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Onofre, héroe de la jornada

Fidel estaba por cumplir ocho años el siguiente domingo. Se había venido preparando desde tiempo atrás para ese día. Sus papás le habían prometido los zapatos que quería, y que estrenaría sus pantalones blancos y la camisa, del mismo color, de manga larga, con tal de que aprobara el examen para su primera comunión que le harían en el catecismo para su cumpleaños. ¡Quién sabe quién estaba más entusiasmado: si Fidel o su papá: Onofre!

“Mi compadre –¡bueno!, todavía no era, pero nosotros seríamos los padrinos al llevar a su hijo a la iglesia– llevaba varios días presumiendo que Carlota, la gerente de la compañía, le hizo un préstamo por adelantado, a cuenta del aguinaldo. Fidel estaba emocionado por la ropa nueva que usaría el día de su primera comunión y dejar pagada la misa en la parroquia. Me comentó que Carlota –la jefa– ya le había entregado el adelanto. Mi esposa y yo les dijimos a Onofre y a Teodora que le prometimos a nuestro ahijado un pipián para ese día. Tacho, el gordo, les ofreció tres pollos para el mole, el agua fresca y las tortillas. Remedios le dijo a Teodora, su hermana, que le prestaba su estéreo para poner toda la música que quisiera el chamaco. ¡Así quedó preparada la fiesta del domingo!”.

El miércoles, Anselmo –el capataz de la empresa– le dijo al agente de seguridad: “le pedí a Gerardo –el de la limpieza– que se metiera a uno de los tubos del albañal, pues parecía estar tapado, y el agua brotaba por las coladeras de la sala principal. Al poco de que él bajó, el agua sucia dejó de brotar, pero el que no salía era Gerardo. Al comenzar el encharcamiento, mandé a Gerardo que bajara a ver, sí, pero lo envié con lámpara en mano a ver lo que pasaba en el ducto principal. Parece que se quedó atrapado allá abajo, o quién sabe qué. El caso es que el drenaje se regularizó desde hacía tres horas, pero Gerardo no subía, y tampoco se comunicaba con nosotros por el woki-toki, ni nos mandaba ninguna señal. Pregunté quién podría bajar al albañal a investigar qué pasaba y Onofre se ofreció (él siempre ha sido muy cuate con los compañeros de trabajo, y no iba a abandonar a Gerardo en estos momentos, ¿no?”.

Le colocaron a Onofre un cinturón especial de rescate y le ataron un cable para que bajara al subterráneo. La gerente fue la primera en pedirle al muchacho que tuviera cuidado: no quería otra preocupación más, ahora con él. Al comenzar Onofre a bajar, ya también estaba allí Pancho, el supervisor, y Angela, la contadora. Como si todos se hubieran puesto de acuerdo, iban siguiendo con atención la bajada del trabajador. Anselmo era el que se notaba más preocupado, porque fue el que envió a Gerardo a resolver el problema, en lugar de llamar a un experto. En eso llegó Toño, el secretario general del sindicato.

“Pasó como media hora de que Onofre bajó –comentaba Anselmo al agente de seguridad, que llegó más tarde–. Todos nos veíamos unos a otros con cara de angustia, rogando a Dios que no fuera a encontrar algo más grave”. “Para todos nosotros, Onofre fue el héroe del día, por haberse ofrecido a la búsqueda –dijo el líder sindical–”.

“Pocos minutos después –decía Ángela con entusiasmo–, de la escotilla del subterráneo salió una mano, con un cable enredado en la muñeca. Al poco, Onofre asomó la cabeza, se trepó y tiró del amarre. Al final, venía Gerardo, atado del pecho, pero se veía entero. Había estado alerta, con la cara pegada a un hueco superior, y así pudo respirar, hasta que llegó Onofre y lo amarró para arrastrarlo”.

“Ambos fueron revisados por el equipo médico; no tenían secuelas graves, pero estaban muy cansados. En la fábrica nos dieron libre el resto de la semana, y todos nos fuimos a nuestras casas a descansar”, dijo Toño, el líder sindical, triunfante, como si él les hubiese dado las jornadas libres a los trabajadores.

El domingo, tempranito, todos los de la fábrica, incluidos los jefes, llegaron a la parroquia, a la primera comunión de Fidel. Más tarde, se reunieron en la casa de Teodora y Onofre, para celebrar el acto religioso del niño y su cumpleaños.

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