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SUDORACIÓN

Lo advertía y sentía petulante y pagado de sí mismo, pero de ninguna manera engreído pues le sobraban razones y resultados para tener en la realidad mis percepciones. Localmente era acertado calificarlo acaparador de premios, sin que jamás los jactara ni esgrimiera. Su censor más plantado había caído en la desgracia o el ridículo de recibir públicamente la desautorización materna para ser citada como apoyo en las diatribas contra joven hombre de letras. Ser visto cual subhumano no era sensación extraña frente a él. Su decir solía ser inmisericorde y despiadado, pero para eso al menos de alguna manera uno había llamado su atención. Pasaron pocos años y ese actuar tan carente de buenos modales pudo ser el recurso de alejamiento antes de que la aproximación fuera prevenida y evitada: apestaba a orines, su apariencia color pistache predisponía la desagradabilidad. Preferible despedir mal genio que pestilencia. Fue sujeto de diversos tratamientos y remedios, algunos le imponían frecuentar Celaya. Un día me tomó dos o tres dedos y colocó sus puntas en un tramito entre el cuello y el hombro. La experiencia me asombró. No me la mostró, me la presumió; su calidad de vida había mejorado. Felizmente alguien, quizá un panegirista, redujo su nombre meramente con sus iniciales que para mayor felicidad pueden ser pronunciadas cual vocablo, pasando a ser citado y conocido como LEGOM. Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio perdió tema para emprender discusión pues no toleraba que su nombre completo fuera reducido de ninguna manera: primero fulminaba con la mirada, el tono claro de sus ojos se oscurecía, y a continuación atacaba con la palabra, la ironía, el reclamo, el denuesto. Emitido el prólogo se ocupaba del tema puesto en tratamiento con un rico y articulado discurso no exento de fluidez, frecuentemente sin notas, quizá lecturas a manera de citas.

Con incredulidad y asombro, a ese terrible y feroz individuo lo vi apabullado y doblegado por el inesperado aplauso y admiración después de la lectura dramatizada, de “De bestias, criaturas y perras”, en una sala del Museo de la Ciudad, el sábado 23 de julio de 2003, en la casi clausura de la primera Muestra Nacional de la Joven Dramaturgia, evento cofundado por el dramaturgo jalisciense con el colega distritense Edgar Chías. Como espectador se había instalado en un banco alto, y ahí se enconchó cual apedreado por el tronido de las palmas y las exclamaciones laudatorias. En el tema de la trama identifiqué a un individuo como él mismo, flagelado y anulado por un padecimiento degenerativo a la mitad de su tercera década. Murió con cincuenta y tres años el 23 de mayo de 2022.

Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio ya no lo sabrá y mi inculpamiento podrá ser fácilmente refutado, pero a él corresponde alguna responsabilidad por mi conocimiento del sudor frío. Resulta que José Luis Álvarez Hidalgo, fundador y director del grupo teatral Mutis, me escogió para encarnar al auditor corrupto de “El muslo dorado de Pitágoras”. Tengo entendido que LEGOM autorizó, haciendo los consecuentes cambios, que ese personaje fuera cojo y no manco como lo trazó originalmente. Tras la función de estreno hubo un brindis. Sin advertir su presencia, se me apareció LEGOM; ni cómo distraerme con los bocadillos. ¡No dejó de felicitarme! Fuera del agradecimiento no recuerdo qué pronuncié, sin dejar de repasarlo: ¿bromeaba?, ¿ironizaba?, ¿cuánto había bebido? La afición del Tocho por el brindis es amplia y generosa. La segunda función tuvo el mismo colofón… también por parte de LEGOM. En diferentes momentos, dos filosos directores escénicos fueron elogiosos personalmente conmigo, mediando la espontaneidad. Un periodista especializado prefirió la reserva antes que la reprobación. Dos maestras actrices me buscaron con besos y abrazos tras la función presenciada juntas y sorprendidas: «¿por qué no nos avisaste que estabas aquí?». En muy pocas funciones nos faltó el cupo lleno en pasillos, salones y espacios abiertos de la exPrepa Centro. Cada semana recibimos puntualmente participación ensobretada de la taquilla. Nadie supo que por olvido de casi una página de mis parlamentos, en una función sentí correr sudor frío desde el nudo de la corbata hasta el elástico de la trusa. Solo conocía el sudor en situaciones acaloradas y en geografías cálidas. Quizá para algún aniversario alcance a circunstanciar la ocasión en que LEGOM me abordó desconcertado: «¡Óscar, eres el único pendejo a quien le gustó este montaje!».

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