No fue tortura

Se dice en el barrio.
Querétaro, Qro.
Lupe y Mireya llegaron por mí a mi casa. Las tres habíamos planeado unirnos a la marcha a que convocaron estudiantes y trabajadores de la uni, junto con defensores del medio ambiente y obreros representantes de dos sindicatos. Al fin, íbamos a exigir que nos respetaran nuestro derecho al agua. Nos encaminamos juntas hacia la plaza de donde saldríamos todos, mientras comentábamos que últimamente han estado muy raros los días: se nublan en la tarde y parece que va a caer un tormentón, pero no pasa nada.
Al cruzar la calle vimos otros grupitos, de muchachas de la prepa y cuates de ingeniería, de filosofía, de ciencias políticas y hasta de medicina. Nos sentimos en ambiente. Fueron llegando de los sindicatos, cuando las organizaciones sociales −que ya llevaban un buen rato en el jardín− comenzaron a gritar: “Esta marcha no es de fiesta. Es de lucha y de protesta”, mientras que otros les respondían: “No es sequía. Es saqueo”. Los obreros de un sindicato sacaron un mecate que traían enrollado y nos pidieron que lo tuviéramos a los lados de la columna, para permanecer unidos y cuidarnos de los que quisieran romper la marcha. Algunos más extendieron mantas que traían con letreros que reclamaban el derecho popular al agua, y las levantaban, con ayuda de estacas.
Lupe, Mireya y yo íbamos entusiasmadas en medio de tanta gente unida por la misma causa. Comentábamos con rabia que se estaban haciendo leyes para validar que el estado entregara a la iniciativa privada concesiones para el cobro del agua, según dijo el propio gobernador, y había gente que aseguraba que eso no era contra la Constitución, aunque se estuviera jodiendo a la gente. También gritábamos que, en la misma onda de privatización, se extendían más y más permisos para hacer nuevos pozos para sacar el agua del subsuelo; y que, en cambio, iban pipas a surtirse de agua a los barrios pobres, como pasó el otro día en mi barrio (me acuerdo muy bien, porque yo fui testigo): que un camión con el logotipo de una empresa privada, fue a surtirse a una toma, cerca de mi casa, para llenar la alberca de unos ricachones, en una colonia popis. Al querer salir, ya lleno y muy pesado, se volcó en plena calle y, entonces sí, comenzó el desparramadero de agua, mientras que los vecinos lo veían todo, “con el corazón herido”, pues no tenían ni con qué hervir sus frijoles.
Se iba juntando más y más gente a la marcha, y todos lanzábamos el grito victorioso de “el pueblo, unido, jamás será vencido”. Pero, aunque gritábamos con energía, mientras levantábamos un puño a las azoteas de las calles por donde se asomaban uniformados al acecho de nuestros movimientos, una voz interna me decía que, tal vez, sería necesario buscar medidas más enérgicas, pues las autoridades de Querétaro parecen sordas a las voces del pueblo y, a cambio, se inclinan con discreción sumisa a las exigencias de los dueños del dinero.
Al pasar junto a una fuente de la plaza, me acordé del “bañista” del que hablaron los periódicos hace como veinte años. Como ahora nosotros, en aquella ocasión iba él, con muchos vecinos, pidiendo también los servicios de agua en su barrio. Se plantaron frente a la Casa de Gobierno. Con ayuda de un megáfono, explicaban a la concurrencia que ellos eran gente pacífica, que sólo querían dialogar y así se habían anunciado desde días antes; pero que no salían las autoridades para explicarles por qué carecían de agua en sus casas desde hacía varias semanas. Todos eran trabajadores: unos obreros, otros comerciantes, otros artesanos, había amas de casa, niños en edad escolar, gente necesitada, pues.
Como habían dejado de ir al trabajo, a la escuela o de cumplir sus obligaciones diarias, por ir a la marcha y exigir sus derechos, después de cinco horas se retiraron de la plaza. Excepto uno. En su condición desesperada, pensó en hacer presión y, así, vestido como iba, se metió a la fuente y se acostó en el agua. No pasaron ni diez minutos, y llegó una brigada de policía, que lo sacó: a puñetazos, patadas, con tolete o con la culata de su arma, lo golpearon sin descanso, hasta dejarlo casi inconsciente. Al día siguiente, llegaron varios vecinos del barrio y de otras partes de la ciudad, para reclamarle al gobernador por qué la policía había torturado a este hombre, que reclamaba su derecho al agua. El gobernador no salió para hablar con la gente, pero, ante la prensa, declaró que no torturaron al bañista; que solamente “lo habían madreado”. Desde entonces, la gente se refiere a él como “el madreado”.