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El COVID-19 a través de la Cruz Roja Querétaro

En ese momento, las personas se acercaron a despedirse y brindar lo que quizá era la última bendición a su hijo, las lágrimas comenzaron a rodar y un abrazo a distancia cerro el pacto de amor.

Es jueves, mediados de julio y esperamos a que suene el radio con malas noticias. Me encuentro en la unidad de atención especializada de COVID-19 en las instalaciones de la Cruz Roja de Querétaro.

Es mi primera tarde aquí, la unidad de atención de la Cruz Roja —plantel centro— se encuentra en la calle Hidalgo casi esquina con Ezequiel Montes, en el corazón de la ciudad; esta casa antigua y grande fue la elegida para fungir como base principal de la Cruz Roja para los casos de COVID-19 presentados en el municipio.

En espera de malas noticias

Llegué temprano a las instalaciones de la Cruz Roja, caminé un poco nervioso por la puerta lateral del inmueble para poder acercarme al coordinador de la institución; su nombre es Andrés Juárez: “aquí todos estamos por amor a lo que hacemos, muchos dejamos de ver a nuestras familias, seres queridos; es en lo que más piensas cuando estás en guardia aquí, en tu familia, tus amigos, tu casa”.

Andrés habló conmigo aproximadamente durante una hora, me explicó los protocolos de seguridad y la rutina de los socorristas que rolaban turnos de 24 horas para asistir a los pacientes en los traslados

“este radio es el que da las malas noticias, cada vez que suena es porque tenemos que ir a atender algún paciente”.

Un silencio incomodo entró en la conversación y yo sólo tomé aire y pasé saliva. Estaba tan nervioso que por momentos olvidaba que las personas estarían frente a mí en los traslados y serían los protagonistas de mis fotografías.

Me gustan los jueves, es mi día favorito de la semana, la sensación de que ese jueves sería diferente recorría mi cabeza mientras mis manos apretaban la cámara con fuerza y se bañaban en sudor: “esperemos que no suene mucho ese radio hoy”, comenté mientras una risa falsa y nerviosa salía de mi rostro.

El escuadrón COVID-19

Andrés me presentó de uno por uno a todas y todos los socorristas de ese turno, jamás voy a olvidar sus rostros; unos estaban marcados aún por las líneas de presión que ejercen los accesorios que utilizan como protección, otros sólo se miraban cansados, pensativos, pero con una fuerza gigantesca en su mirada.

Platiqué un poco con todos, en su mayoría jóvenes entre los 20 y 30 años de edad; todos tenían su historia y se encargaron de contármela con calma.

Todos habían dejado a su familia, se comprometieron con su trabajo y utilizaron su vocación como estandarte para enfrentarse a esta grave situación; eran las 3 de la tarde y el día parecía con poco movimiento cuando sonó el radio de las malas noticias y emprendimos hacia el primero de los tantos traslados que realizaríamos ese día.

Andrés me llamó a una ambulancia y me dijo que me subiera con él, salimos en dos ambulancias rumbo a una clínica del municipio para trasladar a un paciente, las sirenas sonaban y mis manos sudaban, nunca había estado antes adentro de una ambulancia, pero la primera vez nunca se olvida.

La fotografía más difícil

El día avanzaba y mis nauseas de los viajes en ambulancias eran cada vez más frecuentes, el radio volvió a sonar, pero esta vez habría más acceso a las fotografías, Andrés me llamó de nuevo a la misma ambulancia, pero ahora desinfectada y me brindó mi equipo de seguridad: “que te aprieten bien los lentes” me dijo sonriendo mientras mis manos se sentían sin fuerza.

En esa ocasión me subí a la ambulancia un poco más nervioso, algo me decía que este traslado sería un poco diferente. En el camino, Andrés me iba haciendo plática de cualquier cosa, pero yo no podía concentrarme, estaba checando los parámetros de mi cámara porque no quería que los nervios me traicionaran y no poder tomar las fotografías que quería.

Llegamos a la clínica por el paciente; vi un montón de gente en la entrada, todos tenían la mirada cansada, como cuando llevamos mucho tiempo luchando por algo y estás al límite de darte por vencido, eran familiares de pacientes que esperaban noticias sobre sus hermanos, padres, hijos o abuelos; un pequeño grupo de gente llamó mi atención a lo lejos, llevaban un rosario de madera ya gastado en una mano y en la otra unos papeles que parecían pertenecer a su familiar internado.

Me mantuve en la entrada con mi cámara preparada y un poco mojada por el sudor que salía de mis manos esperando la fotografía más difícil que tomaría ese día; al salir el paciente de la clínica, Andrés y Allison (una de las socorristas en turno) caminaron hacia la ambulancia para instalar al paciente para el traslado. En ese momento las personas que yo observaba a lo lejos se acercaron a despedirse y brindar lo que quizá era la última bendición a su hijo, las lágrimas comenzaron a rodar y un abrazo a distancia cerró el pacto de amor de una familia que decía adiós a una persona con la que habían compartido los mejores años de su vida.

Tome la fotografía casi con los ojos cerrados, después me subí a la ambulancia y tome un par más, el silencio se volvió total, sólo las sirenas dictaban el tiempo y la distancia antes de llegar al hospital general.

Secuelas de ese día

Salimos del hospital cansados, Andrés había estado comentando que probablemente la familia del paciente estaría esperando afuera del hospital por horas sin recibir una noticia, “así son las cosas aquí, no sabes si volverás a ver a tu familia y esa incertidumbre pesa más que cualquier cosa”, lamentó Andrés.

Nos fuimos del Hospital General aproximadamente a las nueve de la noche, después de hacer todo el protocolo que se indica después de una visita, a partir de ese día mi vida cambió; las secuelas de una tarde-noche en el hospital me habían enseñado una gran lección y también me mostraron los rostros más tristes que un fotógrafo de 25 años podría ver en una pandemia.

Llegué a casa cansado y con un peso en los hombros que no se parecía al de la cámara, me duche durante 15 minutos con agua caliente y trate de dormir, miré al techo y me quedé pensando por más de dos horas en lo que había pasado ese día; al final casi justo antes de dormir recordé la importancia de la vida y lo rápido que se va en algunas ocasiones.

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