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8M en San Juan del Río


La manifestación de este año, sin lugar a dudas, es una marcha distinta a la de los años pasados. Los paliacates, verdes y morados, no solo estaban en el cuello, sino que también estaban puestos sobre los cubre bocas.

Todo comenzó a las cinco de la tarde en el jardín de la familia, en San Juan del Río. La publicidad decía que comenzaría a las cuatro, pero a esa hora apenas había tan solo 15 chicas, pintando carteles y hablando acaloradamente. Había cuatro chicas con casacas fosforescentes (de asistencia vial), que cuando llegabas, acudían a ti a ponerte desinfectante y gel antibacterial. “Levanta los brazos y toma un metro de distancia con las demás” te decían.

Con el paso de los minutos, cada vez más prendas moradas y verdes llegaban al punto de encuentro, saludando a todas con un general “Hola”. Uñas pintadas de color morado, maquillajes del mismo tono y prendas extras para recibir el calor de la tarde, eran sólo unos cuantos elementos que distinguían a este grupo de manifestantes.

A medida que se reunía a más concurrencia, las chicas desinfectantes corrían a ellas y les explicaban las reglas de la sana distancia. Ir sin compañía no representaba ningún problema, porque en cualquier momento, alguien se acercaba a hacerte plática y a preguntarte si era tu primera marcha.

Media hora antes de emprender la caminata, ya había decenas de chicas reunidas, tomándose fotos con su cartel, grabando videos, mandando textos y subiendo tweets a redes sociales. Llegó una chica con un perro gran danés, que tenía un paliacate morado sujeto al collar, en breve los comentarios de “¿cómo se llama tu perro?”, “¿Le puedo tomar foto?” y “¡que tierno!”, empezaron a escucharse al mismo tiempo de “Pásame el plumón”, “¿me regalas pintura?”, “¿cómo quedó?”. Todas conocidas o no, se sentían unidas y todo, por una razón en común: visibilizar la violencia, el maltrato y las injusticias en contra de las mujeres.

Era un ambiente agradable, chicas platicando, escribiendo carteles juntas, desconocidas intercambiando números de teléfono y coincidiendo en Facebook, risas de chistes y hasta comentarios sobre la muerte de cepillin. Toda esta tranquilidad se veía interrumpida de vez en cuando por pequeños regaños de las organizadoras, “chicas, recuerden la sana distancia”, “Amigas sepárense”. Era una manifestación más que pacífica, desconcertante.

Ya estaba todo listo, para comenzar. Una de las organizadoras sacó de su mochila un gran rollo de cinta color morado, lo desenredó y enunció: “Fórmense y agárrense al lazo, vamos a empezar a caminar”. En pocos minutos ya había una gran fila de chicas agarradas al lacillo con un metro de distancia, parecían niñas que salían de excursión y para no perderse todas iban sujetando esa colorida cinta.

“Avancen chicas” gritaron las organizadoras cuando se acomodaban en cada extremo con su casaca de asistencia vial.

Cruzaron la avenida Juárez, con apoyo de las policías que hacían su turno en ese momento, los autos se detenían. Rápidamente llegaron a la calle Hidalgo, en medio de gritos que dejaban salir ligeros gallos, las gargantas se estaban aclarando para seguir gritando durante todo el recorrido al jardín independencia.

En el trayecto, ojos mirones se asomaban de los locales y negocios; los carros arrebasaban a aquella línea de mujeres agarradas a un lazo, sosteniendo carteles y enunciando frases como “señor, señora, no sea indiferente, se mata a las mujeres en la cara de la gente”, “Alerta, alerta…el movimiento feminista marchando en américa latina”, “se va a caer, se va a caer, el patriarcado se va a caer”, rimas que, en cuestión de unas cuantas repeticiones, memorizabas fácilmente.

Llegado el momento de estar en el jardín independencia, las mujeres formaron un gran circuito, todas divididas con un metro de distancia, sujetando sus carteles, gritando una y otra vez su inconformidad con el gobierno, viendo a las personas pasar y uniendo a una sola voz la denuncia ante el sistema opresor e injusto.

“Canción sin miedo” de vivir Quinatana, se escuchó varias veces, rimas nuevas salían, gritos en medio de la explanada del jardín, cantos desentonados, pero con cierta emoción, que se contagiaba en el momento, furiosas expresiones en contra del machismo. Y a pesar de ser pocas las que asistieron, en memoria está que estuvieron presentes, por las que ya no están y estuvieron gritando, por las que no tienen voz.

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