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Boleros en Querétaro: Puertas a otros mundos y un arte, así definen su oficio

Un par de manos maduras, con el pulso de Sandro Botticelli, lustran el cuero vacuno de una bota. El cliente, paciente, aguarda a que sus botas cobren vida nuevamente, tras miles de pasos. El proceso se repite nueve veces más en el día; ya sea con botas, cinturones, bolsas o mocasines. Así es la vida de un bolero en Querétaro, que hace del aseo del calzado un acto sociocultural, donde el arte y el intercambio de ideas conviven.

Ser bolero va más allá de lustrar, revivir y entintar calzado y demás prendas de cuero. Si bien la pandemia y el paso del tiempo han reducido de 20 a cuatro el número de boleros en la calle Madero, es un oficio que permanece a la vanguardia y según sus protagonistas, abre un espacio de diálogo e intercambio de ideas.

Bolear zapatos, para José Cornelio, es una puerta a otros mundos en los que aprende de política y religión. “Hay muchas posibilidades en los pensamientos, en las actitudes, en el modo de tratar a la gente; y ve en la gente una semejanza hacia uno mismo”, declaró. Ser bolero, a sus 70 años de edad, es una forma de aprovechar su tiempo “no como ganancia, sino como una distracción”.

José Cornelio ya estaba al tanto de la política antes de dedicarse a lustrar calzado, cuando, décadas atrás, trabajaba para el gobierno del estado. De estar en las campañas de Enrique Burgos García, pasó a ser reclutado por Dalia Garrido Rubio como chófer para la Cámara de Diputados. Estuvo tras el volante hasta pensionarse.

No obstante, prefería mantenerse al margen de la política: “hay personas que les gusta [la política]; se meten a trabajar y les gusta meterse muy hacia dentro.  A mí no me gustó eso, yo cumplía con mi trabajo y ‘ámonos […] La política es muy sucia, la verdad”, expresó.

Pulso y precisión

En la calle de Ezequiel Montes, a unos metros del cajón de José Cornelio, está Gustavo Malagón, un bolero con alma de artista. Su trabajo, además de estar en el calzado, yace grabado en las cenefas y en las flores pintadas en las paredes de las casas antiguas y de los museos del centro de la ciudad.

Igual que el bolero anterior, Malagón también incursionó en territorio gubernamental. Fue ahí donde comenzó a colocar los cimientos de su actual oficio: cada sábado, cuando no se dedicaba al mantenimiento general en las oficinas del municipio, boleaba el calzado de sus colegas empleados. Con el tiempo, su gusto por bolear creció, y ahora se dedica de modo freelance al oficio, desde las nueve de la mañana a las tres de la tarde: “ya me toca a mí sentarme y ser jefe aquí”, señaló.

También coincidió con José Cornelio en la experiencia de intercambio cultural que implica ser bolero: “aquí sí nos caen los clientes, solitos […] aquí platicamos, dialogamos y echamos cotorreo. Aquí es un banco de muchas experiencias y comunicaciones”.

En su cajón guarda distintos productos que utiliza para devolverle vida al cuero. El paso del tiempo le ha beneficiado a Malagón, puesto que la innovación tecnológica le ha traído otros productos que le permiten economizar tiempo y costos, así como mejorar su servicio. Sacó de uno de los compartimentos una cera para calzado, la cual sirve para “que el agua no le entre al zapato, no quede húmedo o tieso”, además de que brinda flexibilidad a la piel.

La única mujer en el sindicato

Con una trayectoria de casi 20 años, Alicia Ochoa ha salido adelante gracias a su oficio como bolera en avenida Zaragoza, a un costado de la entrada a la Comercial Mexicana. Es heredera del cajón y, al igual que Malagón, aprendió a bolear mediante la observación meticulosa del arte. Su esfuerzo le valió 25 boleadas en su primer día de trabajo.

Antes de ser bolera, exploró distintos campos laborales: cortaba el maíz y convivía con el ganado a sus 12 años. También revelaba fotos, sacaba copias y era secretaria en una oficina. Ahora, a sus 60 años, siente “padre” ser la única mujer registrada en el gremio de boleros en Querétaro: “Al principio, la gente lo ve como que raro, pero ya están acostumbrados”.

Ochoa también reveló que se ha tropezado algunas veces durante su proceso de aprendizaje de la técnica de boleado: “echando a perder se aprende”, dijo con gracia. Pese a ello, ha conseguido clientes frecuentes quienes no solo ponen a su alcance el calzado, también pláticas en las que ella encuentra un crecimiento personal.

Cecilia Gabriela Velázquez

Estudiante de la Licenciatura en Comunicación y Periodismo en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Autónoma de Querétaro. 23 años; amante del rock clásico.

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