Opinión

Tiempo de reformas

Punto y seguido

Por: Ricardo Rivón Lazcano

Me llama la atención la carencia de cierta reflexión parsimoniosa respecto de las reformas discutidas, deliberadas en el presente mexicano. No digo que no existan, digo que no imperan.

Todos queremos, o decimos querer, una sociedad más justa –menos desigual–, pero no definimos el significado de justicia. Y no es fácil hacerlo, y lograrlo.

Por ejemplo, estamos los beneficiarios del Estado de bienestar. No queremos que el mecanismo estatal de redistribución de la riqueza generada por el petróleo se desplace a favor de los intereses privados (aunque nuestros intereses también sean privados). La renta petrolera alimenta el presupuesto público, cuyo gasto, suponemos, se distribuye con una especie de justicia de mejor calidad.

En el mismo sentido, los beneficiarios del mismo Estado, particularmente los que según las estadísticas de ingreso nos ubicamos en el decil diez-percentil noventa y uno, es decir, obtenemos quinientos mil pesos y un poco más de ingreso anual, no queremos que ese Estado nos aumente impuestos. No importa que dichos impuestos, en teoría, entren al mecanismo de redistribución para lograr una justicia de mejor calidad y, por tanto, beneficie la vida de los más pobres.

Cuando la razón se duerme, deviene en instrumental y, como Goya dijo, produce monstruos.

Decir que la realidad es compleja no es una pose, es una llamada de atención. Ejemplos:

Uno

Ya sabemos lo que es “dar caña” (en otras épocas “dar leña” o “dar cera”): proferir enormidades truculentas e insultantes que acogoten sin miramientos al personaje público detestado, sea del gobierno o de la oposición. Lo de menos es que tal demolición esté bien fundada, solo cuenta que utilice munición del más grueso calibre y que no condescienda a ningún miramiento con su víctima. Si además el cañero ha sido bendecido por los dioses con un humor chocarrero y grasiento de la peor baba, mejor que mejor. El que da mucha caña funciona como un resorte a favor de los suyos y contra quienes le disgustan: basta que aparezca en lontananza la silueta de alguien de la facción opuesta para que se desencadene arrollando todo a su paso como un tsunami inquisitorial y aniquilador. Fernando Savater.

Dos

Voltaire dice en su Diccionario filosófico que los vampiros de su época de Londres o París eran ciertas gentes de negocios que chupaban la sangre al pueblo. Pues bien, en el siglo XXI estos hombres de negocios se han convertido en los accionistas invisibles de las multinacionales que con un apetito desmedido intentan dominarlo todo. Tener el monopolio de las semillas del mundo, de la distribución de la cultura, de la energía, etc. Jacobo Siruela

El mundo no consiste en la competición de un lobo solitario contra otro, sino de una manada contra otra, de solidaridad ética dentro de la manada y agresividad moral hacia fuera. Avishai Margalit.

Tres

Frente a la utópica arquitectura de la justicia, una apuesta modesta: la decencia. Desde entonces, el filósofo israelí ha esculpido una teoría blanda pero poderosa sobre la sociedad decente. A ella dedicó su trabajo más conocido titulado precisamente La sociedad decente. Una sociedad cuyas instituciones no humillan a las personas sujetas a su autoridad, y cuyos ciudadanos no se humillan unos a otros. Jesús Silva-Herzog Márquez sobre Avishai Margalit.

Cuatro

Nos propone Cohen que imaginemos un campamento. Un grupo de amigos salimos de la ciudad para pasarla bien, para disfrutar del campo y de nuestra compañía. Cada uno aporta sus cosas: sus instrumentos, la tienda de campaña, los sacos para dormir, la comida. La gente, desde luego, podría aferrarse a sus cosas, pero seguramente eso sería menos divertido y, desde luego, menos eficiente. El compartir nos permite ahorrar, pero sobre todo disfrutar. Pues bien, imaginemos ahora que, durante la aventura, aparece gente que tiene un talento especial, o personas que tienen mejor suerte que otras. Un pescador puede pescar más, un excursionista puede encontrar un árbol repleto de manzanas. En un caso como éste resultaría extraño usar el argumento rawlsiano de los incentivos: que el pescador exitoso se quede con el triple del pescado y el descubridor del árbol se apropie de la mitad de las manzanas. Un arreglo de ese tipo, al consentir la desigualdad, rompería lo más entrañable: la comunidad. Jesús Silva-Herzog Márquez sobre el filosofo Gerard Allan Cohen.

 

rivonrl@gmail.com

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