Teuchitlán. Fue el Estado.

UNO
Era un asunto viejo. Viejo como el polvo en las veredas, como el miedo en las bocas cerradas.
Dijeron que investigarían. Que ahora sí. Que la Presidenta había pedido saber qué pasó ahí. Pero si uno pone bien el oído, si se asoma un poco al silencio, se da cuenta de que todo esto ya se sabía. Se ha sabido desde siempre, desde antes de que el monte se llenara de huesos y el aire se quedara oliendo a carne quemada.
El fiscal también lo dijo, con palabras secas y sin arrugas: “es un tema francamente conocido”. Y sí. Es tan conocido como el hambre, como la desesperación de la gente que se pierde en el camino y no vuelve. Como el miedo de quienes se quedan y miran al suelo, porque es mejor no ver.
Los que mandan ahora lo miran con ojos de recién llegados, como si hasta ahora se enteraran. Pero los nombres cambian y el miedo se queda. Los nombres cambian y las cenizas siguen en el suelo.
Después, cuando el polvo lo cubra todo, dirán que fue un error, un malentendido. Y los que se tragaron la verdad, los que la vieron y la callaron, seguirán ahí, con la boca cerrada y el estómago lleno.
DOS
La verdad es un lastre insoportable. Por eso todos la arrastran con desgano, con fastidio, como si el hedor de los cuerpos calcinados pudiera disiparse a fuerza de discursos. Dicen que investigarán, que ahora sí, que el país exige respuestas. Pero la verdad ya se sabe. Se ha sabido siempre.
El fiscal lo dijo con la indiferencia de quien ha visto demasiado: “Es un tema francamente conocido”. Lo es, porque el horror en este país no se esconde, sólo se normaliza. El crimen no opera en las sombras, sino a plena luz del día, con la certidumbre de que nadie hará nada. La autoridad es un fantasma que ronda las fosas sin inmutarse, un dios ciego que sonríe ante su propia impotencia.
La Presidenta pide saber qué pasó ahí, como si lo ignorara. Como si no supiera que Teuchitlán es apenas un eco de lo que ocurre en cada estado, en cada rincón donde la muerte ya no es un escándalo, sino un trámite.
Ellos, los que mandan, se indignan con precisión coreográfica. Pero indignarse es otra forma de ganar tiempo, de posponer lo inevitable: el olvido, la costumbre, la resignación. Después vendrá otra matanza, otra fosa, otra conferencia. Y así, hasta que la muerte pierda su significado por puro desgaste.
TRES
El infierno no es una metáfora: arde en la tierra, en rincones olvidados donde la carne se consume sin nombre ni historia. Un rancho en Teuchitlán, una fosa que el tiempo no quiso ocultar, un altar para dioses insaciables. Allí, huesos calcinados murmuran de vidas extirpadas, de cuerpos que fueron peso y ahora son ceniza. No hay justicia en la putrefacción ni consuelo en el hallazgo. La verdad llega tarde, cuando ya no puede salvar a nadie.
Diez hombres fueron detenidos, dos víctimas rescatadas, y sin embargo, el rancho siguió devorando existencias. ¿Se buscó suficiente? ¿Se buscó demasiado tarde? La tragedia no está en los muertos, sino en el silencio que los precede, en la resignación de quienes saben que la muerte es un trámite sin testigos. Encontrar huesos es un acto inútil, un eco que se apaga. Solo la Santa Muerte recibe ofrendas, única diosa que nunca defrauda.
En un rancho de Teuchitlán, el tiempo y la barbarie tejieron su laberinto. Entre hornos crematorios y restos calcinados, se encontraron vestigios de un ritual oscuro: cráneos dispersos, documentos truncos, maletas sin destino. Un altar a la Santa Muerte custodiaba el enigma. ¿Fueron engañados, forzados, olvidados? Tal vez la historia ya fue escrita, y estos hallazgos no son más que su pálido reflejo.

