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Feria del Queso y del Vino: Una experiencia 10 veces más cara que en 2006

Tequisquiapan, Qro. – Son las siete de la noche del sábado, el sol se ha ido. Un policía municipal se para detrás de un baño portátil y comienza a orinar. Se sube el cierre y avanza unos pasos para disipar a un joven que intentaba vomitar cerca de donde estaba. «No puedes estar ahí», le dice al chico vestido con lo que parece ser el uniforme oficial de la Feria del Queso y del Vino: camisa blanca, jeans, zapatos cómodos y el sombrero.

El chico camina y un amigo, vestido como él, se lo lleva abrazado: «Pinche Mati, ya vámonos». Ambos estaban mal, se nota en su caminar.

Conforme se alejan, uno no puede evitar pensar en cuánto se ha gastado en la Feria del Vino, porque de queso no hay nada. ¿Cómo llegamos hasta este momento?

Es 2006. Según un periódico en línea, la entrada cuesta 30 pesos. En la cartelera musical están Ha*Ash, La Sonora Dinamita y Francisco Céspedes. Se prometen juegos y otras actividades variadas en el parque La Pila.

Con una inflación de 112%, el costo del boleto debería haber incrementado a 64 pesos para este 2023. Pero no fue así.

El costo de este año fue de 300 pesos. ¡10 veces más! A esto hay que sumarle 45 pesos del cobro del servicio. ¡Ah! Dale otros 100 pesos de la copa, porque nadie puede entrar con copas, alimentos, bebidas ni aerosoles. Al menos no cobran los baños y el agua.

El cobro de la copa explica por qué unas personas se pasaron una a través de la reja del parque La Pila. «Es la misma del año pasado, pero no la dejan pasar», nos dijo uno de los asistentes. Y sí, tenía en el logo pan, queso y vino, así como la leyenda #FNQV.

Una promoción del evento reza que el vino sería el principal invitado. Eufemismo para señalar que no habría grupo popular que amenizara la noche, a diferencia del año pasado cuando Ana Torroja o KOKTEL pusieron a bailar a la gente. Incluso en 2006, cuando solo costaba 30 pesitos, artistas reconocidos amenizaron el espectáculo.

La cartelera fue interesante, pero no eran Los Ángeles Azules ni Panteón Rococó. Eran bandas locales que tocaban covers, que ponían el ambiente y que sabían conectar con el público, pero que no desquitaban el precio del boleto.

Señorita cara de pizza cantaba Opium a petición de una niña. Bajo el calor de las lonas, oíamos Livin’ on a prayer, algo de rock mexicano, Caifanes… una variedad que puso a cantar al público reunido aquel día. Más tarde un dúo puso el ritmo con salsas y cumbias. Pocas personas bailaron, pero quienes lo hicieron dieron todo en la pista.

En esa escena se aprecia mejor el tipo de público al que va dirigido ahora la feria. Santis, Matis, Richis, Javis y Ana Sofis se dejaban ver con su outfit blanco, sus mocasines o sandalias (no huaraches en muchos casos).

Son personas cuyo estilo de vida no tiene que preocuparse por cuánto cuesta un pinot noir o un tinto seco. Que sólo pasan la tarjeta sin miedo. No importa pagar 300 pesos por una charolita con pocos quesos y algunas carnes frías. La feria es para que ellos la vivan sin miedo.

Vamos a catar… vinos

La clave es la confianza. Acercarte a un puesto y pedir algo básico. “¿Qué vino rosado tienes?” y de ahí empieza la plática. “Tenemos este tinto afrutado, ¿qué sabores sientes?”. Meneas la copa, ves el deslizamiento del alcohol y hueles un poco para no evidenciar que sólo buscar beber. Tomar de la copa y… sabe a vino. “No pues no sé”, respondes.

Se desdibuja la sonrisa de la señorita que te atiende. “Algunos nos dicen que durazno, otros que cereza, varía de cada persona, pero este es un vino gran reserva…” y pierdes el hilo de la plática. Deseas que termine para decir tu siguiente línea. “¿Y tintos cuáles manejas”. Te sirven otra muestra. Se repite la historia.

Tal vez las muestras gratis desquitan el precio del boleto. Unos 10 mililitros por muestra, de dos a tres vinos por stand… unos 10 stands que visites y consumes 300 mililitros. El equivalente a dos copas de vino, por las cuales se pagaron poco más de 300 pesos.

El negocio es lo importante. Escuchar a un grupo hablar de un vino azul. El expositor les habla de un proceso natural, que no tiene colorantes y que no es de mora azul. Un grupo de Javis y Santis comienzan a hacer plática, hablan del proceso de oxidación, de la cosecha. “Son todos unos sommelier”, dice el expositor.

El grupo compra cuatro botellas y los invita a un taller de elaboración de vino. “Y sólo porque me cayeron bien, les voy a hacer un descuento”, dice al grupo vestido de blanco.

Seguimos nosotros. Probamos un rosado, un tinto dulce, un tinto espumoso y el azul. Hacemos cuentas para ver cuántos se lleva cada quien, fueron unos cinco. Tras pagar, viene la invitación al mismo taller y la misma frase: “sólo porque me cayeron bien, les voy a hacer un descuento”. Ventas son ventas.

Las botellas iban desde los 200 hasta los 400 pesos. Posiblemente en el stand de Italia el costo sería más elevado, pero ya no hubo oportunidad de visitar ese apartado. Botellas van y vienen. La gente decide tirarse en el pasto a descansar. Otros prefieren ir al rincón del parque a orinar, en lugar de formarse en los baños instalados o portátiles.

Las horas pasan. Hay stands que se quedan sin muestras. Otros cobraron la prueba desde el inicio. El final del día llega una vez más sobre el parque La Pila, al cual comienzan a llegar más policías, para reforzar a la seguridad privada que vigilaba durante el día.

La fiesta sale a la calle. La gente está alegre, baila a media avenida y a la policía poco parece importarle. Toda esa fiesta, todo ese ambiente por 300 pesitos más 45 de servicio…

David A. Jiménez

Jefe de Información de Tribuna de Querétaro y reportero investigador del semanario desde 2014; me especializo en temas de política local y asuntos municipales. Maestro en Ciencias Sociales por la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ).

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