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Lo que a cada quién le tocó

Gonzalo Guajardo González

Con la sociedad que da vida

En esa época, las obligaciones de una mujer seguían un orden: servir al marido, darle muchos hijos y cuidar de su casa. Así lo veía también mi abuela. Trabajaba día y noche para su marido –policía de barrio–, que se la pasaba en la calle (le cambiaban turno a cada rato) y sus jefes le exigían que, como servidor público, anduviera limpio y planchado. Mi abuela era la que “se sobaba el lomo”, lavando, cocinando y arreglando todo. Tenía ocho años de casada y, casi como en escalerita, cuatro hijas, todas mujeres.

En Apaseo, los días eran tranquilos; los celayenses le decían “provincia”, por apacible. Pero, igual bajo un sol intenso que en noches tenebrosas, bullían deseos y pasiones. Aun no era el Bajío de hoy, guarida de asesinos servidores del poder y del gran capital, que controla el mercado, sin importar baños de sangre. En aquellos años, sólo había raterillos menores, que profanaban casas en busca de bienes deslumbrantes, pero de escaso valor; sin saberlo, delineaban esquemas del futuro crimen transnacional y abrían rutas a la codicia ansiosa de muerte. Existía la agresión social, pero a menudo se arreglaban los conflictos con promesas y un apretón de manos. Lo más que se usaba contra las víctimas era navajas o punzones que sólo alguna vez se teñían de sangre.

Justo con tres ladroncetes se topó mi abuelo el policía, en un rondín. ¿Cómo sucedió? Nadie me lo supo decir; mi ““má”” contó que esa noche llegó el uniformado “con las manos en el vientre, deteniéndose las tripas” y, entre estertores, cayó ante mi abuela. Entre alaridos, ella se tiraba del pelo. Antes de expirar, el “cuico” le relató su pelea con los pillos, causantes de sus heridas de muerte. Mi abuela nunca se repuso de la fatalidad. Mi ““má”” recordaba como en sueños (apenas tenía cinco años) que su ““má”” cayó rota al suelo; que, cuando llegó la ambulancia, treparon en ella a la viuda reciente y a Elsita, la menor de las hijas (de un año), a la que mi abuela todavía amamantaba.

Lupe (de casi 8 años), mi “má” (5 años) y Luisa (3 años) quedaron de buenas a primeras en la calle; durmieron acurrucadas en el umbral de su casa; se les cerró la puerta, con las llaves adentro, y nunca pudieron entrar las hermanas. Lupe las abrazaba, protegiéndolas. El frío de la mañana y el “gruñir de tripas” les urgieron que buscaran algo qué comer. Una vez que se abrió el mercado y sacaron la basura de los puestos, Lupe fue al tiradero y recogió manzanas, jitomates y zanahorias, para calmar el hambre de sus hermanas. Pasaban los días, y las niñas seguían vagando, sin saber qué hacer. Mi “má” contaba después sólo algunas anécdotas, pues se le escapaba lo que realmente pasó; sólo recuerda que caminaba confiada de la mano de Lupe, su hermana mayor.

Un día, llegó Tina, la madrina de mi “má”, y se la llevó a Querétaro. Yola, prima de su pá –el policía apuñalado–, se llevó a Lupe también a Querétaro. Allí vivió siempre, y salió sólo pa casarse. Después me enteré de que a Luisa la recogió “su verdadero padre” (ella asegura que mi abuela le “puso los cuernos” al “poli”, de donde ella nació), y se la llevaron a Celaya.

La ambulancia que recogió a mi abuela y a Elsita las metió en un lugar para desahuciados. Después las trasladaron a México, para cuidados apropiados. Pasados 5 años, el manicomio echó a la calle a mi “abue”, porque ya estaba medio repuesta, aunque alterada, con lagunas mentales de sus “años perdidos”, y sin la pequeña. Nadie supo dónde quedó Elsita, si murió al lado de su madre o la regalaron. El papá de Luisa recogió a mi “abue”, y se la llevó a su casa.

Con golpes le exigía información sobre el paradero de Elsita, también su hija. La vieja enloqueció nuevamente, y la volvieron a internar en el manicomio, donde al fin murió. Lupe y Miguel, su marido, buscaron a las hermanas de mi tía por todos lados. Encontraron a mi “má” y a la tía Luisa, pero ésta no quiso irse con sus hermanas (pues ya había encontrado a su verdadero “pá” y “hecho su vida”). Mi “má” pasó unos años con mi tía Lupe. Al fin, se fue de su casa para ocultarle que estaba embarazada de un hombre casado. Nunca hicieron vida juntos, aunque yo nací de ellos. Mi “má” quiso quedarse en el barrio donde vivía mi “pá”, sin verlo nunca más ni vivir con él, hasta que ella murió con la pena del amor que “no se le hizo”.

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