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Ni números ni ficciones, sino realidades: vidas perdidas, silencios que duelen

Las personas no son números. Siempre se ha mencionado el número de muertes en México, los porcentajes de acuerdo con la población, pero se desconoce el sufrimiento humano que eso contiene. Si bien funcionan para el registro de los fenómenos sociales, las cifras suelen ser frías e indiferentes al sentir del ser humano.

Sin embargo, se tiene que reconocer, por ejemplo, que, de enero a junio de 2023, se registraron 15,082 homicidios en el país, tratándose de 12 homicidios por cada 100 mil habitantes a nivel nacional, esto según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) 2024.

Para no ser solo lectores de cifras, se tiene que ser testigo de lo que hay detrás de ellas, incluso de aquellas que no están contabilizadas. De este modo, también se podrán reconocer las posibilidades humanas.

Perla Cristal

Jueves 06 de abril de 2023: un descubrimiento desafortunado; el luto de una serendipia.

“Siento que me llamó para poder encontrarla”, afirma Alfredo, quien jamás se esperó encontrar lo que halló aquella tarde.

Eran las calurosas dos de la tarde, en La Sabanilla, cuando Alfredo fue notificado de una fuga de agua en el depósito del llamado Cerro del Palo bobo, puesto que él, en ese entonces, era el comisionado de controlar y reparar las tomas de agua potable de la comunidad. Con esa labor asignada, se dirigió del cárcamo ubicado a la orilla del bordo, hacia el cerro en cuestión para reparar aquel registro de agua.

Tomó su cuatrimoto rojo, la cual pertenecía al comité de agua potable de La Sabanilla, al igual que sus herramientas, y se dirigió a toda a velocidad hacia el lugar. Abordó su camino por un costado del bordo, y se abrió paso entre los matorrales, las piedras y los huizaches que cubrían el camino y los cerros anteriores al del Palo bobo.

Una vez en el lugar, se dio cuenta de la gravedad de la fuga de agua que yacía en el tubo principal: litros y litros salían como Geiser en todas las direcciones posibles. Sin embargo, y en cumplimiento de su labor, Alfredo tomó sus materiales y se ocupó del percance. Terminó empapado, como era lógico, pero logró su tratamiento; y aun secándose el agua con su sudadera, pensó: “esto no fue accidente, alguien lo tuvo que hacer”.

Guardó sus herramientas, y una vez sentado en el cuatrimoto, recordó que su celular se había quedado detrás del mismo, por lo que se levantó para guardárselo. Con los pies en la maleza, retrocedió de tres a cuatro pasos, y quedó paralizado.

Alfredo sintió escalofríos: “me va a dar gripa”, pensó, pero “algo” lo hizo llevar la mirada hacia abajo. Entre sus pies, pudo ver otro par que no lo dejaban avanzar; y al seguirlos, pudo identificar un pantalón corto, también llamado pescador, de color blanco, pero muy sucio. Y sin darse cuenta, de un sobresalto brincó algunas piedras y espinos que rodeaban el lugar: “no sé cómo le hice para salir de ahí”, expresó Alfredo.

Desde donde había quedado, tomó un machete para revisar aquello que lo había puesto en alerta. Había un montón de nopales y ramas que cubrían a algo (o a alguien); entonces removió un poco de aquello apilado y descubrió lo que aún recuerda al parpadear y cuando va a dormir: el cuerpo de una joven mujer boca abajo, con blusa verde y con una cuerda atada al cuello; con los pies descalzos en forma de “4” y requemados por el Sol.

Alfredo no pronunció ni una sola palabra, solo observó aquello que aún no puede creer. No obstante, y, por si fuera poco, miró algo más. Su mente y su mirada rodeaban el lugar. A cinco metros donde se encontraba el cuerpo, observó un árbol con una de sus ramas tronchadas y con rastros de tierra removida de bajo de ella: “ahí la mataron”, concluyó Alfredo.

Razonó un poco más el escenario y se dio cuenta de que, además de ahorcarla de aquella rama, la torturaron hasta morir: “no la dejaban caer; la levantaban, y sus pies arañaban la tierra con desesperación”, explicó Alfredo al señalar que, a unos cuantos metros delante del árbol, encontró un par de sandalias naranjas. “La arrastraron con los pies en la tierra para después dejarla como la encontré”, señaló al encontrar aquellos rastros en el suelo. Además, puntualizó que junto a ella se encontraba una memoria USB y 18 pesos.

Una vez que dio a aviso a las autoridades municipales, Alfredo ya no fue requerido para testificar. Días después, aquel encuentro era noticia nacional:

La Fiscalía de Guanajuato dio a conocer la localización de Perla Cristal Gaviña Ordaz de 19 años; quien, desde el 9 abril de 2023, salió de su casa ubicada en el Barrio Santa Ana, en Tláhuac, Ciudad de México. Perla viajaba hacia León, Guanajuato, en compañía de su mejor amiga, Alison Hernández, y dos varones más: Juan Carlos Hernández y Rogelio, cuyos apellidos se desconocen (Vázquez, 2023, El Financiero).

Al dimensionar el caso, Alfredo afirma que la fuga en aquel registro fue provocada por los sospechosos que acompañaban a la joven, aunque no sabe con qué determinado propósito lo hicieron. Cuando se “puso al corriente” con las autoridades algunos días después, estas le informaron que la joven había sido asesinada cuatro días antes de su hallazgo; es decir, el domingo anterior.

“Duré noches soñándola; y al parpadear, la miraba, pero ya lo superé”, expresa Alfredo actualmente. Menciona que algunas personas le sugirieron hacer una cruz de ceniza para llevar paz al alma de Perla Cristal; sin embargo, concluye Alfredo, “hasta ahora, he evitado pasar por ahí”.

Domingo botanero

Domingo 19 de julio de 2020: el silencio de La Sabanilla desapareció.

Cuatro meses después de que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declarara la pandemia mundial por COVID-19, La Sabanilla seguía sin temerle al ‘bicho’, ya que el miedo se había adelantado. Sin embargo, sus oídos aún no se habían acostumbrado.

El calor no cesaba al igual que el ambiente de cada domingo. Para muchas personas era un momento de descanso y alegría, un respiro semanal que se disfrutaba con la pareja, los hijos, las amigas y las comadres. Desde un pollo asado, hasta un raspado; desde un frappé y un esquimo, hasta una michelada y un azulito. Sin embargo, para otras personas era el escándalo de la semana, el estrés hecho persona: motocicletas sin casco, coches sin balatas e infancias sin madre. La carretera Querétaro – Coroneo se convertía en un desfile, y el kilómetro 22, era corazón del carnaval dominguero.

De manera particular, un lugar era la novedad aquel día: un centro botanero que tenía pocas semanas de haber dado apertura. En él se podían degustar tanto tequilas, como tacos de asada; desde caguamas simples, hasta las famosas preparadas. En efecto, y según las personas locales, esos eran los sabores veraniegos, por los que vale la pena salir del hogar.

Rumbo a las cinco de la tarde, alguien se encontraba sentado en el interior de aquel local. Se trataba de “Chayo gordo”, de 35 años, quien viajaba solo, y que en el camino decidió hacer una parada para tomar algo. “Chayo” platicaba entre amigos, tal vez conocidos, mientras jugaba baraja con toda tranquilidad.

Sin hacer escándalo, más que el rechinido que hacen los automóviles al frenar, al lugar acudió una camioneta Chevrolet Silverado de color verde, que se notaba algo desgastada; venía del Sur, de Coroneo, Gto. Sin embargo, eso no fue lo inusual, sino quien venía dentro de ella: cuatro sujetos encapuchados con pasamontañas negros; personas delgadas, de aproximadamente un metro con 75 centímetros de alto, con ropa sin marcas, con camioneta sin distintivo particular alguno.

Toda conversación cesó, cada juego de mesa se detuvo, y las miradas olvidaron que tenían párpados. Los ojos de mayores, de adultos jóvenes y de adolescentes, veían perplejos, no a los nuevos visitantes, sino a las cuatro armas que aquellos portaban, listas para detonar. Los cañones apuntaron hacia el interior del centro botanero, por lo que el aglomerado hizo valla, una a la izquierda y otra a la derecha, mismas que construyeron un camino que dejó a “Chayo gordo” al final de este.

Como si se tratara de tiro al blanco, tres balas, ni más ni menos, fueron las únicas que se hicieron realidad. Sin respiración, un cuerpo cayó; y dos de los cuatro artífices encapuchados, lo tomaron, uno de los pies y otro de las manos, y lo subieron a la cajuela de la Silverado como si de un títere se tratara; y a su paso, un río de rojo oscuro dejó. Una vez arriba, dieron la vuelta y regresaron por donde habían llegado. Todo sin decir ni una sola palabra.

Las dos cortinas verdes del establecimiento nunca bajaron; pero los comensales, con manos temblorosas, desaparecieron, y nunca pagaron.

Un testigo anónimo que venía sobre la carretera en cuestión pudo observar a la Chevrolet que rebasaba a los demás vehículos sin compasión, sin importar los blanquiamarillos topes. Incluso, esta persona no tuvo otra opción más que salirse del camino para no ser víctima de algo fatal.

Después de ver a dos de los encapuchados con el cuerpo de “Chayo gordo”, quien portaba un costal en la cabeza, nunca se volvió a saber de él. Sus hijas y su esposa le lloraron a una tumba vacía, mientras las autoridades jamás dieron resultados de las supuestas investigaciones que iniciaron.

Christopher Chávez Gómez

Periodista en formación por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UAQ. Interesado por la Lingüística y las redes sociales. Cuando menos se lo esperó, un orgasmo de tinta corrió por él; y después de un arranque textual, bien supo cual era el punto final.

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