Ya no puedes confiar en nadie

Al estar platicando, se notaba que en cualquier momento podría soltarse a llorar. Varias veces me ha dicho que, últimamente, ya no espera nada de los demás.
Por aquella época en que llegó con su mamá y su hermano al barrio (hará como treinta años o más), recuerdo muy bien cómo Selene se entusiasmaba con nuestra organización y era de las primeras en los trabajos que nos proponíamos. A pesar de que era menudita y muy joven (andaba entonces por los 16 años), se hacía de una pala o de un zapapico y se ponía a trazar canales o a alinear calles o, bien, cargaba un “aguantador” con ganchos para colgar ollas del café que servía a los que andaban en tareas más pesadas. Por delante de ella, una niña prestaba tazas a los que pidieran de beber.
Una vez por semana nos reuníamos en una casa o en la calle. Cada quien cargaba con su propia silla, elegíamos un lugar y nos sentábamos en círculo a revisar las tareas que íbamos haciendo o a planear las que nos faltaran. En esas ocasiones, Selene no hablaba mucho, pero se sentaba allí, siempre con su carita risueña, atenta a la opinión de los mayores. Al principio, se la pasaba calladita, con su jarra de muicle o de café caliente en la mano. Con el paso del tiempo y mayores cargas, se nos fue haciendo más familiar y hasta necesaria: le encargábamos a los chamacos, mientras los demás le tupíamos a la faena ruda.
Dos o tres años después, seguimos con nuestras actividades en el barrio.
Un día dejó de venir. Su mamá nos dijo, muy alterada:
“Fíjense que mi Selene se fue ayer en el tren, quesque pa’l norte, por Río Grande o Brownsville o no sé, en busca de su hermano. Hace meses qu’él se fue pa’’l ‘otro lado’, por ese lugar del país, en busca de chamba, y no hemos sabido nada d’él”.
Ton’s nosotros le preguntamos a la señora si Selene le había dicho a dónde iría, precisamente, o si tenían algún pariente o lugar a dónde llegar. La mamá respondió, entre sollozos:
“No, no tenemos familiares ni conocidos por allá, y eso es lo que más me alarma; m’hija se fue a lo desconocido: la muchacha, decidida, sólo hizo un envoltorio con algo de ropa y se marchó en busca de su hermano”.
Los del barrio que estábamos allí nos miramos unos a otros, desorientados y sin saber qué hacer. Ton’s hablamos con otros muchachos de por aquí, que sabíamos qu’iban también p’al norte de Tamaulipas o a los EE. UU. por aquel rumbo y les pedíamos que la buscaran; pero no: nunca la jallaron. Era “como buscar una aguja en un pajar”, como dice el dicho.
Pasaron como 35 o 40 años. Ya nadien si’acordaba de la Selene o, por lo menos, no hablaban d’ella. Su mamá, desolada por la pérdida de sus dos hijos, vieja y sin empleo, fue a dar a un asilo y, poco después, murió en soledad. En colecta, los vecinos más viejos la mandamos incinerar y fuimos a una milpa, cerca de San Miguelito, a tirar sus cenizas.
Fue cuando apareció un fantasma. Los que la conocíamos cuando se fue, hace más de cuarenta años, apenas si pudimos identificarla; los demás sólo la mentaban como “la loca del canal” (porque se metió a un cuartito hecho de retacería de madera, por el lado del río).
Entonces m‘hice la fuerte y le llevé un taco. Al saber que no tenía a nadie ni nada, le dije:
“Selene: ¿no te gustaría irte a vivir conmigo? T’invito a mi casa y no te voy a cobrar nada. Yo también vivo sola, me sobra un cuartito y necesito quién me haga compañía”.
Ella se mudó y nos hicimos nuevamente amigas. Hoy hablamos mucho y nos organizamos en nuestros quehaceres para, juntas, apoyarnos una a la otra. Pero ella nunca me cuenta cómo le fu’en la búsqueda de su hermano, si lo encontró o no, ni me cuenta por qué regresó tantos años después. Ni siquiera le pregunto a qué se deben todas las cicatrices que trai en su cuerpo, como si alguien li’hubiera hecho esas quemaduras y l‘haya agarrado a latigazos.
Le doy gracias a Dios que no se volvió loca, aunque hay días que no mi’habla y se queda jnmóvil, sentada en una silla, casi todo el día, como perdida. Después, parece como si despertara di’un largo sueño, se mesa el pelo con ansiedad o desesperación y, al rato, regresa a su dulzura ordinaria. Es cuando me dice:
“Ya no se puede confiar en nadie”.
Tons’ me siento arrastrada al infinito del desastre.



