones de base popular en La Piedad, Maravatío del Encinal y Morelia. A Querétaro llegó a mediados de los 80, ya integrado al Movimiento Revolucionario del Pueblo. Aquí dio fuerte impulso al Movimiento de Cristianos Comprometidos en las Luchas Populares. Organizador nato, se involucró en los procesos de fusión de la izquierda, fue secretario general del Partido Mexicano Socialista en Querétaro, y desde la creación del PRD, constituyó una voz de plena autoridad.

En 1991, una coalición opositora lo postuló a la gubernatura de Querétaro y su liderazgo contribuyó a que ese partido se hiciera de una diputación local y de cinco regidurías en Arroyo Seco, Landa y Tolimán. En sus mejores años, la fuerza que ayudó a construir gobernó Arroyo Seco y Tequisquiapan. Vinculado al Secretariado Social Mexicano, Salvador Canchola promovió con sus actos cotidianos una versión vernácula de la Teología de la Liberación. En su columna periodística “Fe y política”, consta la profundidad de un pensamiento expresado en fórmulas sencillas: la fe popular como una locomotora para arribar a una sociedad fraterna, lejos de la república del fanatismo y la ignorancia. Sin elaboraciones barrocas, su más claro discurso lo constituyen su testimonio personal, sus desmañanadas para recorrer los pueblos de la sierra y su tolerancia para resistir reuniones infinitas.

Sus males corporales fueron más llevaderos cuando se ilusionaba con los talleres de multiplicadores sociales, cuando alentaba a los disidentes del magisterio o cuando apostó sus últimas energías por el Movimiento de Regeneración Nacional. Su esposa, Rosa María Medina, y sus hijos: Carlos, Salvador, Rosa Elena y Rafael, continúan en la ruta de la organización popular, desde los métodos curativos de raíces populares y prehispánicas hasta los derechos humanos y la promoción de la vivienda popular.

Más allá de ironías, resulta muy oportuno destacar su aportación justo ahora que un personaje ubicado en las antípodas de Canchola está siendo reconocido por el Senado de la República con la medalla Belisario Domínguez. Contrario al espíritu que representa el chiapaneco que combatió a Victoriano Huerta, hoy se erigirá como modelo de honorabilidad nacional el empresario minero Alberto Bailleres, propietario del Grupo Peñoles y de El Palacio de Hierro, un auténtico apóstol de la acumulación. El crecimiento exponencial de su fortuna es el más elaborado ejemplo del fracaso de las políticas económicas que han llevado al empobrecimiento nacional. Sólo para sonrojarse: en apenas 14 años, los 14 años que van de 2000 a 2014, su riqueza pasó de mil a 18 mil millones de dólares. Traducido a pesos mexicanos, su fortuna permitiría abrir y sostener por un año 306 nuevas universidades del tamaño de la Universidad de Querétaro. O aguantarían para sostener a nuestra casa de estudios de aquí al año 2321.

Salvador Canchola se ubicó en la ruta contraria de este ícono de la acumulación desenfrenada. Justo al cumplirse tres años de su nuevo tiempo, fue presentado un libro que recupera su testimonio. Es de la autoría de la periodista María González, con prólogo de Francisco Flores Espíritu, antiguo líder del Partido Comunista Mexicano y compañero de Canchola en mil batallas.

Suficiente vigencia tienen su concepción política y sus formas de trabajo, que así podríamos sintetizar: las luchas de reivindicación prosperan sólo si adoptan internamente una forma horizontal y colegiada, sin pastores ni imposiciones; las luchas sociales aisladas son estériles, y las luchas partidistas que se despegan del suelo popular acaban volcándose contra lo que dicen defender. Que eso que Canchola representa siga inspirando a los movimientos sociales en Querétaro.

 

 

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