Opinión

Y ahora ¿qué haremos sin Historia?

Por: María del Carmen Vicencio Acevedo

Los tiempos cambian y las prácticas socioculturales, orilladas por las relaciones económicas, también. En otras épocas el recuento de la Historia y las efemérides tenía una función constructora de identidad nacional, de cohesión social y de proyección hacia otros mundos posibles.

Reconocernos en el movimiento de la Historia nos daba sentido de vida y esperanza en un mejor porvenir. Pensábamos que a fuerza de trabajo comprometido, de lucha y articulación de esfuerzos desde diferentes ámbitos, podríamos imprimir a la realidad cierta direccionalidad y acelerar la transición hacia ese mundo que deseamos. El conocimiento de la Historia contribuía de modo importante al desarrollo del pensamiento crítico y representaba una herramienta intelectual de protección frente a todo tipo de engaños.

Esto parece cada vez más lejano en el pensamiento actual. Por más criticada que haya sido la famosa interpretación de Francis Fukuyama sobre el “fin de la historia” pareciera, en efecto, que con la caída del muro de Berlín ya no hay más que hacer que adaptarnos a las “modernas” reglas de la globalización neoliberal; nuevas revoluciones en otra dirección se vuelven “impensables”.

En este contexto los conceptos de “patria” o “nación” devienen en marcas de franquicias trasnacionales y las reflexiones históricas pierden sentido, sobre todo entre los creyentes de la religión neoliberal, o entre quienes han quedado tan sometidos a las relaciones económicas dominantes, que ya no tienen tiempo para pensar (menos para observar la dirección de los cambios sufridos por nuestra Constitución Política).

Para los neoliberales, enseñar Historia a los pequeños es obsoleto; implica perder “tiempo=oro”, que debiera dedicarse a cuestiones más provechosas (técnico instrumentales). Por eso, con eso que llaman “ciudadanización de la política” pretenden aumentar su nivel de influencia en las definiciones curriculares del sistema escolar. Si antes los planes de estudio eran campos de batalla especialmente en lo que respecta a la Historia, hoy, con autoridades de la SEP (cada vez más ignorantes y sometidas al gran capital) esas discusiones se tornan irrelevantes frente a “la imperiosa necesidad de desarrollar las competencias y la flexibilidad que el mundo empresarial requiere”.

Es lógico. ¿Qué sentido tiene recordar hoy la Revolución Mexicana, surgida para detener la voracidad capitalista, frenar la intervención extranjera y eclesial, proteger al pueblo y fortalecer la soberanía nacional? Con las recientes reformas estructurales se debilitan los principales artículos de nuestra Carta Magna, tan bien pensados por los constituyentes revolucionarios. La gratuidad, laicidad, respeto a la diversidad y democracia, principios fundamentales de nuestro sistema escolar, pierden fuerza cuando éste se subordina a los organismos internacionales y cuando el concepto de “libertad” se reforma para permitir la intromisión de la religión mayoritaria. La soberanía nacional, el grito de “La tierra es de quien la trabaja” y la prohibición de privatizar el territorio y subsuelo que eran de todos los mexicanos, hoy se tornan “obsoletos” y, para “modernizarnos”, nuestros gobiernos se doblegan a la invasión (“inversión”) extranjera.

La lucha por el “trabajo decente”, que tantas vidas costó, por una jornada de ocho horas, por un salario digno, por que los niños estudiaran en vez de trabajar, por contar con un contrato colectivo, por la no discriminación femenina, pierden sentido cuando se legaliza el outsourcing, se promueve la “flexibilidad laboral” (la disposición de los trabajadores para ampliar y mover sus tiempos, cambiar de lugar o volverse “multifuncionales”, según el arbitrio del patrón).

En términos marxistas, en el terreno de la superestructura, es indispensable que las grandes masas internalicen la ideología que haga “lógico” o “natural” el estado actual de cosas. También es necesario estructurar un sistema político y jurídico que lo sostenga legalmente. Por eso, en el “Estado de derecho” neoliberal, la ley protege a los acumuladores de riqueza y permite a los legisladores y demás gobernantes concentrar privilegios en sí mismos.

No hay pues que pensar en la Revolución Mexicana y menos como ejemplo de movilización social en busca de utopía; el 20 de noviembre ocupemos la mente ciudadana en otros asuntos que sean incompatibles con ella: “El Buen Fin” para comprar muchas televisiones y evadirnos, la preparación de la Navidad (¡ya desde el 10 de noviembre!), el desfile deportivo, los cambios de fecha que crean confusión, etcétera.

Negar, olvidar, ignorar la Historia hace mucho más fácil concretar las reformas estructurales que requiere el capitalismo para seguirse reproduciendo. Sólo que la anemia intelectual es altamente peligrosa; si desaparece la Historia, en la que son los humanos quienes transforman su realidad, ocupará su lugar la mitología religiosa o mercantil, que vuelve a los hombres simples títeres, movidos por fuerzas divinas o diabólicas.

Olvidar el sentido de las luchas sociales por la dignidad humana contribuye a la degradación y cosificación de las personas; facilita pensar en el otro como “cosa” u “objeto comercial”; autoriza usarlo, tirarlo, esclavizarlo, maltratarlo, volverlo juguete sexual o destruirlo.

metamorfosis-mep@hotmail.com


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