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Hablemos del enojo para hablar de la paz

El enojo es una respuesta natural que forma parte de nuestras emociones elementales, no obstante, a pesar de ser una emoción básica y característica de nuestra naturaleza humana, es una de las emociones más ocultas, reprimidas, socialmente mal vista y poco deseada, una emoción callada, porque de ella poco o nada hablamos, pareciera no correcto hacerlo. Cuántas veces hemos escuchado consejos similares a “no te enojes”, “disimula tu enojo”, “tranquila, tranquilo, sin enojarnos”, “enojarse es malo”, “el que se enoja pierde”.

Para hablar de cultura de paz es necesario hablar de la gestión emocional, la intención es resaltar la importancia que tiene aceptar y validar que sentimos enojo y reconocer qué significado tiene, es no negarlo, no disimularlo, al contrario, crear espacios y actividades que den la oportunidad de generar consciencia de cómo actuamos a partir de que nos enojamos, de permitirnos conocer y reconocer cómo se siente este estado emocional, de entender el enojo, de observarlo en nuestro interior cuando recorre todo nuestro ser y rápidamente se instala en posesión de nuestra persona, es aceptarnos como personas que nos alteramos, es comprender nuestra vulnerabilidad e intensidad en los momentos de furia, es la oportunidad de acercarnos a gestionar asertivamente nuestra emociones para poder dirigir ese enojo, esa fuerza que lo acompaña, hacia la consciencia de la toma de decisiones.

La emoción del enojo surge cuando enfrentamos una situación molesta, desagradable o incómoda, cuando percibimos que algo es injusto o no corresponde a lo que esperamos, ya sea, por motivos internos o externos, nos genera una sensación de irritación, furia o ira. Es natural sentir enojo y es necesario hablar del enojo, saber reconocerlo, expresarlo y encausarlo a actos con un sentido propósito que sumen a una cultura de paz.

Lamentablemente, cuando no hablamos del enojo y lo ocultamos ante los demás y a veces para una o uno mismo también, cuando lo reprimimos detrás de una máscara de una sonrisa, detrás de la fingida aceptación y del engañoso bienestar, ese enojo se concentra en el interior con riesgo de convertirse en resentimiento, inconformidad, en actos de venganza, deseos de destruir, humillar, lastimar, es un enojo que nos daña o dañará por dentro y con alta probabilidad a través de actos se convertirá en violencia interna y/o externa.

Fomentar la expresión asertiva del enojo, nos brinda la oportunidad de atender la situación de manera más oportuna, permitiendo el desarrollo de un pensamiento flexible y resiliente. Hablar del enojo es una estrategia para la resolución de los conflictos, es la ocasión para comprender situaciones inesperadas e incluso desagradables, permitiendo mirar la realidad desde una perspectiva más amplia y con capacidad de adaptarnos a los cambios.

Es muy complejo hablar de paz o de prevención de la violencia cuando vivimos en un contexto donde abundan problemas, cuando en la cotidianidad hay situaciones de conflicto e injusticia, en donde se encuentran vulnerables los derechos humanos, donde hay incertidumbre e inseguridad que provocan la aparición de emociones desagradables, eso hace muy difícil hablar de paz, ¿cómo hablar de paz cuándo hay guerra?, cuando no hay garantía de servicios de salud, alimentación, vivienda y educación, ¿cómo hablar de paz ante las cifras de feminicidio?. Estas situaciones desgarradoras, y muchas otras más, impactan en nuestra vida diaria, impactan en la forma en como nos sentimos y nos comportamos, afecta en nuestra manera de relacionarnos con los demás y en cómo establecemos vínculos y lazos de convivencia. Nos hace sentir irritables, vulnerables y somos propensos a experimentar el enojo, por lo que se hace necesario prestar atención a cómo nos sentimos, qué pensamos y cómo actuamos.

Requerimos generar espacios de expresión de esa inconformidad, nos debemos la oportunidad de permitirnos enojarnos, de poner en práctica formas de compartir que sean sensibles, replantearnos el significado de nuestras emociones y conectar con la visión que tenemos del ser humano, reflexionar acerca de cómo conceptualizamos la humanidad, tiene que ver con enojarnos con ganas de poner en marcha estrategias de enseñanza y aprendizaje que sean emocionalmente significativas, que la expresión oportuna del enojo permita un alivio y una comprensión que fortalece la posibilidad de confiar en nuestros vínculos, de mejorar nuestras formas de reaccionar, de relacionarnos, tiene que ver con validar la formulación de ideas distintas y de respetar la diversidad.

Reconocer nuestro enojo y sus antecedentes es la oportunidad de asumir que podemos ser agentes de cambio y transformación desde el despliegue de nuestros potenciales, valores, habilidades, nuestra inteligencia, para la construcción de paz, hablar de este sentimiento brinda la posibilidad de generar nuevas ideas, podemos sentir, pensar, planificar y decidir cómo reaccionar, ser conscientes de nuestra existencia y ser capaces de modificar justamente cómo actuar atendiendo las consecuencias. Cuando hablamos del enojo y reflexionamos cómo a lo largo de nuestra propia historia de vida actuamos en los momentos en los que se presenta esta emoción, estamos abriendo camino para que surja un cambio, para que ese enojo, ira o frustración por la injusticia se convierta en indignación que lleve a generar movimientos sociales. Reconocer, comprender y expresar el enojo es necesario para la transformación de los conflictos, encontrando que las niñas, los niños, los jóvenes, los adultos, los adultos mayores, todos, sin importar la edad, procedencia o condición, podemos construir paz por medio de la comprensión de nuestras emociones, a través de la empatía y el afecto para gestionar futuros posibles.

Debemos insistir en asumir la importancia que tiene destinar tiempo, espacios y acciones para la comprensión de nuestras emociones como elemento crucial para la paz, es una estrategia en la que podemos encausar la energía que caracteriza al enojo hacia acciones eficaces, abriendo camino al despliegue de la compasión y redireccionar la determinación, la fuerza, la contundencia del enojo para corregir la injusticia y replantear la eficacia de nuestras acciones.

El líder espiritual del Tibet, Dalái Lama, afirma que una ira que nace de la compasión es aquella que representa un deseo de corregir algo que está mal, no busca dañar, busca poner un alto a errores. Reconocer el enojo brinda la oportunidad de descubrir que existe algo más dentro de nosotros, además del enojo, de la ira, también somos capaces de sentir algo que el Dalái Lama llama compasión iracunda, la cual es una ira que no sirve a nuestra arrogancia, sino que busca proteger a los demás, una ira que se convierte en acción compasiva. Podremos actuar bajo el impulso de la ira, pero cuando hemos tenido la oportunidad de hablar del enojo, podemos actuar desde la preocupación por el bienestar de otra persona, desde la compasión, creando acciones que buscan el bienestar con el fin de poder detener una injusticia (Dalái Lama, Ueda, 2019). 

Para pensar en el cambio, es imprescindible que las personas hagamos consciencia de nuestras emociones y nuestra forma de actuar en función del enojo, somos parte del cambio, de reconfigurar y ser críticos de nuestras propias representaciones sociales, de nuestras acciones, ser conscientes de la dirección que le damos a nuestras emociones, a nuestra ira o enojo. Es necesario provocar una reinterpretación que permita cuestionar y en ocasiones alejarnos de las premisas que hemos construido en nuestra identidad, cuestionar reacciones, cuestionar conductas, cuestionar las formas de llevar a cabo actividades, cuestionar las representaciones sociales.

Este proceso, obviamente es lento, requerirá esfuerzo y hacer cosas distintas, es un proceso que no está exento de frustraciones. Me atrevo a incitar a que nos sigamos enojando pero que ese enojo vaya acompañado del compromiso de contar con conocimientos, habilidades y estrategias para la compresión de las situaciones causantes de ese enojo, con ganas de ser parte de un cambio, con ganas de construir y/o promover estrategias creativas que sumen a una adecuada gestión emocional, a un saludable bienestar mental, que se refleje en actos que contribuyan a la educación para la paz.

Referencias Dalái Lama; Noriyuki Ueda. (2019). El poder de la Ira. Editorial URANO.

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