Los ferrocarriles y el segundo piso de la 4T

Sin ninguna duda, el medio de transporte masivo de personas más eficiente, tanto en el ámbito urbano como en el foráneo, es el ferrocarril. Algo aparentemente desconocido por los gobiernos neoliberales del PRI y del PAN.
El transporte ferroviario, tanto de personas como de mercancías, tenía en nuestro país una larga tradición, desde que el presidente Anastasio Bustamante otorgó la primera concesión para la construcción de una vía férrea en la estratégica ruta que conectaba la capital con Veracruz, en 1837. Para 1910 el país contaba ya con más de 20 mil kilómetros de ferrovías.
A la llegada del gobierno de la 4T, en diciembre de 2018, el país contaba con una red ferroviaria de casi 27 mil kilómetros, la que con la construcción del tren maya se amplió a 28 mil 500 kilómetros. Con los proyectos impulsados por la presidenta Claudia Sheinbaum, la construcción de otros tres mil kilómetros, la red llegará a los 31 mil 500 kilómetros.
A los gobiernos neoliberales no les interesó potenciar el transporte ferroviario, al contrario, detuvieron su desarrollo. Sólo como comparación, la red ferroviaria de Italia consta de 24 mil 500 kilómetros, siendo que se trata de un país seis veces más pequeño que México, la red alemana consta de 38 mil kilómetros, a pesar de que Alemania es entre cinco y seis veces más pequeña que México. Francia y Japón cuentan con 30 mil kilómetros de ferrovías, a pesar de que Francia es cuatro veces más pequeña que México y Japón es cinco veces menor. China, a diferencia del México neoliberal, ha potenciado su transporte ferroviario de una manera sorprendente, pasando de apenas 5 mil 300 kilómetros en 1978 a la red actual de 160 mil kilómetros, de los cuales más de 35 mil corresponden a líneas de alta velocidad (trenes que circulan a más de 350 kilómetros por hora).
En cambio, en México, los neoliberales privatizaron nuestros ferrocarriles. Prácticamente cancelaron el transporte de pasajeros (por ejemplo, el tren rápido que conectaba Querétaro con la Ciudad de México y que hacía su recorrido en dos horas y media) y entregaron los trenes de carga a transnacionales extranjeras (como Kansas City Southern y Union Pacific) y a empresarios mexicanos (como Ferrosur y Ferrocarril del Istmo de Tehuantepec).
El tren ha sido, es y será el transporte más eficiente para el transporte masivo de personas y mercancías. Baste pensar en las líneas del Metro en las grandes urbes. En un estudio comparativo de las “Ferrovie dello Stato” italianas se muestra como el transporte de personas por tren es mucho más económico. En el año de referencia el costo anual sobre el total de pasajeros transportados por trenes de alta velocidad fue de 233 millones de euros. Transportar a ese mismo número de personas por autobús costaría 123 millones de euros más, es decir, 356 millones de euros. Transportarlas en avión costaría 392 millones más, es decir, 625 millones de euros y, finalmente, transportarlas en automóvil privado costaría 638 millones de euros adicionales, es decir, 871 millones de euros, casi el cuádruple del costo del transporte por tren.
Lo interesante de la comparación anterior es que los costos vienen desglosados en costos relativos a la contaminación atmosférica, a los gases de efecto invernadero, a la contaminación acústica, al costo de los accidentes y a otros costos adicionales. Con mucho, el transporte más costoso en términos de accidentes es el transporte en automóvil y luego en autobús. Se trata de los costos relativos a la pérdida de vidas humanas, a la cura de heridos, a las secuelas de gente lisiada (incluso de por vida), al costo de atención sanitaria (médicos, enfermeras, otro personal sanitario, intervenciones quirúrgicas, medicinas, uso de equipo médico, prótesis, ortesis, etc.), además de las pérdidas materiales (vehículos y daños a la infraestructura).
Por lo que promover los viajes en tren es promover la vida.



