Opinión

Una rara palabra para entender el triunfo de Trump

Por: María del Carmen Vicencio Acevedo / metamorfosis-mepa@hotmail.com

PARA DESTACAR: Otros más alegan que están hartos de la corrupción de los políticos, de sus rapiñas, de sus discursos farsantes y los señalan como “principal causa de nuestra ruina”. Quizá por esto, Trump pudo más que Clinton. Ella, “gran hipócrita”, participa del “mal gobierno de Obama”, y había que castigarla. Trump, en cambio, se erigió como implacable juez ciudadano, que no sabe de política, pero sí de cómo hacer triunfar empresas

Luego de la declaración del “fin de la Historia y las utopías” y de que se globalizara el neoliberalismo, muchos concluyeron que el concepto de “lucha de clases” era ya obsoleto. Sin embargo, Warren Buffet, uno de los magnates más ricos de los EEUU, aclaró que no: “Por supuesto que sigue habiendo lucha de clases, y la mía va ganando”. En su artículo “Dejen de mimar a los súper ricos” (“Stop Coddling The Superrich”, ‘New York Times’, 2011), Buffet critica acremente al Congreso estadounidense por mimar a los multimillonarios, protegiéndolos y otorgándoles toda clase de privilegios fiscales.

¿Qué hace que un magnate tome conciencia del papel que juega su clase en el desastre mundial? ¿Por qué los ricos van ganando esta guerra y, en cambio, la mayor parte de los dañados por la desigualdad imperante parecen haber dejado de luchar? ¿Por qué el magnate Trump ganó las elecciones, a pesar de su violento y cínico discurso déspota, misógino, xenófobo, homófobo, y de muchas cosas más?

Algunos plantean que buena parte de las clases bajas ha renunciado a la lucha, quizá porque perdió su identidad, al intentar formar parte de las clases medias (‘Impensando’, 8/ 04/12). Otros señalan que estas últimas, aunque a regañadientes, terminan por aceptar los recortes y la privatización de los servicios públicos, porque “lo privado es mejor”, y porque “es natural” apoyar a los millonarios, pues ellos son los que dan empleo y “se lo merecen por su esfuerzo y su audacia”. “There is no alternative”, diría M. Thatcher.

Otros más alegan que están hartos de la corrupción de los políticos, de sus rapiñas, de sus discursos farsantes y los señalan como “principal causa de nuestra ruina”. Quizá por esto, Trump pudo más que Clinton. Ella, “gran hipócrita”, participa del “mal gobierno de Obama”, y había que castigarla. Trump, en cambio, se erigió como implacable juez ciudadano, que no sabe de política, pero sí de cómo hacer triunfar empresas (no importa si hace trampa); un líder “fuerte, directo y sin pelos en la lengua”, de esos a los que uno se acoge para sentirse seguro, porque solo los “malos súper poderosos” pueden acabar con esos “otros malos que nos quitan el trabajo o nos fastidian: los migrantes pobres, los narcos, los terroristas…”.

Quienes señalan, sin más análisis, a la clase política, como “lo peor de lo peor”, no logran reconocer el enorme poder de los supermillonarios para corromper a esa clase.

Un sinfín de serios investigadores críticos (más allá de una burda “teoría de la conspiración: Naomi Klein, Noam Chomsky, Edgar Lander, Adrián Salbuchi, Thomas Picketty y muchos otros), dan cuenta de que la desigualdad social no es un error del capitalismo, sino el buen resultado de un plan diseñado exprofeso.

John Perkins, en su libro ‘Confesiones de un gánster económico, la cara oculta del imperialismo americano’ (‘New York Times’) devela paso a paso la fina estrategia: “Identificamos a un país con recursos, como petróleo, después concertamos un enorme préstamo a ese país por parte del Banco Mundial… pero el dinero nunca llega, si no va a parar a nuestras grandes corporaciones… para hacer obras que beneficien a estas y a la minoría rica de ese país. El préstamo no ayuda a las mayorías, sin embargo el país entero se queda soportando tan enorme deuda, que no puede pagarla. Entonces llegan los ‘sicarios económicos’, a negociar con su gobierno: ‘véndenos barato tu petróleo, permítenos construir bases militares en tu país”, y así sigue, hasta dejar boquiabierto al lector.

Esta transa “top secret” se apoya en la saturación de basura mediática que ejerce el Gran Mercado sobre las mentes ciudadanas, generando tremenda confusión, hasta lograr el efecto deseado: Ganó la ‘oclocracia’.

Si la democracia es el gobierno del pueblo, la oclocracia es su depravación: el gobierno surgido de una muchedumbre masificada, irreflexiva, con voluntad viciada y sin capacidad de autocontención. El historiador griego Polibio (200 a.C.) la llamó “fruto de la acción demagógica”, que mancha el proceso de corrupción y violencia. Maquiavelo la vio como el peor de todos los sistemas políticos, como el último estado de perversión del poder, que lleva al “ansia del salvador” del monarca o dictador ungido por el pueblo.

Lo bueno de este resultado, para los mexicanos, es que deja más que evidente que la llamada “democracia neoliberal” es una farsa, que dañará aún más a las clases bajas y medias. Por eso es imperante ir armando, seria, perseverante y consistentemente, desde todos los rincones del país, una estrategia que articule todas las resistencias populares, antineoliberales, para poder asestar el golpe decisivo a esta perversa forma de gobierno y para construir nuevos caminos.

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